jueves, 9 de octubre de 2008

::POSIBLES CIMIENTOS DE UN DISPOSITIVO ANALÍTICO

IGNACIO RUIZ
Para dar comienzo a mi producción individual, en relación a lo que trabajamos mediante el dispositivo de Cartel de manera conjunta con otros compañeros, considero que lo más indicado sería mencionar el tema elegido por el grupo para trabajar durante el año; así, fue sobre “La ética del Psicoanálisis” lo que nos resultó de gran interés para abordar a lo largo del tránsito por la materia Clínica I A.
En relación a mi producción personal, intentaré orientar este escrito hacia la indagación de cuáles serían los elementos que podemos tomar como cruciales dentro de un dispositivo psicoanalítico; intentando, al mismo tiempo, no dejar de lado “La ética del Psicoanálisis”, eje central, relacionado con lo puntual de este trabajo individual.
En cuanto al origen y al interés por este tema en particular, debo mencionar como motor principal a la lectura recomendada desde los trabajos prácticos, al seguimiento de los puntos del programa, y también a la lectura y concurrencia a encuentros sobre la clínica psicoanalítica por fuera de los requerimientos puntuales de la cátedra.
Luego de lo anteriormente señalado, quisiera apuntar que a “mí entender”, en un dispositivo psicoanalítico se cuenta con elementos básicos e indispensables y no negociables, el primero de ellos creo que consistiría en que en él se encuentren analizante y analista, que en uno de ellos se suponga un Sujeto supuesto saber; también considero que entran aquí en escena la neutralidad del analista, y la regla fundamental (asociación libre por parte del analizante).
Particularmente, trataré de abordar los dos últimos puntos señalados (la neutralidad del analista y la regla fundamental), intentando ubicar un puente de relación entre éstos y uno de los tres pilares fundamentales en la formación de un analista, a saber, el análisis personal; también se toman en cuenta en este punto a la formación teórica, y la supervisión de casos, como apoyos para el trípico basal de “la persona del analista”.
Siguiendo con lo expuesto en el párrafo anterior, cabe señalar qué es lo que se entiende por “regla fundamental”.
Imbriano A. señala en “Una ética para la enseñanza del Psicoanálisis” que: “La regla fundamental analítica significa que no se puede dejar de decir lo que se ignora y que ello es la exigencia primera de la transmisión de la clínica. Es mucho lo que podríamos señalar sobre ese paso que implica el camino desde la teoría a la clínica y viceversa y sobre sus implicancias y tabúes para el practicante novel. Pero lo más importante a considerar es que el mismo no debe ser un salto al vacío.”[1]. Considero que cabe mencionar que esta regla fundamental, justamente es fundamental en un dispositivo analítico, ya que desde el Psicoanálisis se apunta a la existencia de un saber no sabido que puja constantemente.
En cuanto a la regla fundamental como asociación libre, hay que indicar que ella se convierte en tal para el Psicoanálisis, en cuanto a que toma como sustento el supuesto freudiano de que, cuando se abandona la intencionalidad de las representaciones-meta concientes, el curso de las representaciones pasa a ser dirigido por medio de las representaciones-meta inconcientes; es decir, es una regla fundamental en tanto lo que queda libre de control intencional yoico, será tomado por las sobredeterminaciones inconcientes. Encuentro aquí total concordancia entre el planteo freudiano y el primer capítulo del seminario II de Lacan, en el cual, él realiza una crítica fundamental a la primera y segunda generación después de Freud, más precisamente Lacan los llama “ineptos”, y apunta sobre ellos el error que han cometido al leer de manera desvirtuada la obra metapsicológica de Freud subsiguiente al año 1920, momento en cual se da a publicidad el escrito fundamental de la obra freudiana titulado “Más allá del principio del placer”.
En relación al término “libre”, solo podemos considerar como tal a la asociación propuesta para llevar adelante un Psicoanálisis en la medida que ella no está orientada hacia algún tema determino, puntual, ni controlada por una intencionalidad de carácter selectivo; a través de ella se busca renunciar al comando yoico que dirige el común de las conversaciones humanas.
Freud en “Sobre la iniciación del tratamiento”, agrega en relación a la regla fundamental que: “A veces encontramos personas que se conducen como si ellas mismas la hubieran dictado. (…) Su comunicación al sujeto, antes de iniciar el análisis, es tan indispensable como útil…”[2]. Creo que el señalamiento de aquí de Freud es crucial ya que justamente este modo de dirigir la cura es algo totalmente novedoso, innovador, es la apertura hacia horizontes evanescentes que nunca en la historia han sufrido tal punto de interés para llevar adelante una praxis. Es acertado, entonces, decir que lo que no importa en otros lugares (equívocos, lapsus, sueños), sí importa en la clínica psicoanalítica.
En relación a lo señalado en el párrafo anterior, Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder” va a decir que: “El psicoanalista sin duda dirige la cura. El primer principio de esta cura, el que le deletrean en primer lugar, y que vuelve a encontrar en todas partes en su formación hasta el punto en que se impregna en él, es que no debe dirigir al paciente. La dirección de consciencia, en el sentido de guía moral, queda aquí radicalmente excluida.”[3]. Es dable expresar entonces que, la cura en el campo psicoanalítico, no consiste una especie de marcar el camino de nadie, ni tampoco de encontrar el bien ni la felicidad, por lo tanto, siguiendo la idea de Lacan en este punto, habría que indicar como cuestión primordial lo que refiere al hecho de hacer aplicar por el sujeto la regla fundamental analítica, abrirle de este modo las puertas del acto analítico.
En una entrevista, a la cual encuentro con amplios puntos de relación respecto al párrafo anterior, le preguntan al psicoanalista francés Guy Le Gaufey, sobre cuáles son las condiciones para que alguien pueda ser considerado analista; él comenta que ésta es una cuestión ardua de delimitar ya que no existe un blanco claro, pero lo que sí especifica centralmente es que la felicidad del paciente nunca es el blanco del analista, sino que posiblemente es el blanco del paciente. Y expresa que, si el paciente quiere alcanzar la felicidad, eso es asunto de él; el analizante puede creer que alcanzar la felicidad puede ser conseguir tal o cual cosa, pero queda claro que ello no debe suceder porque eso hubiera sido el objetivo del analista. Lo que aquí se trata de manifestar es que, la cuestión, para el analista, se dirige a realizar de un modo determinado el trabajo y no de otra manera. Cuando un paciente se presenta con un determinado plan de alcanzar la felicidad o algo por el estilo, el analista debe tener en claro que sólo debe tratar de encaminar su método de un modo determinado, sin saber éste a dónde conduce con este paciente, porque no hay futro a presagiar.
Justamente, creo que esto es a lo que apunta Mannoni M. cuando, en “Un caso de anorexia mental”, ante la pregunta de los padres de Sidonie (adolescente llevada a análisis por iniciativa de ellos), sobre si asumiría la responsabilidad por el porvenir de la joven, ella (Mannoni) responde que no va a asumir la responsabilidad de nada en absoluto, salvo la responsabilidad de comprometerse a mantener su posición como analista dentro del dispositivo analítico.
Aquí podríamos señalar la recomendación de Freud, que se dirige al analista, apuntando a que éste (el analista) debe olvidar, en cada caso, lo que sabe de su práctica anterior, es decir, que el Psicoanálisis es una práctica que se reinventa cada vez, al modo en que lo enuncia Lacan.
Por otra parte, si en la formación de un analista, desde el comienzo se le indica en torno a su lugar en un análisis, que no debe dirigir al paciente, tal vez esto pueda articularse con el otro punto estructurante del dispositivo analítico, a saber, la neutralidad del analista.
Rabito V.H. comenta en “Práctica analítica”, título con el cual se conoce una charla que brindó sobre la clínica psicoanalítica, que desde el momento en que Freud funda el Psicoanálisis por medio de la introducción del método de la asociación libre, la idea de una neutralidad del analista se impone cada vez más en este ámbito.
En relación a esto, hay que tener en cuenta que la idea de neutralidad ha ido adquiriendo diversos matices en el desarrollo freudiano; por ejemplo en relación a los valores sociales, morales, religiosos, no apuntar a ellos de ninguna manera, ni dar ningún tipo de consejo. Así mismo se apuntó la neutralidad en relación a las manifestaciones transferenciales; y también la neutralidad dirigida hacia el discurso del analizante, es decir, no otorgar a priori una importancia precedente a un determinado fragmento o a un determinado tipo de significaciones.
Considero que, en concordancia con lo señalado en las líneas pasadas, podemos citar lo planteado por Freud en “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”, él comenta: “La técnica de la atención parejamente flotante consiste en no querer fijarse en nada en particular y prestar a todo cuanto uno escucha la misma atención parejamente flotante, de esta manera se evita un peligro que es inseparable de todo fijarse deliberado y es éste: tan pronto uno tensa adrede su atención hasta cierto nivel, empieza a escoger entre el material ofrecido y en esa selección obedece a sus propias expectativas o inclinaciones. (…) Uno debe escuchar y no hacer caso de si se fija en algo. Como se ve, el precepto de fijarse en todo por igual es el correspondiente necesario de lo que se le exige al analizado, a saber: que refiera todo cuanto se le ocurra, sin crítica, ni selecciones previas. Si el médico se comporta de otro modo, aniquila buena parte de la ganancia que le brinda la obediencia del paciente a la regla fundamental del Psicoanálisis.”[4]. En este punto se hace plenamente visible la importancia de la neutralidad del analista en cuanto a su escucha y al modo de abstener su juicio, ya que en Psicoanálisis contamos con el tener que escuchar cosas que solo a posteriori va a ser posible tal vez discernir su significado.
Entiendo que en este momento sería acertado expresar que el análisis no tiene nada que ver con lo que es del orden de la persuasión, aunque en cierto punto provenga de allí, de la hipnosis, como señala Allouch J. en su texto titulado ¿Paranoización? La cura se da si lo que esa persona dice también puede escucharlo, es decir, no se da la cura por el solo hecho de hablar, no se da vía catarsis.
Así mismo juega un papel preponderante en este eje la cuestión de la abstinencia del analista, principio según el cual, la cura debe ser dirigida de tal forma que el paciente encuentre en ella, el mínimo posible de satisfacción de sus síntomas. Como sabemos, para el analista, ello implica la norma de no satisfacer las demandas del paciente. La justificación de este principio será de orden fundamentalmente económico. La energía libidinal se encuentra ligada por la transferencia, y se rechaza toda posibilidad de descarga distinta a la expresión verbal.
En este punto es pertinente tender una especie de unión entre la neutralidad del analista y la asociación libre por parte del analizante, ya que si se opera sin tener en cuenta el requerimiento hacia el analista, será en vano el haber enunciado la regla fundamental para quien recurra a un Psicoanálisis, el analizante.
Podemos puntualizar entonces que, la tríada que localiza “la persona del analista”, es decir, el análisis personal, la formación teórica y el análisis de control, es lo que lo va a poner en condiciones de montar un dispositivo analítico. Ahora bien, de este dispositivo analítico son constituyentes, la regla fundamental del Psicoanálisis, apoyada en el método de la asociación libre por parte del analizante, y su contrapartida, la neutralidad del analista.
En relación a la neutralidad del analista, basada en la atención parejamente flotante y la abstinencia de él, podemos señalar que es una posición que el analista debe ocupar para que algo del análisis acontezca en la cura. Esta cuestión de la neutralidad del analista, en relación a lo exigible para quien quiera devenir en analista, encuentra amplio entrecruzamiento con lo apuntado como una de las bases para “la persona del analista”, me refiero aquí, particularmente, al análisis personal.
Freud en “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” va a señalar que: “… cualquier represión no solucionada en el médico corresponde, a un punto ciego en su percepción analítica.”[5] Y en “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Lacan dice: “No hay otra resistencia al análisis sino la del analista mismo.”[6]. En relación a las dos citas realizadas creo que a lo que apuntan es a remarcar la importancia del análisis sobre alguien que espere devenir en analista, para así evitar la imposición de límites relacionados con puntos sin tratar sobre su persona, y de este modo no caer, ni dejarse tentar, por proyecciones desde su propia persona. Nuevamente vemos la importancia del análisis personal del analista para su práctica como tal, en total concordancia con lo planteado en relación a la neutralidad del analista, y también con la regla fundamental del Psicoanálisis, apoyada en la asociación libre.
Para ir dando una especie de “cierre” al trabajo, quisiera señalar que cuando Lacan habla de deseo del analista, se entiende que está hablando, no del deseo de cada analista en particular, sino, de la postura que tiene que tomar el analista en tanto encarnador del Sujeto supuesto saber, y en cuanto a la abstinencia frente al furor curandis.
Lacan en el capitulo XXI de su Seminario VII destaca que todos los personajes presentes en las obras de Sófocles tienen rasgos similares, pero demarca que en Antígona no se muestran señas de temor ni compasión en su semblante, lo cual creo algo central en relación a lo que es el deseo del analista; es precisamente la figura del analista la que debe mantenerse lejana a ese temor y esa compasión, mantener esa distancia de abstinencia. Según Lacan nos vemos obligados a entrar en el texto de Antígona buscando en él algo diferente de una lección de orden moral.
El deseo puro es deseo secundario, suspendido, deseo de sostener el deseo. Para prolongar el deseo vital el sujeto necesitará recurrir a la impureza deseante. En cambio, el deseo del analista es deseo de nada. En análisis debe tratarse de un solo sujeto, el analizante, corriéndose entonces el analista de su posición de sujeto, alejándose de su deseo, apareciendo el deseo de nada. El deseo del analista estaría relacionado con el ubicarse en ese lugar que permite la emergencia del sujeto del inconsciente (analizante) en el momento de la transferencia. Dando por sentado de que es el analizante quien debe poner a la figura del analista en ese lugar de sujeto supuesto saber; por lo cual para Lacan el deseo del analista implica deseo de analizar, y no de curar.
Con la enseñanza que tanto Freud como Lacan nos dejan a través de su obra, encontramos la indicación de no dejarnos engañar ante posturas psicológicas que no van por las sendas propias del Psicoanálisis. Por ejemplo, encontramos en el Seminario II de Lacan, las críticas que él dirige hacia la Psicología norteamericana del Yo, en donde se intenta resaltar la figura yoica, reforzándola. Parafraseando a Lacan, desde la Psicología norteamericana toman a la persona como si fuera un planeta, lo cual desde una mirada psicoanalítica se vuelve completamente imposible, o en contra del posicionamiento ético de Psicoanálisis. La ciencia, como explica Lacan, forcluye al sujeto, y desde el Psicoanálisis se ve claramente la lectura de darle lugar al sujeto, sujeto del inconciente: “Wo Es War, Sol Ich Werden” pronuncia Freud y retoma Lacan; en esto debe leerse: “ALLI DONDE ELLO ERA, ALLI COMO SUJETO DEBO ADVENIR YO”. Se le da lugar a una nueva dimensión, ella es la que diferencia al Psicoanálisis de la Psicología.
El estatuto del inconciente es ético, no óntico; esta situación no es predeterminada, no hay cuestiones técnicas que se vinculen con la ética del Psicoanálisis porque todo el tiempo nos dirigimos al sujeto del inconciente, distinto de un individuo, y esto dependerá también de la posición en que se encuentre el analista.
Lacan trata de dar cuenta de que los tres registros, imaginario, simbólico y real, son equivalentes, y lo hace por medio del Nudo Borromeo. No hay ningún registro por sobre otro como predominante, si un nudo se corta se desenganchan los demás, y esto es muestra de que no hay supremacía de ningún registro.
A lo largo de todo el trabajo se menciona el abandono por parte del analista del deseo de curar. Pero ¿cómo abandonar ese deseo?, esta respuesta creo que se hallará en relación a uno de los pilares en la formación de un analista, el cual ya ha sido señalado anteriormente, a saber, el análisis personal fundamentalmente, sin dejar de lado también lo que respecta al análisis de control y la formación teórica. El análisis personal permite resolver algunas cuestiones propias para posibilitar la neutralidad una vez que el analista está ejerciendo su función de tal. De no “resolver” muchas cuestiones referentes a lo personal, esto permite que una vez trabajando como analista, se pueda llegar a caer en la tentación de identificarse a su paciente, y creo que ha quedado en claro que ello no es para nada lo original de la práctica analítica.
Nos va a señalar Lacan que un psicoanalista es al menos dos. Un psicoanalista es quien lleva a cabo el acto psicoanalítico, el cual no tiene intencionalidad; a posteriori puede reflexionar sobre los efectos de sus actos, y teorizar sobre ello.
La clínica psicoanalítica se define por los caminos que el deseo del analista abre. No hay “ser del analista”, uno no es analista, sino que ejerce el Psicoanálisis; por lo tanto cabe decir que la clínica psicoanalítica no es un tratado de psicopatología ni un conjunto de reglas técnicas, y el único sujeto en la práctica es el del analizante. Lacan situará a la ética del Psicoanálisis como el bien decir.
En relación a lo antedicho, y siguiendo la línea de lo planteado hasta aquí, podemos decir entonces, en total acuerdo también con lo aportado por las fuentes a las cuales he recurrido para este capítulo, que es el modo en que el analista ha transitado por el análisis y el efecto que acarrea éste sobre su formación, lo que marcará la manera en que un analista singular genera o no las condiciones de posibilidad de sostener el deseo del analista, es decir, la instauración del dispositivo analítico y dirigir por lo tanto una cura en consecuencia.
Expresa Rabito V. H., en la fuente ya mencionada con anterioridad, que: “Esto no es una cuestión que se pueda conocer a priori, ya que justamente es a posteriori donde pueden leerse sus efectos; y es por sus efectos, que puede decirse, a veces hubo análisis, por momentos operó el deseo del analista. Esto podría plantearnos una clínica del deseo del analista.”[7]
Tomo como especie de “conclusión” a la cita anterior ya que la entiendo como dotada de gran valor y claridad en cuanto a lo que mi capítulo individual refiere, es decir, a la relación existente entre quien pretenda devenir en analista y los puntos de entramado que ello posee con su análisis personal, factor fundamental en lo concerniente al deseo del analista y a la posibilidad de instaurar el dispositivo analítico, apoyado en sus dos elementos centrales, la asociación libre por parte del analizante y la neutralidad del analista.


BIBLIOGRAFIA
Allouch J. ¿Paranoización? Simple indicación sobre la dirección de la cura. 1992. En Poubellication lacaneana Nº3. Ed. Laberintos. Bs. As.
Czermak M. La inconveniencia de la práctica. 1993. En Lacan hoy. Ed. Nueva Visión. Bs. As.
Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras Completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
· Freud S. Sobre la iniciación del tratamiento. 1913. En Obras Completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
Gilio M. E. Entrevista con Guy Le Gaufey. http://www.pagina12.com.ar/. Uruguay.
Imbriano A. Una ética para la enseñanza del Psicoanálisis. 2002. http://www.elsigma.com.ar/
· Lacan J. La dirección de la cura y los principios de su poder. 1978. En Escritos I. Ed. Siglo XXI. México.
Lacan J. Apertura de la sección clínica. En Ornicar? Ed. Petrel. 1981.
Lacan J. Seminario II. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Capítulos I, II, y XIX. 1954-1955. Ed. Paidós. Bs. As.
Lacan J. Seminario VII. La ética del Psicoanálisis. 1959-1960. Ed. Paidós. Bs. As.
Mannoni M. Un caso de anorexia mental. 1983. En El psiquiatra, su loco y el psicoanálisis. Ed. Siglo XXI. México.
Rabito V. H. Práctica analítica. En El sujeto en la experiencia analítica. 2000. Ed. U.N.R. Rosario.
[1] Imbriano A. Una ética para la enseñanza del Psicoanálisis. 2002. http://www.elsigma.com.ar/

[2] Freud S. Sobre la iniciación del tratamiento. 1913. En Obras Completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[3] Lacan J. La dirección de la cura y los principios de su poder. 1978. En Escritos I. Ed. Siglo XXI. México.
[4] Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[5] Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[6] Lacan J. La dirección de la cura y los principios de su poder. 1978. En Escritos I. Ed. Siglo XXI. México.

[7] Rabito V. H. Práctica analítica. En El sujeto en la experiencia analítica. 2000. Ed. U.N.R. Rosario.

2 comentarios:

Mauricio Emilio dijo...

Ignacio Gustavo: colega cartelizante. muy gratificante su trabajo, muchas gracias por el mismo

aldana dijo...

Ignacio, me parecio muy bueno tu trabajo, especialmente en relación al recorrido que haces sobre la regla fundamental y sobre como se adviene analista.
Gracias