miércoles, 8 de octubre de 2008

::“Lo normal y lo patológico de las nuevas institucionalidades”

MARIANGELES CUELLAS
Introducción: ¿Dónde estamos cuando pensamos lo normal?
Situar la pregunta por lo normal y lo patológico implica ubicarla en un escenario, en un escenario de institucionalidad. Por ende, preguntarnos por “¿dónde estamos cuando pensamos lo normal?” nos permite emplazar las coordenadas institucionales donde algo de lo normal y lo patológico se nos impone.
¿Dónde estamos viviendo?, ¿dónde estamos trabajando?, ¿cuáles son la condiciones de “ser-ahí”?, ¿qué escenario vamos habitando?, ¿cuál se nos va apareciendo? Eso, ¡¿qué escenario aparece?! ¡¿Con qué escenario tenemos que vérnosla?! Esa es una buena pregunta pero no sin antes preguntarnos: ¿cómo aparece un escenario?

Un escenario, tal como aquí lo pensamos, no aparece signado exclusivamente por la oposición de dos principios, como por ejemplo, lo normal y patológico. Un escenario es entendido aquí como coordenada institucional, como circuito real desde el cual las diversas prácticas adquieren su fuerza dramática. En un escenario así, en un circuito institucional así, por ende, se nos puede imponer un par oposicional de principios- como por ejemplo, repito, lo normal y lo patológico.

En efecto, podemos ya ir aventurando la hipótesis siguiente: “el par oposicional lo normal y lo patológico sólo puede pensarse en escenarios, desde el cual adquieren su fuerza dramática”.

Nuevos padecimientos en nuevos escenarios: variaciones.
¿No es la «salud» la determinación relativamente arbitraria de un punto de equilibrio en una inestabilidad que se podría calificar de patología constante, desde luego con desenlace nada sano? O, si lo sano es lo «normal», ¿no es la muerte la única salud? ¿No habló Freud de la vida como un trauma de la naturaleza, que ésta trata constantemente de recuperar?[1]
Foucault, sostiene que la fuerza clasificatoria y productiva de la normalización de la sociedad moderna se sostuvo en dos estrategias complementarias: la constitución en el plano del discurso del concepto de anormal y la medicalización de la sociedad.
Y entre tanto la producción de normalidad- y de su otra cara la anormalidad- fue naturalizándose, y así produciendo efectos homogenizadores.
Ahora bien, la dicotomía normal y patológico, en algunos nuevos escenarios, ya no se presenta a la manera descrita por Michel Foucault. Y son estos nuevos escenarios los que precisamente intento trabajar, ya que aquí es donde tamaña dicotomía suele dejar tras de sí a una gama de cuestiones actuales no descritas, cuestiones que se han vuelto agenda de la sociedad en su conjunto. Un ejemplo de esto son las nuevas formas de grupalidad (institucionalidad), de algunos, sino la mayoría de los adolescentes. Entiendo aquí como institución a aquello que nos sujeta culturalmente.

Ellos, hoy día, necesitan formar una grupalidad. Algo que los sujete a este mundo vertiginoso y cambiante. ¿Cómo lo hacen? Dándose a sí mismos sus propios diseños y regularidades. ¿Qué dicen? Dicen: “nosotros queremos pertenecer a los Emos, a los Floggers, a los raperos, a los cumbieros, a los hiphoperos o a los góticos y para pertenecer nos diseñaremos de tal modo y actuaremos de tal manera”. Actuar y diseñar, this is the questions.

Su modo de subjetividad es mercantil. Nacieron a finales de los 90. Se criaron con toda la tecnología, con todo el espectáculo y con el auge de la neo-economía del mercado global, donde la música, la danza y la imagen adquieren preponderancia por sobre otro tipo de fetiches de diseño. Por ende, para ellos, generar comunidad no implica generar comunidades locales en función de un estatuto interno, no implica advenir de circuitos o escenarios locales, por el contrario, implica advenir como minoría global. Se constituyen en función del horizonte global y no de los rasgos locales. Me atrevería a decir entonces que se invirtió el proceso de configuración grupal.

Son minorías singulares porque, como dijimos, se dan sus propios diseños y regularidades. Ahora, por el contrario, ya no se trata de identidades claramente fijables y localizables sino que estamos ante avatares ciberespaciales que decantan en grupalidades. Ese es su modo de existencia, esa son sus operaciones y ese es su escenario/circuito.

Como ya mencionamos, se dan su propio diseño- por ejemplo, se calzan zapatillas Vans o Converses, remeras cortas de hermanas menores y peinados para el costado-, pero además, y fundamentalmente, generan su propia modalidad de sufrimiento. Con esto le sumamos, a la serie de música-danza-peinado, el valor agregado del pathos[2], del adolecimiento, de la emoción, del dolor. Grupalidades que encontraron su punto de referencia en la serie música-danza-peinado-pathos.
Serie evidentemente post-ideológica, signada por el diseño, el acting/ actuación y la emoción, y muy lejos de la gramática, la lingüística y la lógica. De hecho, su “lingua franca” ya no es un idioma hegemónico sino por el contrario expresiones de fácil expansión y comunicación como lo son la danza, la música, la imagen del cuerpo y su pathos.

Y ahí quería llegar. Primero, por ejemplo, se llaman EMOS porque su modo de padecimiento es excesivo, dicen sentir más que los demás, lloran, sufren, se emocionan con cosas que no los demás. Sufren muuuuucho. Y eso los delimita como específicos y diferentes. ¿Qué es un emo? Alguien que sufre muuuuucho. Por ejemplo, si una chica no les da bola, ellos son capaces de cortarse las venas: “Cortarse las venas para cortar con el afecto”, así lo enuncian.

Logran desplazar el afecto, con una actuación de corte, a alguna superficie, a la superficie del cuerpo, al dolor que les provoca un corte en la superficie del cuerpo, alcanzando, así, un alivio subsiguiente. Otra vez, ¿no? Diseño, acting/actuación y emoción, o lo que es lo mismo, diseño actuado con el cuerpo en el cuerpo.

Freud, en el Malestar en la Cultura, señala tres fuentes del sufrimiento humano: la supremacía de la naturaleza, la caducidad de nuestro propio cuerpo, y la insuficiencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, el estado y la sociedad.

Y tomando la tercera de estas fuentes, podemos advertir que nuestra insuficiencia, para abordar estos casos, es más que notoria. Pues, si intentamos escuchar atentamente lo que empieza a aparecer desde estos nuevos escenarios tenemos que vérnosla, casi necesariamente, con nuevos interrogantes, como por ejemplo: ¿quién puede decir que cortarse las venas es patológico?, ¿quién puede decir que habitar este escenario mundano diciendo “me quiero matar” es patológico?, ¿quién puede decir que estar 12 horas frente a la computadora es anormal? Quien pueda hacerlo rápidamente, sin demoras ni detenimientos, es evidente que lo hace sin participar de las coordenadas de existencia de ese escenario. Podríamos decir que su posición de enunciación es de espectador, de público, pero no de analista en situación.

Declamar “me quiero matar” tiene consecuencias, claro, siempre las tuvo, ahora bien, actualmente tiene una consecuencia quizás impensada, pues, se trata de un enunciado colectivo de una minoridad. Un enunciado que agrupa y genera una minoridad. ¿Es normal?, ¿es patológico?, ¿quién lo decide?

Lo normal posee un doble carácter, es al mismo tiempo tipo y valor, y es ese es el carácter que le confiere la capacidad de ser normativo, de ser la expresión de exigencias colectivas.

Si la normalidad es pensada como un criterio estadístico, como lo común, lo más frecuente, lo de todos (los normales), ¿que pasa cuando el adolecimiento o el pathos se vuelven “lo de todos” y pasan a formar parte del común, es decir, generador de nuevas culturas e institucionalidades?

Freud, en el Cap. VII del Malestar en la Cultura, se preguntaba: ¿a qué recursos apela la cultura para coartar la agresión que les es antagónica, para hacerla inofensiva y quizás para eliminarla? La cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo, debilitándolo a este, desarmándolo y haciéndolo vigilar por un instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada”.

Y nosotros, haciéndonos la misma pregunta, intentamos responder diciendo: un cuerpo es capaz de soportar lo que soporte la regularidad del grupo. Si cortarse las venas por amor forma parte de la legalidad grupal, un cuerpo es capaz de soportarlo. Antes no hubieren podido hacerlo. Estos pibes lo soportan. Y, paradójicamente, es una forma de delimitarse, de enclavarse en el mundo, en el mundo poroso y oliente de la sexualidad y del ánimo.

Presentado éste escenario, estas coordenadas, estos modos de habitar el mundo de las institucionalidades, hay una pregunta/problema que se nos impuso más allá o más acá de la pregunta por lo normal o lo patológico, y ésta pregunta/problema es:

¿Qué puede soportar un cuerpo en determinados escenarios?

Bibliografía

Freud S. “El malestar en la cultura” 1929, Amorrortu Editores, tomo XXI, Buenos Aires, Madrid.
Foucault M. “Los anormales”, 1974 Fondo de cultura económica Buenos Aires, Argentina.
Colovini M. “Lo normal y lo patológico”. Clase N 1, Clinica I A.
[1] Introducción a El paso (no) más allá, Paidós, Barcelona, 1994
[2] Pathos: Se puede definir como: «todo lo que se siente o experimenta: estado del alma, tristeza, pasión, padecimiento, enfermedad».

1 comentario:

<< AnK >> dijo...

Hey Ange !!! recién leo tu trabajo, (rubor en las mejillas, si, si, pero bueno) y me gustó mucho !!! me parece que está muy buena la tesis que planteás al final, es bastante parecida a la mia, pero hace un análisis más exhaustivo de una situación puntual. Besotes !!!