miércoles, 8 de octubre de 2008

:: El Giro de la Ética

JAVIER KELMAN
Durante nuestro año de trabajo en la experiencia del cartel investigamos y discutimos acerca del tema Ética del Psicoanálisis, propuesto por uno de los integrantes del grupo a la hora de conformar los equipos de trabajo.
Para poder dar cuenta de dicho tema, y de alguna ruta recorrida a lo largo de nuestro trabajo, tomaré tres ejes distintos. El primero, el nacimiento de la ética, el segundo, la ética en el discurso médico, para así entrar en el tercero, la ética en el psicoanálisis.

¿Qué es la ética?

Ética es una palabra que habita la jerga común, y que cotidianamente la usamos sin tal vez reparar en la referencia que ella implica, su historia, su pasado y presente, etc.
Ética deriva del griego de la palabra “costumbre”, y debido a esto comúnmente se toma la ética como una especie de doctrina de las costumbres dentro de círculos empiristas. Aristóteles, a quien ya examinaremos con mayor profundidad, hace la distinción con esta doctrina para tomar lo ético en un sentido mas adjetivo: saber si una acción tiene carácter de ética o no. Luego de Aristóteles la ética se ha convertido cada vez más en una ciencia que se ocupa de los objetos morales, filosofía moral, justamente por estar muy contigua al término de la moral, con el cual muchas veces se lo confunde.
La historia de la ética comenzó de modo formalizado recién con Aristóteles, aunque podemos atribuir desarrollos anteriores sobre el tema a algunas figuras prevalentes dentro de los presocráticos, sobre todo orientadas a descubrir las razones que implican que el hombre se comporte de cierta manera de acuerdo a su contexto o situación. Uno de los nombres que resuena si nos referimos a dichas reflexiones éticas en los presocráticos es el de Demócrito, quien al proponer la felicidad como el mayor bien se asemeja a lo que luego plantearía Aristóteles. Según Demócrito, la felicidad se logra a través de la moderación, la tranquilidad y la liberación de los miedos. Estas ideas entre otras cosas le valieron a Demócrito el apodo de “filósofo alegre”.
Las meditaciones de Sócrates y Platón al respecto de la ética aportan un nuevo rumbo: “al considerar el problema ético individual como el problema central filosófico, Sócrates pareció centrar toda reflexión filosófica en la ética. En un sentido parecido trabajó Platón en los primeros tiempos, antes de examinar la idea del Bien a la luz de la teoría de las ideas y, por consiguiente, antes de subordinar la ética a la metafísica”[1].
Al llegar a Aristóteles sí hay que hacer distinciones importantes. Fue Aristóteles quien por sus producciones otorgó a la ética un formalismo fundacional en tanto que disciplina filosófica, que no poseía con sus predecesores. En la “Ética a Nicómaco”[2] afirma al principio que toda acción humana se realiza en vistas a un fin, y el fin de la acción es el bien que se busca. El fin, por lo tanto, se identifica con el bien. La idea de que todo hombre busca la felicidad corresponde al fin último, al bien que se persigue por sí mismo (ya que los otros bienes se persiguen para alcanzar otro bien), bien al que apuntan todos los otros bienes. El camino de ética, la forma de alcanzar la felicidad es la virtud. Y si bien distingue entre virtudes intelectuales y morales, trabaja mayormente las virtudes morales o virtudes de carácter (ethos). Esta virtud moral es la que hace bueno al ser humano y le hace cumplir su actividad.
A lo largo de la Ética del Nicómaco, Aristóteles trabaja alrededor de otros temas en los distintos libros del tratado, tales como la voluntad, la fortaleza, la templanza, la amistad, la justicia y el placer.
Después de Aristóteles escuelas filosóficas como los Estoicos, los cínicos y los cirenaicos marcaron otro punto destacable en este recorrido sobre la ética. Existen dos rasgos que les fueron comunes a estas escuelas filosóficas: Por un lado, el de considerar la ética como ética de los bienes, estableciendo una jerarquía de bienes concretos a los que aspira el hombre; por otro lado, el segundo rasgo es el de buscar la tranquilidad de ánimo, que según los estoicos se halla en la impasibilidad, según los cínicos en el desprecio a las convenciones, y según lo epicúreos en el placer moderado (equilibro entre pasiones y satisfacciones)[3].
Con la llegada del profeta Pablo, y el advenimiento del cristianismo, las ideas sobre ética sufren modificaciones respecto de las ya expresadas. Se denotan dos aristas distintas en los pensadores cristianos con respecto a la ética. Por un lado fusionaron lo ético en lo religioso, y como consecuencia nació una tendencia a edificar el tipo de ética que luego se ha llamado teónoma, es decir, la idea de Dios como fundante de los principios de la moral. Pero por otro lado, rescataron muchas de las ideas sobre ética provenientes del pensamiento griego (fundamentalmente de Platón y la escuela Estoica). Por supuesto que para desembocar en lo que conocemos como ética cristiana, algunos valores de la ética griega tuvieron que ser abandonados (como el hedonismo) por presentar cierta incompatibilidad con la religión cristiana.
A partir del renacimiento se evidencia un resurgimiento en algunos puntos de la ética griega que habían sido o bien dejadas de lado durante la Edad Media, o bien profundamente atenuadas[4]. Tal es el caso del estoicismo, que al resurgir tuvieron influencia sobre filósofos de la talla de Descartes y Spinoza.

Ahora si, después de haber recorrido brevemente los comienzos de la ética, podemos pasar al segundo punto.

¿A qué apunta la ética en el discurso médico?

Claro está que al tomar este punto debo ante todo reconocer que por no ser médico, este capítulo expone sólo una opinión de un estudiante de psicología, y como tal, solo está basada en la lectura y no en la práctica cotidiana de la profesión médica. Seguramente un médico tiene más en claro de que se trata este capítulo sobre la ética.
Para poder pensar la ética desde adentro del discurso médico decidí remitirme al Juramento Hipocrático. Se trata del juramento que todos los graduados en medicina toman a modo de iniciación en su práctica profesional, y que a lo largo del tiempo ha sufrido modificaciones que tienen como fin adaptarlo a la época que se vive. Hipócrates es considerado por muchos como el padre de la medicina, quien ejerce el principal corte entre lo que podría llamarse el arte de curar, la clínica basada en la observación, y no la curación por la palabra mágica. Podemos decir que bajo su influencia y enseñanza es cuando se instituye la clínica médica como tal. La fecha exacta del juramento hipocrático no se conoce, pero las opiniones varían en que data de entre el siglo VI a V a.C. al I d.C. La versión renovada del juramento Hipocrático, establecida por la Declaración de Ginebra y adoptada por la W.M.A.[5] en su Asamblea General de 1948 y revisada en 1968 expone su mandamiento fundamental en que la salud de los pacientes es el primer objetivo. Podría reclamarse que el juramento hipocrático no es el único que existe en el mundo para quienes comienzan a ejercer la profesión médica. Es cierto, existen lugares en el planeta en donde se ha redactado un juramento propio. Tal es el caso por ejemplo de Israel. La Universidad Hebrea de Jerusalén confeccionó en 1952 un juramento propio basado en las enseñanzas de Maimónides, médico y pensador judío que vivió durante el siglo XII, quien fusionó el juramento hipocrático con la religión judía. Pero lo cierto es que si bien estos dos juramentos se basan en antecedentes diferentes, la idea de ética se mantiene inmutable. Podemos verlo en un pasaje del juramento para los médicos de Israel: “Permaneceréis día y noche como custodios al lado del hombre enfermo, siempre que sean necesarios”[6] (Entre otras cosas, la palabra “clínica” proviene, etimológicamente hablando, de Cliné, que se traduce como “lecho”, haciendo referencia al lecho del enfermo).
Llegamos a la conclusión, ayudados por estos juramentos, de que la ética médica se sostiene en un saber, y que provisto de ese saber, el médico va ser el responsable de acertar en el diagnóstico para poder determinar cuál será el tratamiento a seguir para alcanzar el reestablecimiento del paciente. Si el saber está del lado del médico, recae sobre su figura la responsabilidad de curar, apoyada en dicho saber, y siendo autorizado por poseerlo para ejercer su profesión (respaldado por la institución que corresponda y no sin antes pasar por el mencionado juramento).
Uno consulta con un médico esperando que éste recete determinado medicamento, prescriba cual fuera droga o diagnostique aquello que los que no poseemos ese saber nunca nos enteraríamos. Esta lógica médica, o forma de actuar del discurso médico nos propone una ecuación en donde todo cierra.
No es casual que cuando nos remitimos a un diccionario de lengua española, la palabra “clínica” remita a la clínica médica, y la explicación que se ofrezca sea entre otras: “Ejercicio práctico de la medicina relacionado con la observación directa del paciente y con su tratamiento”[7]. A partir de lo expuesto sobre la práctica médica y su ética es que ahora sí podemos deslizarnos para analizar la ética del Psicoanálisis y ofrecer puntos de comparación con la ética médica.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de ética dentro del Psicoanálisis?

Cuando hablamos de ética en Psicoanálisis tomamos tal vez uno de sus puntos más abarcativos. Para comenzar a teorizar un poco el tema de la ética del Psicoanálisis, nuestro Cartel decidió partir de dos fuentes teóricas, y ellas son los escritos sobre la técnica de Sigmund Freud y el Seminario 7 de Jaques Lacan “La Ética del psicoanálisis”, sin que esto implique que sean las únicas ni las más importantes, sino que fue nuestro punto de partida.
En los “Consejos al Médico sobre el Tratamiento Psicoanalítico” Freud nos expone las reglas técnicas fundamentales, a saber, la asociación libre y la atención flotante. En el mismo texto, explica cuál sería la tarea del analista, haciendo una analogía con un cirujano. Aquí es cuando el camino de la ética del Psicoanálisis empieza a despejarse y a la vez a separarse de la ética médica. No se trata de lograr que el paciente se cure, en absoluto, sino de abandonar el deseo de curar, el furor curandis, y suplantarlo por (podríamos decir) el deseo de analizar. Además cabe exigir del analista, como Freud lo expone, una frialdad de sentimientos, para poder evitar una tendencia afectiva peligrosísima: “la ambición de obtener, con su nuevo y tan atacado instrumento, un logro convincente para los demás”[8].
Si en el caso de la ética médica decíamos que es el saber el que autoriza al ejercicio de la práctica de dicha profesión respaldado por sus instituciones, en el Psicoanálisis no pasa lo mismo. Es, en Psicoanálisis, el mismo analista quien se autoriza en tanto analista (más allá de que sea casi una obligación colgar el título de la Universidad Nacional de Rosario o la que fuere en la pared del consultorio). Pero para esto es exigible que el mismo haya cursado su propio análisis, ya que es de un análisis de donde deviene un analista. Resulta inconcebible, imposible, hacerse la idea de un practicante de Psicoanálisis que no haya pasado por un proceso de análisis él mismo. En cuanto al rol del analista en el consultorio, en el mismo texto Freud explica: “El médico no debe ser transparente para el analizado, sino, como la luna de un espejo, mostrar sólo lo que le es mostrado”[9]. Esta luna del espejo, este mostrar sólo lo que le es mostrado, relanzar el deseo que le formula el analizante, hace a la posición del analista dentro de la cura. Cuando Jaques Lacan en su escrito “La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder” de los Escritos I, retrabaja este lugar que debe ocupar el analista durante la cura, le atribuye la función del muerto, tomando como referencia el juego del Bridge. Pero con este concepto del muerto no quiere decir que la posición ética del analista sea la de personificar a un muerto que no habla ni emite sonido alguno, sino que refiere a la posición que Freud asemejaba en su texto citado al espejo de la luna. Se refiere al deseo del analista, en donde su propio deseo como fulano de tal debe ser dejado de lado para poder trabajar relanzando el deseo del analizante. Otra forma de teorizar acerca de este lugar, deseo del analista, muerto en el Bridge, es desde el Seminario 7 “La Ética del Psicoanálisis”. Cuando Lacan trabaja la tragedia de Antígona, da un estatuto a dicho personaje de la tragedia de Sófocles, explicando que es sobre la misma Antígona donde quedan al margen el temor y la compasión, al momento de cubrir al cadáver de su hermano con una fina capa de polvo (y así ser condenada). Tales sentimientos, temor y compasión, son los que deben quedar por fuera de la figura del analista.
Pero vayamos un poco más allá. Cuando hablábamos párrafos atrás sobre la clínica médica, decíamos que se trataba del ejercicio práctico de la medicina relacionado con la observación directa del paciente y con su tratamiento, citando al Diccionario de la Real Academia Española. La clínica psicoanalítica, en cambio, se entiende de distinta manera. En Apertura de la Sección Clínica de Jaques Lacan puede leerse que la clínica (psicoanalítica) es el modo en que los psicoanalistas dan cuenta de su práctica. Entonces ¿por dónde pasa la posición ética dentro del psicoanálisis? No es muy difícil de entender si lo planteamos en este contexto. La ética del psicoanálisis no pasa por otro lugar que el de sostener la existencia de un Sujeto allí donde otros discursos lo anulan, lo forcluyen. El psicoanálisis trabaja para favorecer la emergencia del sujeto allí donde “la ciencia forcluye al Sujeto”[10], allí donde se acalla al deseo. Hablar de un saber de la medicina no es igual a referirse al saber del Psicoanálisis, ni se ubica dicho saber en el mismo lugar. En la medicina, para la observación de una patología x, se propone una solución, eliminando cualquier factor sorpresa que pueda presentarse, ignorando el saber que cada uno porta por el hecho de ser hablado por el Otro, de estar habitado por el deseo. En Psicoanálisis, decimos que la práctica es una práctica de discurso, y es en el marco de este discurso, en el marco de alguien que le habla a otro en Transferencia que aparece el inconciente, que emerge esta posición de Sujeto. De allí que el inconciente tenga estatuto ético y no óntico, ya que fuera del Psicoanálisis, fuera de ese lazo en donde uno le habla a otro en transferencia, no existe.
Si la pregunta ética por excelencia es “¿Qué hacemos cuando hacemos lo que hacemos?”[11], la respuesta dentro del psicoanálisis será: Trabajamos para propiciar la emergencia del sujeto mediante una práctica de discurso, situando al saber del lado de cada uno de los pacientes que demandan ser reconocidos como tales.

Es imposible dejar de tener en cuenta que aunque Freud titule a la serie de trabajos tomados, los “Escritos sobre la Técnica”, resulta imposible referirse a reglas técnicas rígidas dentro de un Psicoanálisis. Muchas veces los estudiantes de Psicología de la universidad pecamos de ingenuos quemándonos las pupilas de tanta lectura en busca de un manual de reglas técnicas para llevar adelante una sesión de psicoanálisis con un paciente. ¿Qué decir? ¿Qué no decir? ¿Cuando callar? ¿Cuando no callar? ¿Cuando dar por finalizada una sesión? y una serie de preguntas por el estilo que nunca encuentran respuesta (y menos mal que no la encuentran). Es probable que estas preguntas surjan por estar encuadradas dentro de la universidad, dentro de un tipo de lazo social que Lacan explica con el discurso universitario, cuando en realidad de lo que se trata en el Psicoanálisis es de propiciar el giro de discurso que permita situarse desde otra posición. Es decir, que todas estas preguntas ambiciosas en busca de un manual sobre como ser el mejor psicoanalista estarían favorecidas por un lazo social en donde el saber ocupa un lugar particular, que justamente no es aquel que ocupa dentro del Psicoanálisis. Por eso se dice que la Universidad es resistente a la enseñanza del Psicoanálisis o en las palabras de Freud: “El Psicoanálisis puede por su parte prescindir de la universidad sin menoscabo alguno para su formación. En efecto, la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene mediante el estudio de la bibliografía respectiva y, más concretamente, en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así como por el contacto personal con los miembros más antiguos y experimentados de estas”[12]. Por estar inmersos en la lógica universitaria, estamos buscando permanentemente la receta que nos diga cómo ser un buen psicoanalista, cuando tal receta no existe. De lo que se trata en realidad para poder entender la ética del Psicoanálisis, entre otras cosas, es de darse cuente de la no existencia de tales reglas, para por fin poder comprender esa frase que tanto repetimos sin a veces tomar dimensión de lo que implica: que el Psicoanálisis se reinventa cada vez, o en palabras freudianas: suspender todo saber ante todo caso nuevo. Si buscamos, si proponemos, si deseamos tener reglas rígidas que regulen un análisis, lo único que se logra es estandarizar la cura, o, dicho de otra forma, transformarla en algo que no sabemos que sería, pero de lo que si estamos seguros es que no se trataría de Psicoanálisis.







Bibliografía

Aristóteles, “Ética”, Ediciones Libertador 2003.

Apuntes de clase práctica de la cátedra de Clínica 1 “A”, Prof. Dra. Colovini, Facultad de Psicología, U.N.R.

Apuntes de clase, curso “La Dirección de la Cura”, Septiembre de 2008, Secretaría de Extensión Universitaria, Facultad de Psicología, U.N.R.

Donzis, Liliana: “Ética del Psicoanálisis”, presentación del 31 de Mayo de 1997 en la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Freud, Sigmund:
Consejos al Médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912), Obras Completas AE, Tomo XII
Puntualizaciones sobre el amor de Transferencia (1914/15), Obras Completas AE, Tomo XII
Sobre la Dinámica de la Transferencia (1912), Obras Completas, AE, Tomo XII.
Nuevos Caminos de la Terapia Psicoanalítica (1918/19), Obras Completas, AE, Tomo XVII
Construcciones en Análisis (1937), Obras Completas AE Tomo XXIII
¿Debe enseñarse el Psicoanálisis en la Universidad? (1918/19), Obras Completas, AE Tomo XVII.

Imbriano, Amelia Haydée: “Una ética para la enseñanza del psicoanálisis”, 18-04-2002 www.elsigma.com.ar

J. Ferrater Mora, “Diccionario de Filosofía”, Ariel Filosofía, 1941

Lacan, Jaques:
El Seminario de Jaques Lacan, Libro 7, “La Ética del Psicoanálisis” (1959 – 1960), Editorial Paidós décima reimpresión 2007.
La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder, “Escritos 1”.
Apertura de la Sección Clínica, 1977, publicado por la revista “Ornicar?”.
La Ciencia y la Verdad, Escritos I, 1965.
Psicoanálisis y Medicina, 1966, Intervenciones y Textos I, Manantial.

Marcos Aguinis, “La Gesta del Marrano”, Planeta Bolsillo 1996.

Rabito, Víctor, “Práctica Analítica” en “El Sujeto en la Experiencia Analítica”, U.N.R. Editorial, Febrero 2000.

www.colmed5.org.ar/Codigoetica/codigosetica2.htm, Web Site del Colegio de Médicos de Buenos Aires.
[1] J. Ferrater Mora, “Diccionario de Filosofía”, Ariel Filosofía, 1941, pág 1143.
[2] Su principal tratado sobre el tema, que algunos sostienen que lleva ese nombre por estar dedicado a su hijo que lleva el mismo nombre, mientras que otros lo niegan alegando que el nombre se debe a que Nicómaco fue quien compiló la obra aristotélica sobre la ética)
[3] Epicuro afirmó que es bueno todo lo que produce placer, pues el placer, según él, es el principio y el fin de una vida feliz. Pero para que el placer sea real debe ser moderado, controlado y racional.
[4] El renacimiento lleva dicho nombre por el renacer de la cultura greco romana.
[5] World Medical Asosiation, Asociación Médica Mundial.
[6] Extraído de una nota al pie de “La Gesta del Marrano”, Marcos Aguinis, Planeta Bolsillo, 1996, pág. 226.
[7] Diccionario de la Real Academia Española, www.rae.es
[8] Freud, Sigmund, “Consejos al Médico sobre el Tratamiento Psicoanalítico” (1912), Obras Completas, Ed. Amorrortu. Tomo XII, pág. 114.
[9] Ibídem, pág. 117.
[10] Lacan, Jaques, “La Ciencia y La Verdad”, Escritos I, 1965.
[11] Apuntes de clase, Clínica 1 “A”, Comisión Profesora Colovini. 27/5/08.
[12] Freud, Sigmund: “¿Debe enseñarse el Psicoanálisis en la Universidad?” (1918/19), Obras Completas, Ed. Amorrortu, Tomo XVII, pág 169.

2 comentarios:

Mauricio Emilio dijo...

Javier: me encanto tu trabajo, muy acertado. trabajar con vos fue excelente

aldana dijo...

Javier, me encanto la diferencia que haces en cuanto a la etica del discurso medico y la etica del psicoanalisis y la importancia del analisis personal como una delas ccuestiones eticas mas importantes para advenir analista.
Gracias