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domingo, 12 de octubre de 2008

::La ética del psicoanálisis y el deseo del analista


ANDRÉS ARBUATTI

Para comenzar con mi trabajo individual quisiera dejar planteado el tema que fue de interés para abordar con el grupo conformado para el cartel, a saber: “La ética del psicoanálisis”.
En lo respectivo al trabajo de elaboración personal, mi intención va dirigida a articular la ética del psicoanálisis con el deseo del analista. Que es ético y que no lo es en un dispositivo de análisis en la posición del analista. Como se debe llevar a cabo una terapia psicoanalítica.

Como iniciación del trabajo me detengo a plantearme una pregunta de inquietud con el fin de tratar de arribar a una respuesta, lo más abarcativa posible:
¿Hasta que punto no es obstáculo en el deseo del analista su propio deseo como sujeto del inconciente?

La frase “deseo del analista” es una expresión netamente de Lacan que en primera instancia parece oscilar entre dos significados:
Un deseo atribuido al analista: De la misma manera en que el analizante le atribuye un saber al analista, también le atribuye un deseo. Por lo tanto el analista no es solo un Sujeto Supuesto Saber, sino también un sujeto que se supone que desea. Por ende esta expresión “deseo del analista” no hace referencia al deseo real de la psique del analista sino al deseo que el analizante le atribuye.
El analizante supone un saber en el sujeto del analista. Es esta suposición por parte del analizante de la existencia de un sujeto que sabe lo que inicia el proceso de análisis, y no el saber que tiene realmente el analista. Cabe aclarar entonces que “Sujeto Supuesto Saber” no designa al analista mismo, sino una función que el analista puede llegar a encarnar en la cura. En cuanto el analizante supone al analista encarnando esa función se puede decir que se ha instalado la transferencia. Esto puede darse desde un primer momento de la cura, o incluso desde antes, pero a menudo la transferencia tarda algún tiempo en establecerse. Asi mismo Lacan en 1964 define la transferencia como la atribución de un saber a un sujeto. El analista no debe engañarse y creer que realmente posee el saber que se le atribuye. El analista debe comprender que, del saber que le atribuye el analizante, el no sabe nada.
¿Pero de que tipo de saber se trata en esta suposición que atribuye el analizante al analista? Se supone que el analista sabe aquello de lo cual nadie puede huir, a saber la significación de lo que en realidad el analizante dice. Dicho de otro modo se suele pensar que el analista sabe el sentido secreto de las palabras del analizante, esas significaciones que desconoce la persona misma que habla. Lo que se encuentra oculto, sin develar en el discurso propio del analizante.
Y Un deseo propio del analista: Este seria el otro sentido que denominamos de la frase “deseo del analista” y se refiere al deseo que debe animar al analista en el modo de dirigir la cura. No se trata de un deseo de hacer bien o de curar; al contrario es un no- deseo de curar, es un deseo de analizar. Tampoco es el deseo de que el analizante se identifique con el analista, el “deseo del analista” se dirige justamente en el sentido contrario a esa identificación. Entonces el analista como se acaba de decir no desea esa identificación, sino que en el análisis emerja la verdad propia de la singularidad del sujeto del analizante, esta verdad es diferente totalmente de la verdad del analista, es el “deseo del analista” por ende un deseo de obtener una diferencia absoluta. Cabe destacar que Lacan con este tema de situar un deseo propio del analista trata de articular la cuestión del deseo del analista en el corazón de la ética del psicoanálisis.
Pero con el sentido de explicar de alguna manera como el analista se deja llevar por el deseo propio de su función, Lacan plantea que esto se lleva a cabo, o mejor dicho, esto se logra por medio de un análisis didáctico. Y también plantea que es condición necesaria y esencial el pasar uno mismo por una cura analítica para convertirse en analista.
El termino análisis didáctico tomado como lo define la I.P.A (Asociación psicoanalítica internacional) designa exclusivamente un tratamiento en el cual el analizante entra con el propósito de formarse como analista, diferenciándolo de un análisis terapéutico, así llamado, que por tal se entiende para su criterio que es un análisis en donde el analizante entra con el propósito de remover ciertos síntomas. Esta distinción entre análisis didáctico y análisis terapéutico establecida por la I.P.A fue uno de los objetivos de crítica en el abordaje al tema que realiza Lacan. Si bien éste concuerda con la I.P.A en que es necesario pasar por un tratamiento psicoanalítico para llegar a ser analista, discrepa en esta distinción antes mencionada (entre análisis didáctico y análisis terapéutico). Para Lacan hay solo una forma de proceso analítico, con independencia de cual sea el propósito por el que el analizante emprende el tratamiento, lo que lo llevo a arribar al análisis, y plantea que la culminación de un análisis, o del proceso analítico, no es la remoción de los síntomas sino el pasaje del analizante a analista.
Y si vamos a hablar acerca de “el deseo del analista” me parecería óptimo para el desarrollo del presente trabajo abordar el capítulo XXII del seminario VII de Lacan que se titula: “La demanda de felicidad y la promesa analítica”.
En este pasaje Lacan intenta transmitir cuál es la postura y la determinación que el analista debe tener, para esto tiene en cuenta la contratransferencia y la demanda que el analizante formula al analista, ésta demanda, implícita o explícita, es la de la felicidad.
Se recurre a un análisis con esta esperanza, la de encontrar el bien máximo. Es deber del analista el saber que este bien no existe, no tiene cabida entre sus promesas. El psicoanalista no debe responder a la demanda del analizante, no debe prometerle nada tampoco, de alguna manera lo que intentará el analista sería explicarle (en caso de que sea pedido por parte del analizante) o aclararle que él no promete la disminución del sufrimiento, sino una resistencia a ese sufrir incontrolable, se trata de poder soportarlo al sufrimiento.
La felicidad tiene que ver con la realización del deseo, de la satisfacción sin represión, hablamos de sublimación (este término refiere al cambio de meta en la satisfacción de la pulsión). En este punto Lacan se explaya y se sumerge en la temática acerca de la relación de lo bello y lo sublime a su vez en relación al rehallazgo del objeto como satisfacción; observa que esto no se da, o solo es una ilusión. La realización del deseo no tiene que ver con el objeto en sí, con el encuentro del objeto mismo, sino que alude al cambio de objeto, a esa posibilidad de metonimia que se presenta en el discurso. Esa relación propiamente metonímica de un significante al otro que nosotros llamaremos el deseo, es Justamente, no el objeto nuevo, ni el objeto de antes, sino que es el cambio de objeto en sí mismo.
Aquí se sitúa la importancia de la posición del analista, de su deseo, y viene a jugar un papel preponderante la abstinencia, es de esta forma que el analista debe pagar un precio por esto, el precio es su ser, lo cuál se pierde en la relación transferencial.
La clínica psicoanalítica se define por los caminos que el deseo del analista abre. Decimos que no hay ser del analista (sólo hay ser sexuado), uno no es analista, ejerce el psicoanálisis. No hay otra representación del analista que la que se manifiesta en la transferencia. Entonces el único sujeto en la práctica psicoanalítica es el analizante. Debido a la existencia de un sólo sujeto en el análisis, cabe destacar que la suposición de un sujeto comienza del lado del analista, allí donde supone un sujeto abre la puerta para la existencia del inconciente, para la emergencia del Sujeto del inconciente debido a que el inconciente se expresa en su estatuto ético y por ende en análisis hay que ir a ver, se debe estar atento porque en algún momento el inconciente se muestra. En el capitulo 2 del seminario XI de Jacques Lacan llamado: “el inconciente freudiano y el nuestro” me interesó el desarrollo que propone para abordar el termino inconciente. Comienza definiéndolo y plantea que “el inconciente está estructurado como un lenguaje”, de esta manera va a hacer una articulación entre el inconciente y la lingüística, la cual se muestra como la estructura que le da el status al inconciente, asegurando de esta forma que el término inconciente se vuelva algo capaz de encontrar, algo accesible, calificable y objetivable. El sujeto del inconciente no es permanente, sólo se produce en el dispositivo analítico; por fuera del mismo también puede emerger éste sujeto del inconciente, pero siempre debe existir que alguien le hable a otro entre transferencia, ya que el sujeto del inconciente se produce como efecto de un discurso, sólo existe allí. El inconciente nos habla, es un saber hablado, el nivel de verdad que se busca del inconciente, es decir la verdad del sujeto, sólo se puede encontrar en el discurso corriente, ésta verdad no se debe buscar entonces por fuera de lo dicho, la verdad nos habla por medio de lo que se expresa del inconciente en el discurso. Y se debe esperar su aparición en las denominadas formaciones del inconciente, es decir, en todos aquellos mecanismos involucrados en tales fenómenos (lapsus, sueños, síntomas, chistes) denominados por Sigmund Freud como “las leyes del inconciente” que son: la condensación y el desplazamiento que Lacan define como metáfora y metonimia respectivamente. Todo esto depende de la posición del analista, y esta posición esta determinada por sostener el “deseo del analista”, es decir de abstenerse en su propio deseo con el fin de no obstaculalizar el deseo propio del analizante.
Este es el principio o regla de la abstinencia que, en el “Diccionario de Psicoanálisis” de Laplanche y Pontalis, se encuentra definido de la siguiente manera: “principio según el cual la cura analítica debe ser dirigida de tal forma que el paciente encuentre el mínimo posible de satisfacciones substitutivas de sus síntomas. Para el analista ello implica la norma de no satisfacer las demandas del paciente, ni desempeñar los papeles que este tiende a imponerle. La noción de abstinencia se halla implícitamente ligada al principio mismo del método analítico, en tanto que este convierte en acto fundamental el acto de la interpretación, en lugar de satisfacer las exigencias libidinales del paciente”[1]. Vemos claramente la posición a tomar por el analista, la neutralidad que debe existir por su parte en el análisis con el fin de evitar que el sufrimiento del sujeto no logre la descarga adecuada y se reconduzca por caminos equivocados. Por eso el analista debe estar en posición de ser sorprendido, el saber de antemano que va a venir en un análisis por parte del analista es muy peligroso porque no permite que algo pase.
Podemos nombrar como un requisito fundamental para que el analista pueda ponerse en ese lugar, el “análisis personal” que debe realizar, haciendo referencia a esto veo oportuno citar lo que Freud va a señalar en “Consejos al médico sobre el tratamiento Psicoanalítico”: “… cualquier represión no solucionada en el médico corresponde, a un punto ciego en su percepción analítica.”[2]
Vemos con ésta cita de Freud la importancia atribuida a ese análisis propio, personal, para poder ponerse en ese lugar a ocupar por un analista y no podemos dejar de hablar de la técnica de la atención (parejamente) flotante adoptada por el analista, y tomada como la contrapartida de la regla fundamental de la asociación libre que se le propone al analizante.
El método o la regla de la asociación libre es un elemento constitutivo fundamental en la técnica del tratamiento psicoanalítico, consiste en expresar todo pensamiento sin excepción, decir todo lo que viene a la mente, tiende a suprimir la selección voluntaria de los pensamientos, es la manifestación verbal de todo lo que acuda a la mente del analizante, eliminando toda posición critica que impida el paso de todo el contenido mental. En análisis lo que importa son los momentos en que el analizante deja de tener coherencia, buscamos el sentido oculto en el sin sentido, en la incoherencia del discurso. Se pasa de lo dicho al decir, del enunciado a la enunciación, del yo al sujeto del inconciente.
La escucha del analizante por parte del analista se va a producir en una posición de atención (parejamente) flotante, ésta técnica es la manera correcta de posicionarse para poder pasar de lo dicho del analizante al decir. Sigmund Freud en su texto llamado: “Consejos al médico sobre el tratamiento Psicoanalítico” desarrolla lo siguiente: “La técnica de la atención parejamente flotante consiste en no querer fijarse en nada en particular y prestar a todo cuanto uno escucha la misma atención parejamente flotante, de esta manera se evita un peligro que es inseparable de todo fijarse deliberado y es éste: tan pronto uno tensa adrede su atención hasta cierto nivel, empieza a escoger entre el material ofrecido y en esa selección obedece a sus propias expectativas o inclinaciones. (…) Uno debe escuchar y no hacer caso de si se fija en algo. Como se ve, el precepto de fijarse en todo por igual es el correspondiente necesario de lo que se le exige al analizado, a saber: que refiera todo cuanto se le ocurra, sin crítica, ni selecciones previas”[3]. Siguiendo como eje central a ésta cita comentare que el analista en tal posición no debe conceder el privilegio a ningún elemento que aparezca en el discurso del analizante, en lo que dice el analizante. Debe suspender toda maniobra o actitud que haga que el analizante enfoque la atención en éste, debe conducir de esta manera a dejar funcionar lo más libremente posible todo tipo de actividad inconciente. Con ésta regla el analista tiene la posibilidad de descubrir las conexiones que posee el contenido inconciente con el discurso del analizante, el analista va a detectar y retener en su memoria toda aquella incoherencia discursiva todo aquel sin sentido que se manifieste, con el fin de encontrar más tarde su resolución. Como sabemos la estructuras inconcientes salen a la luz o devienen concientes primariamente por medio de deformaciones, asociaciones, que se dejan establecer a través de los mecanismos ya anteriormente nombrados como los expone Freud condensación y desplazamiento o como lo hace Lacan metáfora y metonimia. Este pasaje deformado del contenido inconciente se da porque como tal es displacentero para la conciencia.
Lacan va a abordar ésta técnica utilizada por el analista en su función, en su posición de analista, ésta posición ética a tomar en el curso de la cura analítica, o más bien ésta forma ética de escucha psicoanalítica, y va a plantear que es esa analogía existente entre los mecanismos del inconciente y los del lenguaje, esa similitud estructural entre todos los fenómenos del inconciente, eso es lo que debe hacerse funcionar lo más libremente posible en el analizante, y esto ocurre de la manera más eficaz si el analista se encuentra en ésta posición de “atención (parejamente) flotante, que permite a su ves no ser obstáculo de la posición que se le propone al analizante, a saber, la de abandonarse a la asociación libre.
Me surge una duda o más bien una pregunta en relación a esta posición a ocupar por parte del analista: ¿Cómo puede ésta atención no estar dirigida u orientada por sus propias motivaciones o deseos inconcientes? La respuesta sería indudablemente que la ecuación personal del psicoanalista no solamente es reducida (por su análisis didáctico); sino que también debe ser apreciada y controlada por el autoanálisis de la contratransferencia.
Si bien Freud no desarrolla ampliamente éste término (autoanálisis), vemos que no dedica un escrito a éste tema, igualmente alude a él en ciertas ocasiones. El autoanálisis refiere a la investigación de uno por sí mismo a través de ciertos procedimientos propiamente del método psicoanalítico. A partir del año 1910 Freud en relación a la contratransferencia, va a hacer notar el peso en psicoanálisis del autoanálisis, destacando la importancia en los analistas de su investigación continua en lo que respecta a su propia dinámica inconciente, va a plantear que ésta exigencia de autoanálisis se refiere al punto en que ningún psicoanalista puede ir más allá de lo que le permiten sus propias resistencias y complejos, esto hace obstáculo al procedimiento analítico, perjudicando al analizante en su progreso analítico, entonces Freud proclama como optimo y ético para quien no efectúe tal autoanálisis abandonar su posición de analista, esto implica el renunciar a tratar a los enfermos analíticamente. En relación a éste tema Lacan en 1950 va a hablar de la contratransferencia tomándola como una “resistencia”, resistencia que es propia del analista, que es un obstáculo en el progreso de la cura psicoanalítica. Lacan en su seminario I describe: “nadie ha dicho nunca que el analista no debe experimentar sentimientos respecto de su paciente. Pero no sólo tiene que saber no ceder a ellos, mantenerlos en su lugar, sino también como usarlos adecuadamente en su técnica”[4]. Que el analista se comporte de tal manera, no acceda a sus pasiones, es porque se presenta de manera más fuerte el deseo propio de ocupar el lugar de analista, o sea que es movido por “el deseo del analista” tal como lo define Lacan, éste deseo prima por sobre sus pasiones, motivaciones, incitaciones, etc., provenientes de su alma, del sujeto que gobierna sus procesos anímicos.
En lo respectivo al propio análisis a llevar a cabo por el analista y el analizante, cabe destacar que el analista va a ocupar diferentes lugares moviéndose en relación al analizante. En el discurso del analizante se parte del sin sentido, pero hay presuposición de sentido ya que los síntomas del analizante se dirigen hacia el analista. Encontramos dos fases en relación a esto: la primera es la “semántica” que es en la cual el analista va a parar al lugar del Otro (el gran Otro), que interpreta, es el lugar de la palabra; y la segunda fase denominada “libidinal” es el modo, la manera en que este Otro pasa al otro (semejante), va al lugar de objeto “a” (causa del deseo). Como se puede apreciar Lacan va a decir que los analistas ocupan en la cura un lugar de objeto. Podemos tomar al analista como un objeto que no esta representado, pero que está enmarcado en la cadena de significantes, a saber entonces que cuando la cadena asociativa del analizante presenta un hueco, quien va a parar a ese hueco es el analista, el analista como objeto. Pero es de suma importancia aclarar que no hay ningún objeto que haga la verdad del deseo, sino que la verdad del deseo es lo que le hace falta al deseante, es esa falta lo que causa el deseo, y en análisis de lo que se trata, de lo que trata el analista es de llevar al analizante a articular la verdad de su deseo.
Para ir cerrando el trabajo de desarrollo individual, para dar fin al tema desarrollado en cuestión: “La ética del Psicoanálisis y el deseo del analista” quisiera hablar del fin de análisis. Luego de que Freud en “análisis terminable e interminable” se plantee y examine acerca de si es posible concluir un análisis o éstos son todos inconclusos, Lacan va a tomar esta cuestión y va de alguna manera a responder diciendo que resulta posible hablar de la conclusión de un análisis. La cura es un proceso que tiene una dirección definida, una progresión estructural, y esta estructura posee principio, medio y fin, a este fin Lacan lo va a denominar entonces justamente “fin de análisis”. Para ajustar aun más el tema de cierre, cabe darle importancia a la diferencia que establece Lacan entre el fin de análisis y la meta del tratamiento psicoanalítico. La meta del tratamiento psicoanalítico, o la meta del análisis es llevar al analizante a articular la verdad sobre su deseo. Todo tratamiento psicoanalítico que alcance tal meta puede considerarse exitoso. En cambio la cuestión del fin de análisis no consiste en saber acerca de si la cura ha alcanzado o no su meta, sino que trata sobre si ha llegado o no a su punto final lógico. El fin de análisis involucra un cambio en la posición subjetiva del analizante (su destitución subjetiva), y un cambio correspondiente en la Posición del analista (la pérdida de ser del analista, la caída del analista de su posición de Sujeto Supuesto Saber). En el fin de análisis el analista cae como resto, es reducido a un mero resto, un puro objeto “a”, como causa del deseo del analizante. El fin de análisis es también considerado como el pasaje de la condición del analizante a la de analista. El fin de análisis no es la desaparición del síntoma, ni la cura de una enfermedad subyacente, debido a que el análisis no es esencialmente un proceso terapéutico sino una búsqueda de la verdad, y la verdad no es siempre benéfica.


BIBLIOGRAFIA


Apuntes de clase práctica de la cátedra clínica 1 “A”, Dra. Marite Colovini, Facultad de psicología. U.N.R
Evans D. Diccionario introductorio de Psicoanálisis lacaniano. 2007. Ed. Paidós. Ba. A.s.
Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras Completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
Lacan J. Seminario I. Los escritos técnicos de Freud. 1953-1954. Ed. Paidós. Bs. As.
Lacan J. Seminario VII. La ética del Psicoanálisis. 1959-1960. Ed. Paidós. Bs. As.
Lacan J. Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis. Capítulo II. 1963-1964. Ed. Paidós. Bs. As.
Laplanche J. y Pontals J.B. Diccionario del Psicoanálisis. 2004. Ed. Paidós. Bs. As.

[1] Laplanche y Pontañis. Diccionario de Psicoanálisis. 2004. Ed. Amorrortu. Bs. As.
[2] Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[3] Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[4] Lacan J. Seminario I. Los escritos técnicos de Freud. 1953-1954. Ed. Paidós. Bs. As.

jueves, 9 de octubre de 2008

::La Ética del psicoanálisis y sus aportes a la cultura.

MAURICIO GIORGI
Mi pregunta en torno a la ética del psicoanálisis gira alrededor de lo que ella implica u origina, o a lo que ella da lugar mas allá de la posición del analista, mi pregunta está en relación a la ética “fuera” del consultorio, no me propongo trabajar con la ética perfilada al deseo del analista (o al menos no directamente), es de lo que de ella se desprende mas más allá del acto analítico, hablo de lo que de la ética se hace cuerpo, voz, cultura y circula, sus consecuencias y pregnancia social.
Así introducida la ética del psicoanálisis parece plantearse como un sistema de ideas y valoraciones culturales, eso no constituye a la ética del psicoanálisis, pero si forma parte de sus derivados, o al menos esa es mi hipótesis, y la formulo porque creo que tiene importancia en cuanto a su articulación con la clínica ya que es justo suponer que de ello puede escucharse en el consultorio, esto puede llegar de múltiples maneras y es preciso reflexionar en este sentido en caso de posibles dificultades en la praxis

Haciendo una indagación sobre el termino ética aparecen algunos conceptos que me ayudaron a pensarlo: Etica: “es una parte de la filosofía que trata de la moral, estudia los actos morales, sus fundamentos y como se vinculan en la determinación de la conducta humana”[1] . Lo ético comprende la disposición del hombre en la vida, su carácter, costumbre y moral. Podríamos traducirla "el modo o forma de vida" en el sentido profundo de su significado[2]. La ética es una reflexión sobre la praxis. Ethos significa carácter, pero no en el sentido de talante sino en el sentido "del modo adquirido por hábito, ética proviene del hábito, de la costumbre y no es por tanto algo inherente al ser humano, no es por así decirlo “natural”, sino que se trata de una construcción social que ha ido variando constantemente a través del tiempo y del espacio[3]
A este concepto se lo fue matizando según las diferentes corrientes filosóficas que marcaron el pensamiento en occidente. Con decir que marcaron el pensamiento me refiero a que sus postulados funcionaron de base para regular la conducta de los seres humanos, estructurando sus valores e influyendo de manera directa en su constitución subjetiva.
La filosofía de Aristóteles fue una de ellas, por no decir la principal,
“El bien es el fin de todos los actos del hombre” postula Aristóteles en “Ética a Nicomaco”. Y sentenciado de esta manera ese enunciado se convirtió en el eje de la cultura y sus valoraciones, dando lugar a la ética de los bienes, es decir que se determinaban jerárquicamente una escala de bienes concretos a los que el hombre debía acceder y dependiendo de ellos se mediría la moralidad de sus actos
Cómo acceder al bien, cómo hacer el bien, ¿lo que hago esta bien o esta mal?, (tanto énfasis en el bien tiene por consecuencia espontánea, diríamos por formación reactiva la aparición o exaltación de lo malo como eso que causa el más intenso rechazo), entonces: cómo evito el mal. Estos dilemas existenciales humanos recibieron múltiples respuestas, nos hablan de ellas los epicúreos,(el bien está en la moderación del placer, la equilibración racional de la satisfacción de las pasiones), los cínicos (afirmaban que la esencia de la virtud, el bien único, es el autocontrol, y que esto se puede inculcar). Los cínicos despreciaban el placer, que consideraban el mal si era aceptado como una guía de conducta), los estoicos (en la tranquilidad del ánimo se halla la impasibilidad)
Luego el catolicismo, con su amor a Dios y el mandato fundamental: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Esta corriente puso especial énfasis en la penitencia, las reprimendas por pecar, como una gran exacerbación por la culpa y el castigo
Los placeres del cuerpo fueron también acogidos por estas, podríamos decir, éticas, entre ellos la sexualidad, la representante mas destacada en lo que placer del cuerpo se refiere. De que manera se abordaba esta cuestión, es obvio por decantación, rechazándola, amordazándola, regulándola, dosificándola, satanizándola.
En resumidas cuentas, la ética, o las éticas, en la historia han surgido para controlar el afán de destrucción y la sexualidad, o por lo menos en lo fundamental, para que los hombres pudieran convivir sin ultrajarse, violentarse ni sojuzgarse los unos a los otros. En sus diferentes apreciaciones o épocas a adquirido matices diferentes pero en lo básico ese requisito estaba cubierto
¿Que tiene que ver esto con la ética del psicoanálisis?. Lacan en “La ética del psicoanálisis” dice, que el psicoanálisis realiza aportes en dos planos, uno muy particular y otro muy general, el primero tiene que ver con la clínica, puertas adentro, la manera en que se responde a la demanda del enfermo, como se la articula; la segunda, “en tanto la experiencia del psicoanálisis es altamente significativa de cierto momento del hombre, que es aquel en el que vivimos, sin nunca poder situar, salvo raramente, qué significa la obra, la obra colectiva en la que estamos inmersos”[4]
Esta frase, aunque talvez un poco desalentadora, abre para mi el campo de lo que estoy tratando de articular, algo bastante inasible, sí pero no obstante se puede hablar de ello. A este respecto me gustaría agregar que Freud mismo en “Psicología de las masas y análisis del yo” plantea que lo Uno es impensable por fuera de lo colectivo, el individuo y lo social, por ende son indisociables, y trata en esta obra cuestiones sociológicas.
“Que Freud haya tomado elementos de otros lugares no cuestiona su originalidad sino que indica la reorganización audaz e inaugural de elementos preexistentes en diversos campos de la cultura. Su interés múltiple, la sociología, la educación, el arte, el derecho, impactó nuestra cultura, desde distintos ángulos, ni si quiera sabemos aun cuanto.” [5]
Es posible que este impacto, tenga que ver con la dimensión ética que Freud inaugura, pero ¿cómo lo hace? Es muy complejo. Parte de la práctica clínica y sus vicisitudes. Llega a postular las dos herramientas fundamentales para la práctica: la asociación libre (por parte del analizante) y la regla de atención flotante y la abstinencia (por parte del analista). Esta última es una recomendación dirigida al analista en tanto su deseo. Lacan dice, dejar el yo del analista en el placard, en el consultorio hay un sujeto, el del analizante, no dos, es necesario abstener la aparición del yo del analista, sus pasiones y su angustia, para evitar que este deje de ocupar ese no lugar, ese lugar vacío, que lo constituye como objeto de deseo, objeto que causa el deseo e instala la transferencia permitiendo que el analizante hable. De lo que se trata es de evitar la relación especular o imaginaria, se evita que el analizante tome la figura del analista como ideal, o como semejante, otro con minúscula. Respecto al deseo del analista hace una advertencia en cuanto a la finalidad del bien, en tanto esto es lo que se aspira para el paciente, es decir curarlo, el deseo de hacer el bien. Lacan dice que el deseo del analista debería postularse como el deseo de no-curar[6].
Si en el seminario 7 Lacan hace un recorrido partiendo de Aristóteles, pasando por el catolicismo y Kant para llegar al marqués de Sade no es casualidad, es causalidad, ya que los primeros se regodean en la idea de hacer el bien, identificado a lo correcto; no obstante la acuciante contundencia de la experiencia demuestra que Sade forma parte de lo mas intimo de la naturaleza humana, y el psicoanálisis no puede dejar de tener esto en cuenta.
En “El malestar en la cultura” Freud lo expresa claramente, es impensable que se ame al prójimo como a uno mismo, no encuentra asidero en la existencia humana, postula la pulsión de muerte en “Mas allá del principio de placer”, la tendencia a la destrucción inherente al sujeto.
Ahora la maldad es así puesta en vista para el psicoanálisis, pero ¿qué postura se toma ante ella, que postura toma el analista? y creo que esto es lo original, ¿repudia?, ¿apacigua?, ¿favorece? ¿Aconseja?...yo diría “abstiene”.
Esto, me parece, borra la tradicional dicotomía que es inherente al pensamiento occidental binario, que oscila siempre entre dos polos que se oponen generando líneas de pensamiento y modos de actuar estereotipados en el sentidos de: escojo esto o su contrario, las tradicionales dos sendas entra las que se dirimen las decisiones de los sujetos, de lo bueno y lo malo, ellos o yo, blanco o negro, completo o incompleto, lo correcto y lo despreciable. Si no se es lo uno se es lo otro, y esto representa para el sujeto una encrucijada que lo deja con pocos recursos ante la demanda superyoica de hacer lo correcto. Y el psicoanálisis toma este dilema y lo problematiza. Evidentemente el sujeto (hablo desde mi experiencia como analizante) se encuentra siempre en ese acantilado, donde sus decisiones o sus actos se ponen en cuestión en un juego donde lo que marca el deseo puede ser el camino que lo situé en el campo de lo rechazado, de la maldad. En este punto el superyó y lo social (casi indiferenciables) se hacen escuchar desde su lugar que es histórico, como tal transitado, marcado, (por doctrinas tradicionales o cualquier agente subjetivante de cualquier orden en cualquiera de los formatos que estos ocupen llámese mass media, etc.)
Entonces aquí situado, el sujeto, digamos su yo, en el risco, parece desdibujarse, quemarse, desmembrarse, desarticularse en pulsiones parciales, o bien retraerse, estancarse y cristalizarse. Pero aquí es donde Freud se hace su espacio. Y puede vislumbrarse en la masa inquebrantable de discursos absolutos, casi sofocantes para el sujeto, un agujero. Podría decirse que se instituye una dimensión, un discurso, un modo de lazo social radicalmente diferente. No digamos que para el psicoanálisis la dicotomía entre el bien y el mal, tan sentenciosa, es ajena, pero sí que hundirse en ella propicia extravíos.
Digamos que el psicoanálisis le da al discurso un estatuto otro, situándose por fuera, o desde otro lugar, desde la falta, lo incompleto, lo desechado y lo rechazado partiendo de la base de que es una práctica de discurso. Lacan afirma en “apertura de la sección clínica”: “el hombre tiene la ilusión de decir algo que sea del decir, es decir, que importe en lo real”. De esta manera sitúa al inconciente por medio de la función simbólica que está puntuada en la noción de significante expresando que el inconciente es bla-bla-bla.
Bien, me encuentro en este punto. El psicoanálisis como práctica de discurso.
¿Es esto lo mismo que el discurso del psicoanálisis?. Y de esta manera me sumerjo en lo que me interesa.
Una cosa es servirse del discurso del psicoanálisis para matizar otras prácticas de la cultura, esto representa, talvez, un corrimiento distorsionado.
Encontramos discursos médicos, pediátricos, anuncios y montones de farfarruchadas embebidas de términos psicoanalíticos, de ahí que uno escucha que se hacen encuestas por el noticiero de canal nueve para comprobar que los jóvenes elijen a sus parejas según el parecido con la madre por el complejo de Edipo, o que escuchamos que a Rafael Nadal le prohíben masturbarse para que sublime su energía en el tenis, o que se afirme contundentemente que si de chico a alguien lo violaron seguramente de grande será un violador, en estos casos se presenta lo que del psicoanálisis se ha hecho cultura pero de manera podríamos decir desvirtuada, si bien el psicoanálisis abre la puerta a lo infantil como constitutivo y fundante así mismo no postula el determinismo a ultranza y así con diferentes falacias. Cuando yo hablo de lo que el psicoanálisis impacta en la cultura intento referir a otra cosa. No es el psicoanálisis tomado por otros discursos lo que habla de su pregnancia social. En todo caso eso da cuenta de su aceptación y su trascendencia en otros niveles.
Entiendo que el sujeto no es el mismo después de un análisis, pero el sujeto ¿es algo?. Probablemente si, muy difícil de dar cuenta, sobre todo porque no es siempre lo mismo, acaso el yo podríamos decir entre comillas, una parte del sujeto ¿es siempre lo mismo?, como dice la frase, “vos seguís siendo el mismo de siempre”, o “esa persona ha hecho de todo pero en esencia es siempre la misma? ¿Ese “mismo” refiere a la unidad del yo? Si ese fuera el caso Lacan ya ha expresado la cuestión imaginaria del yo en “el estadio del espejo”, el yo es un engaño, desconocimiento radical afirma en “acerca de la causalidad psíquica” o que intentar fortalecer o redondear al yo por la vía inmediata imaginaria no constituye la tarea del psicoanálisis “en introducción del Gran Otro”, hasta el mismo Freud pone al yo en el estatuto de vasallo en “El yo y el ello”.
Por otro lado, la cultura ¿sigue siendo la misma después del nacimiento del psicoanálisis? Y no estoy haciendo referencia a lo histórico únicamente, ya que el devenir del tiempo engendra algunos cambios obviamente. Me refiero a lo estructural, y cuando digo estructura digo discurso. Y vuelvo al psicoanálisis como práctica de discurso. El psicoanálisis al fundar un lazo social inédito lo que hace es nada mas ni nada menos que “dar lugar”; a través del discurso.
Creo que por esta vía es que puedo pensar cómo el psicoanálisis impacta en la cultura. Es posible detectar la influencia del psicoanálisis en esos baches, en esos lugares (y este termino siempre es en relación a estructura), podríamos decir alter-nativos o mejor dicho emergentes, donde es posible algo otro, nuevo, diferente; donde se rompe con la linealidad de lo unidimensional, donde la cuestión no vacila entre lo que esta bien y lo que esta mal, entre el blanco o el negro, donde a una causa no le sigue el efecto, un lugar donde dos mas uno es igual a cuatro. Y esto que digo no es en el plano exclusivo de lo singular, sino también en lo colectivo, cultural (ya que desde la óptica psicoanalítica esta díada también se desdibuja)
La posibilidad de resignificación, de subversión es a lo que el psicoanálisis, desde su dimensión ética, abre las puertas.
La sexualidad, tal como lo consigna Foucault en “Historia de la sexualidad” es un hecho de discurso, del poder como lucha de fuerzas, el cuerpo y el goce tomados por discursos y construido por discursos históricamente sesgados, entendida de esta manera la sexualidad humana se ha puesto en escena por el psicoanálisis desde una lógica revolucionaria y absolutamente inédita, siendo este un campo en el cual el aporte del psicoanálisis puede sentirse de manera patente. Lacan afirma en lo que Allouch llama, “Teoría del coger”, “el falo no funciona como algo que podría diferenciar dos sexos”[7] y desde allí pueden pensarse una multitud de prácticas sexuales que tienen vigencia hoy en día y que desde la psiquiatría serían catalogados como perversiones. Es así también como el par heterosexual-homosexual se desdibuja y las sólidas oposiciones en torno a lo que el mismo conlleva comienzan a verse desde otra lógica que permite de alguna manera, no digamos un entendimiento, pero si una vía de acceso a la formas de goce de los seres humanos tan insondables, no desde el catalogo, la categorización, ni desde el prejuicio y lo punible, sino dándole lugar a los intervalos, a lo no normatizado y le da un sentido, posibilitando y no es poca cosa, hablar de ello y generar movimientos.
Si bien, talvez por alguna inercia gestaltica de la “buena forma”, de intentar completar cuerpos teóricos como acabados, con el paso del tiempo ciertas conceptualizaciones adquieren el carácter de norma, como una ley casi científica o natural (como por ejemplo el complejo de Edipo positivo) son así acogidas por la sociedad.
Pero el psicoanálisis a diferencia de los enunciados científicos no se cierra sobre si mismo, y vuelve a repensarse, reformularse y problematizarse, permitiendo siempre un retorno y a la vez un cambio
La ética del Psicoanálisis emana de la práctica y a la vez la práctica es posible gracias a la ética , así Praxis y ética, de manera dialéctica, se determinan mutuamente y la teorización adviene en esta dinámica. Esto no es inconsecuente, se producen marcas que trascienden al analista y al analizante marcas en el discurso, que circulan y hacen cadena, hacen red y esta red como tal no se sostiene en la dicotomía singular y colectivo, la rebasa, y atraviesa todas las prácticas denunciando así su lugar y relevancia en la cultura.
Hay un antes y un después…





Bibliografía:

Aristóteles “Ética” , Argentina, Ediciones Libertador, 2005
Capurro Raquel, “Homosexual-heterosexual, critica de un par conceptual” Revista Querencia Nro 2. Abril 2001.Secciones Temáticas
Colovini Marite; “La erotomanía, el delirio de ser amada: ¿Una locura femenina?”, capitulo: “Estructuras clínicas”
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Gaviria Luz Elena, “El mas Uno y el analizante” www.nel-amp.com/tw/02/tw02_car.htm - 20k
Imbriano A.H. “Una ética para la enseñanza del psicoanálisis”, 2002
Lacan J. “El Seminario 7: La ética del psicoanálisis”, Buenos Aires, Paidos, 2007
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Lacan J. “Escritos 1” “Acerca de la causalidad psíquica”. Siglo Veintiuno, 1998
Mazzuca Marcelo. “Reportaje al psicoanalista francés Jean Allouch que visito Buenos Aires”.
Mora Patricia “Cartel y formación del analista” www.escuelafreudiana-arg.org/archivos_de_trabajo/panel_cartel_y_fromacion_del_analista
Velásquez Rafael, Filosofia ética



[1] Diccionario Enciclopédico estudiantil Océano, Mentor Color
[2] Filosofía Etica, Rafael Velasquez
[3] Ferrater Mora J. Diccionario de Filosofía, tomo 2, “Etica”, Alianza Diccionarios, edición 7, 1990
[4] Lacan, El Seminario VII, “La Etica del Psicoanalisis”
[5] Firpo Stella Maris, “Diversas adolescencias”, segunda edicion, pag.71 UNR editora, Rosario, 2008
[6] Lacan, El Seminario VII, “La Etica del Psicoanalisis”
[7] Reportaje al psicoanalista frances Jean Allouch que visitó Bs.As. por Marcelo Mazzuca

::POSIBLES CIMIENTOS DE UN DISPOSITIVO ANALÍTICO

IGNACIO RUIZ
Para dar comienzo a mi producción individual, en relación a lo que trabajamos mediante el dispositivo de Cartel de manera conjunta con otros compañeros, considero que lo más indicado sería mencionar el tema elegido por el grupo para trabajar durante el año; así, fue sobre “La ética del Psicoanálisis” lo que nos resultó de gran interés para abordar a lo largo del tránsito por la materia Clínica I A.
En relación a mi producción personal, intentaré orientar este escrito hacia la indagación de cuáles serían los elementos que podemos tomar como cruciales dentro de un dispositivo psicoanalítico; intentando, al mismo tiempo, no dejar de lado “La ética del Psicoanálisis”, eje central, relacionado con lo puntual de este trabajo individual.
En cuanto al origen y al interés por este tema en particular, debo mencionar como motor principal a la lectura recomendada desde los trabajos prácticos, al seguimiento de los puntos del programa, y también a la lectura y concurrencia a encuentros sobre la clínica psicoanalítica por fuera de los requerimientos puntuales de la cátedra.
Luego de lo anteriormente señalado, quisiera apuntar que a “mí entender”, en un dispositivo psicoanalítico se cuenta con elementos básicos e indispensables y no negociables, el primero de ellos creo que consistiría en que en él se encuentren analizante y analista, que en uno de ellos se suponga un Sujeto supuesto saber; también considero que entran aquí en escena la neutralidad del analista, y la regla fundamental (asociación libre por parte del analizante).
Particularmente, trataré de abordar los dos últimos puntos señalados (la neutralidad del analista y la regla fundamental), intentando ubicar un puente de relación entre éstos y uno de los tres pilares fundamentales en la formación de un analista, a saber, el análisis personal; también se toman en cuenta en este punto a la formación teórica, y la supervisión de casos, como apoyos para el trípico basal de “la persona del analista”.
Siguiendo con lo expuesto en el párrafo anterior, cabe señalar qué es lo que se entiende por “regla fundamental”.
Imbriano A. señala en “Una ética para la enseñanza del Psicoanálisis” que: “La regla fundamental analítica significa que no se puede dejar de decir lo que se ignora y que ello es la exigencia primera de la transmisión de la clínica. Es mucho lo que podríamos señalar sobre ese paso que implica el camino desde la teoría a la clínica y viceversa y sobre sus implicancias y tabúes para el practicante novel. Pero lo más importante a considerar es que el mismo no debe ser un salto al vacío.”[1]. Considero que cabe mencionar que esta regla fundamental, justamente es fundamental en un dispositivo analítico, ya que desde el Psicoanálisis se apunta a la existencia de un saber no sabido que puja constantemente.
En cuanto a la regla fundamental como asociación libre, hay que indicar que ella se convierte en tal para el Psicoanálisis, en cuanto a que toma como sustento el supuesto freudiano de que, cuando se abandona la intencionalidad de las representaciones-meta concientes, el curso de las representaciones pasa a ser dirigido por medio de las representaciones-meta inconcientes; es decir, es una regla fundamental en tanto lo que queda libre de control intencional yoico, será tomado por las sobredeterminaciones inconcientes. Encuentro aquí total concordancia entre el planteo freudiano y el primer capítulo del seminario II de Lacan, en el cual, él realiza una crítica fundamental a la primera y segunda generación después de Freud, más precisamente Lacan los llama “ineptos”, y apunta sobre ellos el error que han cometido al leer de manera desvirtuada la obra metapsicológica de Freud subsiguiente al año 1920, momento en cual se da a publicidad el escrito fundamental de la obra freudiana titulado “Más allá del principio del placer”.
En relación al término “libre”, solo podemos considerar como tal a la asociación propuesta para llevar adelante un Psicoanálisis en la medida que ella no está orientada hacia algún tema determino, puntual, ni controlada por una intencionalidad de carácter selectivo; a través de ella se busca renunciar al comando yoico que dirige el común de las conversaciones humanas.
Freud en “Sobre la iniciación del tratamiento”, agrega en relación a la regla fundamental que: “A veces encontramos personas que se conducen como si ellas mismas la hubieran dictado. (…) Su comunicación al sujeto, antes de iniciar el análisis, es tan indispensable como útil…”[2]. Creo que el señalamiento de aquí de Freud es crucial ya que justamente este modo de dirigir la cura es algo totalmente novedoso, innovador, es la apertura hacia horizontes evanescentes que nunca en la historia han sufrido tal punto de interés para llevar adelante una praxis. Es acertado, entonces, decir que lo que no importa en otros lugares (equívocos, lapsus, sueños), sí importa en la clínica psicoanalítica.
En relación a lo señalado en el párrafo anterior, Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder” va a decir que: “El psicoanalista sin duda dirige la cura. El primer principio de esta cura, el que le deletrean en primer lugar, y que vuelve a encontrar en todas partes en su formación hasta el punto en que se impregna en él, es que no debe dirigir al paciente. La dirección de consciencia, en el sentido de guía moral, queda aquí radicalmente excluida.”[3]. Es dable expresar entonces que, la cura en el campo psicoanalítico, no consiste una especie de marcar el camino de nadie, ni tampoco de encontrar el bien ni la felicidad, por lo tanto, siguiendo la idea de Lacan en este punto, habría que indicar como cuestión primordial lo que refiere al hecho de hacer aplicar por el sujeto la regla fundamental analítica, abrirle de este modo las puertas del acto analítico.
En una entrevista, a la cual encuentro con amplios puntos de relación respecto al párrafo anterior, le preguntan al psicoanalista francés Guy Le Gaufey, sobre cuáles son las condiciones para que alguien pueda ser considerado analista; él comenta que ésta es una cuestión ardua de delimitar ya que no existe un blanco claro, pero lo que sí especifica centralmente es que la felicidad del paciente nunca es el blanco del analista, sino que posiblemente es el blanco del paciente. Y expresa que, si el paciente quiere alcanzar la felicidad, eso es asunto de él; el analizante puede creer que alcanzar la felicidad puede ser conseguir tal o cual cosa, pero queda claro que ello no debe suceder porque eso hubiera sido el objetivo del analista. Lo que aquí se trata de manifestar es que, la cuestión, para el analista, se dirige a realizar de un modo determinado el trabajo y no de otra manera. Cuando un paciente se presenta con un determinado plan de alcanzar la felicidad o algo por el estilo, el analista debe tener en claro que sólo debe tratar de encaminar su método de un modo determinado, sin saber éste a dónde conduce con este paciente, porque no hay futro a presagiar.
Justamente, creo que esto es a lo que apunta Mannoni M. cuando, en “Un caso de anorexia mental”, ante la pregunta de los padres de Sidonie (adolescente llevada a análisis por iniciativa de ellos), sobre si asumiría la responsabilidad por el porvenir de la joven, ella (Mannoni) responde que no va a asumir la responsabilidad de nada en absoluto, salvo la responsabilidad de comprometerse a mantener su posición como analista dentro del dispositivo analítico.
Aquí podríamos señalar la recomendación de Freud, que se dirige al analista, apuntando a que éste (el analista) debe olvidar, en cada caso, lo que sabe de su práctica anterior, es decir, que el Psicoanálisis es una práctica que se reinventa cada vez, al modo en que lo enuncia Lacan.
Por otra parte, si en la formación de un analista, desde el comienzo se le indica en torno a su lugar en un análisis, que no debe dirigir al paciente, tal vez esto pueda articularse con el otro punto estructurante del dispositivo analítico, a saber, la neutralidad del analista.
Rabito V.H. comenta en “Práctica analítica”, título con el cual se conoce una charla que brindó sobre la clínica psicoanalítica, que desde el momento en que Freud funda el Psicoanálisis por medio de la introducción del método de la asociación libre, la idea de una neutralidad del analista se impone cada vez más en este ámbito.
En relación a esto, hay que tener en cuenta que la idea de neutralidad ha ido adquiriendo diversos matices en el desarrollo freudiano; por ejemplo en relación a los valores sociales, morales, religiosos, no apuntar a ellos de ninguna manera, ni dar ningún tipo de consejo. Así mismo se apuntó la neutralidad en relación a las manifestaciones transferenciales; y también la neutralidad dirigida hacia el discurso del analizante, es decir, no otorgar a priori una importancia precedente a un determinado fragmento o a un determinado tipo de significaciones.
Considero que, en concordancia con lo señalado en las líneas pasadas, podemos citar lo planteado por Freud en “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”, él comenta: “La técnica de la atención parejamente flotante consiste en no querer fijarse en nada en particular y prestar a todo cuanto uno escucha la misma atención parejamente flotante, de esta manera se evita un peligro que es inseparable de todo fijarse deliberado y es éste: tan pronto uno tensa adrede su atención hasta cierto nivel, empieza a escoger entre el material ofrecido y en esa selección obedece a sus propias expectativas o inclinaciones. (…) Uno debe escuchar y no hacer caso de si se fija en algo. Como se ve, el precepto de fijarse en todo por igual es el correspondiente necesario de lo que se le exige al analizado, a saber: que refiera todo cuanto se le ocurra, sin crítica, ni selecciones previas. Si el médico se comporta de otro modo, aniquila buena parte de la ganancia que le brinda la obediencia del paciente a la regla fundamental del Psicoanálisis.”[4]. En este punto se hace plenamente visible la importancia de la neutralidad del analista en cuanto a su escucha y al modo de abstener su juicio, ya que en Psicoanálisis contamos con el tener que escuchar cosas que solo a posteriori va a ser posible tal vez discernir su significado.
Entiendo que en este momento sería acertado expresar que el análisis no tiene nada que ver con lo que es del orden de la persuasión, aunque en cierto punto provenga de allí, de la hipnosis, como señala Allouch J. en su texto titulado ¿Paranoización? La cura se da si lo que esa persona dice también puede escucharlo, es decir, no se da la cura por el solo hecho de hablar, no se da vía catarsis.
Así mismo juega un papel preponderante en este eje la cuestión de la abstinencia del analista, principio según el cual, la cura debe ser dirigida de tal forma que el paciente encuentre en ella, el mínimo posible de satisfacción de sus síntomas. Como sabemos, para el analista, ello implica la norma de no satisfacer las demandas del paciente. La justificación de este principio será de orden fundamentalmente económico. La energía libidinal se encuentra ligada por la transferencia, y se rechaza toda posibilidad de descarga distinta a la expresión verbal.
En este punto es pertinente tender una especie de unión entre la neutralidad del analista y la asociación libre por parte del analizante, ya que si se opera sin tener en cuenta el requerimiento hacia el analista, será en vano el haber enunciado la regla fundamental para quien recurra a un Psicoanálisis, el analizante.
Podemos puntualizar entonces que, la tríada que localiza “la persona del analista”, es decir, el análisis personal, la formación teórica y el análisis de control, es lo que lo va a poner en condiciones de montar un dispositivo analítico. Ahora bien, de este dispositivo analítico son constituyentes, la regla fundamental del Psicoanálisis, apoyada en el método de la asociación libre por parte del analizante, y su contrapartida, la neutralidad del analista.
En relación a la neutralidad del analista, basada en la atención parejamente flotante y la abstinencia de él, podemos señalar que es una posición que el analista debe ocupar para que algo del análisis acontezca en la cura. Esta cuestión de la neutralidad del analista, en relación a lo exigible para quien quiera devenir en analista, encuentra amplio entrecruzamiento con lo apuntado como una de las bases para “la persona del analista”, me refiero aquí, particularmente, al análisis personal.
Freud en “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” va a señalar que: “… cualquier represión no solucionada en el médico corresponde, a un punto ciego en su percepción analítica.”[5] Y en “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Lacan dice: “No hay otra resistencia al análisis sino la del analista mismo.”[6]. En relación a las dos citas realizadas creo que a lo que apuntan es a remarcar la importancia del análisis sobre alguien que espere devenir en analista, para así evitar la imposición de límites relacionados con puntos sin tratar sobre su persona, y de este modo no caer, ni dejarse tentar, por proyecciones desde su propia persona. Nuevamente vemos la importancia del análisis personal del analista para su práctica como tal, en total concordancia con lo planteado en relación a la neutralidad del analista, y también con la regla fundamental del Psicoanálisis, apoyada en la asociación libre.
Para ir dando una especie de “cierre” al trabajo, quisiera señalar que cuando Lacan habla de deseo del analista, se entiende que está hablando, no del deseo de cada analista en particular, sino, de la postura que tiene que tomar el analista en tanto encarnador del Sujeto supuesto saber, y en cuanto a la abstinencia frente al furor curandis.
Lacan en el capitulo XXI de su Seminario VII destaca que todos los personajes presentes en las obras de Sófocles tienen rasgos similares, pero demarca que en Antígona no se muestran señas de temor ni compasión en su semblante, lo cual creo algo central en relación a lo que es el deseo del analista; es precisamente la figura del analista la que debe mantenerse lejana a ese temor y esa compasión, mantener esa distancia de abstinencia. Según Lacan nos vemos obligados a entrar en el texto de Antígona buscando en él algo diferente de una lección de orden moral.
El deseo puro es deseo secundario, suspendido, deseo de sostener el deseo. Para prolongar el deseo vital el sujeto necesitará recurrir a la impureza deseante. En cambio, el deseo del analista es deseo de nada. En análisis debe tratarse de un solo sujeto, el analizante, corriéndose entonces el analista de su posición de sujeto, alejándose de su deseo, apareciendo el deseo de nada. El deseo del analista estaría relacionado con el ubicarse en ese lugar que permite la emergencia del sujeto del inconsciente (analizante) en el momento de la transferencia. Dando por sentado de que es el analizante quien debe poner a la figura del analista en ese lugar de sujeto supuesto saber; por lo cual para Lacan el deseo del analista implica deseo de analizar, y no de curar.
Con la enseñanza que tanto Freud como Lacan nos dejan a través de su obra, encontramos la indicación de no dejarnos engañar ante posturas psicológicas que no van por las sendas propias del Psicoanálisis. Por ejemplo, encontramos en el Seminario II de Lacan, las críticas que él dirige hacia la Psicología norteamericana del Yo, en donde se intenta resaltar la figura yoica, reforzándola. Parafraseando a Lacan, desde la Psicología norteamericana toman a la persona como si fuera un planeta, lo cual desde una mirada psicoanalítica se vuelve completamente imposible, o en contra del posicionamiento ético de Psicoanálisis. La ciencia, como explica Lacan, forcluye al sujeto, y desde el Psicoanálisis se ve claramente la lectura de darle lugar al sujeto, sujeto del inconciente: “Wo Es War, Sol Ich Werden” pronuncia Freud y retoma Lacan; en esto debe leerse: “ALLI DONDE ELLO ERA, ALLI COMO SUJETO DEBO ADVENIR YO”. Se le da lugar a una nueva dimensión, ella es la que diferencia al Psicoanálisis de la Psicología.
El estatuto del inconciente es ético, no óntico; esta situación no es predeterminada, no hay cuestiones técnicas que se vinculen con la ética del Psicoanálisis porque todo el tiempo nos dirigimos al sujeto del inconciente, distinto de un individuo, y esto dependerá también de la posición en que se encuentre el analista.
Lacan trata de dar cuenta de que los tres registros, imaginario, simbólico y real, son equivalentes, y lo hace por medio del Nudo Borromeo. No hay ningún registro por sobre otro como predominante, si un nudo se corta se desenganchan los demás, y esto es muestra de que no hay supremacía de ningún registro.
A lo largo de todo el trabajo se menciona el abandono por parte del analista del deseo de curar. Pero ¿cómo abandonar ese deseo?, esta respuesta creo que se hallará en relación a uno de los pilares en la formación de un analista, el cual ya ha sido señalado anteriormente, a saber, el análisis personal fundamentalmente, sin dejar de lado también lo que respecta al análisis de control y la formación teórica. El análisis personal permite resolver algunas cuestiones propias para posibilitar la neutralidad una vez que el analista está ejerciendo su función de tal. De no “resolver” muchas cuestiones referentes a lo personal, esto permite que una vez trabajando como analista, se pueda llegar a caer en la tentación de identificarse a su paciente, y creo que ha quedado en claro que ello no es para nada lo original de la práctica analítica.
Nos va a señalar Lacan que un psicoanalista es al menos dos. Un psicoanalista es quien lleva a cabo el acto psicoanalítico, el cual no tiene intencionalidad; a posteriori puede reflexionar sobre los efectos de sus actos, y teorizar sobre ello.
La clínica psicoanalítica se define por los caminos que el deseo del analista abre. No hay “ser del analista”, uno no es analista, sino que ejerce el Psicoanálisis; por lo tanto cabe decir que la clínica psicoanalítica no es un tratado de psicopatología ni un conjunto de reglas técnicas, y el único sujeto en la práctica es el del analizante. Lacan situará a la ética del Psicoanálisis como el bien decir.
En relación a lo antedicho, y siguiendo la línea de lo planteado hasta aquí, podemos decir entonces, en total acuerdo también con lo aportado por las fuentes a las cuales he recurrido para este capítulo, que es el modo en que el analista ha transitado por el análisis y el efecto que acarrea éste sobre su formación, lo que marcará la manera en que un analista singular genera o no las condiciones de posibilidad de sostener el deseo del analista, es decir, la instauración del dispositivo analítico y dirigir por lo tanto una cura en consecuencia.
Expresa Rabito V. H., en la fuente ya mencionada con anterioridad, que: “Esto no es una cuestión que se pueda conocer a priori, ya que justamente es a posteriori donde pueden leerse sus efectos; y es por sus efectos, que puede decirse, a veces hubo análisis, por momentos operó el deseo del analista. Esto podría plantearnos una clínica del deseo del analista.”[7]
Tomo como especie de “conclusión” a la cita anterior ya que la entiendo como dotada de gran valor y claridad en cuanto a lo que mi capítulo individual refiere, es decir, a la relación existente entre quien pretenda devenir en analista y los puntos de entramado que ello posee con su análisis personal, factor fundamental en lo concerniente al deseo del analista y a la posibilidad de instaurar el dispositivo analítico, apoyado en sus dos elementos centrales, la asociación libre por parte del analizante y la neutralidad del analista.


BIBLIOGRAFIA
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Rabito V. H. Práctica analítica. En El sujeto en la experiencia analítica. 2000. Ed. U.N.R. Rosario.
[1] Imbriano A. Una ética para la enseñanza del Psicoanálisis. 2002. http://www.elsigma.com.ar/

[2] Freud S. Sobre la iniciación del tratamiento. 1913. En Obras Completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[3] Lacan J. La dirección de la cura y los principios de su poder. 1978. En Escritos I. Ed. Siglo XXI. México.
[4] Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[5] Freud S. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. 1912. En Obras completas. Ed. Amorrortu. Tomo XII. Bs. As.
[6] Lacan J. La dirección de la cura y los principios de su poder. 1978. En Escritos I. Ed. Siglo XXI. México.

[7] Rabito V. H. Práctica analítica. En El sujeto en la experiencia analítica. 2000. Ed. U.N.R. Rosario.

miércoles, 8 de octubre de 2008

:: El Giro de la Ética

JAVIER KELMAN
Durante nuestro año de trabajo en la experiencia del cartel investigamos y discutimos acerca del tema Ética del Psicoanálisis, propuesto por uno de los integrantes del grupo a la hora de conformar los equipos de trabajo.
Para poder dar cuenta de dicho tema, y de alguna ruta recorrida a lo largo de nuestro trabajo, tomaré tres ejes distintos. El primero, el nacimiento de la ética, el segundo, la ética en el discurso médico, para así entrar en el tercero, la ética en el psicoanálisis.

¿Qué es la ética?

Ética es una palabra que habita la jerga común, y que cotidianamente la usamos sin tal vez reparar en la referencia que ella implica, su historia, su pasado y presente, etc.
Ética deriva del griego de la palabra “costumbre”, y debido a esto comúnmente se toma la ética como una especie de doctrina de las costumbres dentro de círculos empiristas. Aristóteles, a quien ya examinaremos con mayor profundidad, hace la distinción con esta doctrina para tomar lo ético en un sentido mas adjetivo: saber si una acción tiene carácter de ética o no. Luego de Aristóteles la ética se ha convertido cada vez más en una ciencia que se ocupa de los objetos morales, filosofía moral, justamente por estar muy contigua al término de la moral, con el cual muchas veces se lo confunde.
La historia de la ética comenzó de modo formalizado recién con Aristóteles, aunque podemos atribuir desarrollos anteriores sobre el tema a algunas figuras prevalentes dentro de los presocráticos, sobre todo orientadas a descubrir las razones que implican que el hombre se comporte de cierta manera de acuerdo a su contexto o situación. Uno de los nombres que resuena si nos referimos a dichas reflexiones éticas en los presocráticos es el de Demócrito, quien al proponer la felicidad como el mayor bien se asemeja a lo que luego plantearía Aristóteles. Según Demócrito, la felicidad se logra a través de la moderación, la tranquilidad y la liberación de los miedos. Estas ideas entre otras cosas le valieron a Demócrito el apodo de “filósofo alegre”.
Las meditaciones de Sócrates y Platón al respecto de la ética aportan un nuevo rumbo: “al considerar el problema ético individual como el problema central filosófico, Sócrates pareció centrar toda reflexión filosófica en la ética. En un sentido parecido trabajó Platón en los primeros tiempos, antes de examinar la idea del Bien a la luz de la teoría de las ideas y, por consiguiente, antes de subordinar la ética a la metafísica”[1].
Al llegar a Aristóteles sí hay que hacer distinciones importantes. Fue Aristóteles quien por sus producciones otorgó a la ética un formalismo fundacional en tanto que disciplina filosófica, que no poseía con sus predecesores. En la “Ética a Nicómaco”[2] afirma al principio que toda acción humana se realiza en vistas a un fin, y el fin de la acción es el bien que se busca. El fin, por lo tanto, se identifica con el bien. La idea de que todo hombre busca la felicidad corresponde al fin último, al bien que se persigue por sí mismo (ya que los otros bienes se persiguen para alcanzar otro bien), bien al que apuntan todos los otros bienes. El camino de ética, la forma de alcanzar la felicidad es la virtud. Y si bien distingue entre virtudes intelectuales y morales, trabaja mayormente las virtudes morales o virtudes de carácter (ethos). Esta virtud moral es la que hace bueno al ser humano y le hace cumplir su actividad.
A lo largo de la Ética del Nicómaco, Aristóteles trabaja alrededor de otros temas en los distintos libros del tratado, tales como la voluntad, la fortaleza, la templanza, la amistad, la justicia y el placer.
Después de Aristóteles escuelas filosóficas como los Estoicos, los cínicos y los cirenaicos marcaron otro punto destacable en este recorrido sobre la ética. Existen dos rasgos que les fueron comunes a estas escuelas filosóficas: Por un lado, el de considerar la ética como ética de los bienes, estableciendo una jerarquía de bienes concretos a los que aspira el hombre; por otro lado, el segundo rasgo es el de buscar la tranquilidad de ánimo, que según los estoicos se halla en la impasibilidad, según los cínicos en el desprecio a las convenciones, y según lo epicúreos en el placer moderado (equilibro entre pasiones y satisfacciones)[3].
Con la llegada del profeta Pablo, y el advenimiento del cristianismo, las ideas sobre ética sufren modificaciones respecto de las ya expresadas. Se denotan dos aristas distintas en los pensadores cristianos con respecto a la ética. Por un lado fusionaron lo ético en lo religioso, y como consecuencia nació una tendencia a edificar el tipo de ética que luego se ha llamado teónoma, es decir, la idea de Dios como fundante de los principios de la moral. Pero por otro lado, rescataron muchas de las ideas sobre ética provenientes del pensamiento griego (fundamentalmente de Platón y la escuela Estoica). Por supuesto que para desembocar en lo que conocemos como ética cristiana, algunos valores de la ética griega tuvieron que ser abandonados (como el hedonismo) por presentar cierta incompatibilidad con la religión cristiana.
A partir del renacimiento se evidencia un resurgimiento en algunos puntos de la ética griega que habían sido o bien dejadas de lado durante la Edad Media, o bien profundamente atenuadas[4]. Tal es el caso del estoicismo, que al resurgir tuvieron influencia sobre filósofos de la talla de Descartes y Spinoza.

Ahora si, después de haber recorrido brevemente los comienzos de la ética, podemos pasar al segundo punto.

¿A qué apunta la ética en el discurso médico?

Claro está que al tomar este punto debo ante todo reconocer que por no ser médico, este capítulo expone sólo una opinión de un estudiante de psicología, y como tal, solo está basada en la lectura y no en la práctica cotidiana de la profesión médica. Seguramente un médico tiene más en claro de que se trata este capítulo sobre la ética.
Para poder pensar la ética desde adentro del discurso médico decidí remitirme al Juramento Hipocrático. Se trata del juramento que todos los graduados en medicina toman a modo de iniciación en su práctica profesional, y que a lo largo del tiempo ha sufrido modificaciones que tienen como fin adaptarlo a la época que se vive. Hipócrates es considerado por muchos como el padre de la medicina, quien ejerce el principal corte entre lo que podría llamarse el arte de curar, la clínica basada en la observación, y no la curación por la palabra mágica. Podemos decir que bajo su influencia y enseñanza es cuando se instituye la clínica médica como tal. La fecha exacta del juramento hipocrático no se conoce, pero las opiniones varían en que data de entre el siglo VI a V a.C. al I d.C. La versión renovada del juramento Hipocrático, establecida por la Declaración de Ginebra y adoptada por la W.M.A.[5] en su Asamblea General de 1948 y revisada en 1968 expone su mandamiento fundamental en que la salud de los pacientes es el primer objetivo. Podría reclamarse que el juramento hipocrático no es el único que existe en el mundo para quienes comienzan a ejercer la profesión médica. Es cierto, existen lugares en el planeta en donde se ha redactado un juramento propio. Tal es el caso por ejemplo de Israel. La Universidad Hebrea de Jerusalén confeccionó en 1952 un juramento propio basado en las enseñanzas de Maimónides, médico y pensador judío que vivió durante el siglo XII, quien fusionó el juramento hipocrático con la religión judía. Pero lo cierto es que si bien estos dos juramentos se basan en antecedentes diferentes, la idea de ética se mantiene inmutable. Podemos verlo en un pasaje del juramento para los médicos de Israel: “Permaneceréis día y noche como custodios al lado del hombre enfermo, siempre que sean necesarios”[6] (Entre otras cosas, la palabra “clínica” proviene, etimológicamente hablando, de Cliné, que se traduce como “lecho”, haciendo referencia al lecho del enfermo).
Llegamos a la conclusión, ayudados por estos juramentos, de que la ética médica se sostiene en un saber, y que provisto de ese saber, el médico va ser el responsable de acertar en el diagnóstico para poder determinar cuál será el tratamiento a seguir para alcanzar el reestablecimiento del paciente. Si el saber está del lado del médico, recae sobre su figura la responsabilidad de curar, apoyada en dicho saber, y siendo autorizado por poseerlo para ejercer su profesión (respaldado por la institución que corresponda y no sin antes pasar por el mencionado juramento).
Uno consulta con un médico esperando que éste recete determinado medicamento, prescriba cual fuera droga o diagnostique aquello que los que no poseemos ese saber nunca nos enteraríamos. Esta lógica médica, o forma de actuar del discurso médico nos propone una ecuación en donde todo cierra.
No es casual que cuando nos remitimos a un diccionario de lengua española, la palabra “clínica” remita a la clínica médica, y la explicación que se ofrezca sea entre otras: “Ejercicio práctico de la medicina relacionado con la observación directa del paciente y con su tratamiento”[7]. A partir de lo expuesto sobre la práctica médica y su ética es que ahora sí podemos deslizarnos para analizar la ética del Psicoanálisis y ofrecer puntos de comparación con la ética médica.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de ética dentro del Psicoanálisis?

Cuando hablamos de ética en Psicoanálisis tomamos tal vez uno de sus puntos más abarcativos. Para comenzar a teorizar un poco el tema de la ética del Psicoanálisis, nuestro Cartel decidió partir de dos fuentes teóricas, y ellas son los escritos sobre la técnica de Sigmund Freud y el Seminario 7 de Jaques Lacan “La Ética del psicoanálisis”, sin que esto implique que sean las únicas ni las más importantes, sino que fue nuestro punto de partida.
En los “Consejos al Médico sobre el Tratamiento Psicoanalítico” Freud nos expone las reglas técnicas fundamentales, a saber, la asociación libre y la atención flotante. En el mismo texto, explica cuál sería la tarea del analista, haciendo una analogía con un cirujano. Aquí es cuando el camino de la ética del Psicoanálisis empieza a despejarse y a la vez a separarse de la ética médica. No se trata de lograr que el paciente se cure, en absoluto, sino de abandonar el deseo de curar, el furor curandis, y suplantarlo por (podríamos decir) el deseo de analizar. Además cabe exigir del analista, como Freud lo expone, una frialdad de sentimientos, para poder evitar una tendencia afectiva peligrosísima: “la ambición de obtener, con su nuevo y tan atacado instrumento, un logro convincente para los demás”[8].
Si en el caso de la ética médica decíamos que es el saber el que autoriza al ejercicio de la práctica de dicha profesión respaldado por sus instituciones, en el Psicoanálisis no pasa lo mismo. Es, en Psicoanálisis, el mismo analista quien se autoriza en tanto analista (más allá de que sea casi una obligación colgar el título de la Universidad Nacional de Rosario o la que fuere en la pared del consultorio). Pero para esto es exigible que el mismo haya cursado su propio análisis, ya que es de un análisis de donde deviene un analista. Resulta inconcebible, imposible, hacerse la idea de un practicante de Psicoanálisis que no haya pasado por un proceso de análisis él mismo. En cuanto al rol del analista en el consultorio, en el mismo texto Freud explica: “El médico no debe ser transparente para el analizado, sino, como la luna de un espejo, mostrar sólo lo que le es mostrado”[9]. Esta luna del espejo, este mostrar sólo lo que le es mostrado, relanzar el deseo que le formula el analizante, hace a la posición del analista dentro de la cura. Cuando Jaques Lacan en su escrito “La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder” de los Escritos I, retrabaja este lugar que debe ocupar el analista durante la cura, le atribuye la función del muerto, tomando como referencia el juego del Bridge. Pero con este concepto del muerto no quiere decir que la posición ética del analista sea la de personificar a un muerto que no habla ni emite sonido alguno, sino que refiere a la posición que Freud asemejaba en su texto citado al espejo de la luna. Se refiere al deseo del analista, en donde su propio deseo como fulano de tal debe ser dejado de lado para poder trabajar relanzando el deseo del analizante. Otra forma de teorizar acerca de este lugar, deseo del analista, muerto en el Bridge, es desde el Seminario 7 “La Ética del Psicoanálisis”. Cuando Lacan trabaja la tragedia de Antígona, da un estatuto a dicho personaje de la tragedia de Sófocles, explicando que es sobre la misma Antígona donde quedan al margen el temor y la compasión, al momento de cubrir al cadáver de su hermano con una fina capa de polvo (y así ser condenada). Tales sentimientos, temor y compasión, son los que deben quedar por fuera de la figura del analista.
Pero vayamos un poco más allá. Cuando hablábamos párrafos atrás sobre la clínica médica, decíamos que se trataba del ejercicio práctico de la medicina relacionado con la observación directa del paciente y con su tratamiento, citando al Diccionario de la Real Academia Española. La clínica psicoanalítica, en cambio, se entiende de distinta manera. En Apertura de la Sección Clínica de Jaques Lacan puede leerse que la clínica (psicoanalítica) es el modo en que los psicoanalistas dan cuenta de su práctica. Entonces ¿por dónde pasa la posición ética dentro del psicoanálisis? No es muy difícil de entender si lo planteamos en este contexto. La ética del psicoanálisis no pasa por otro lugar que el de sostener la existencia de un Sujeto allí donde otros discursos lo anulan, lo forcluyen. El psicoanálisis trabaja para favorecer la emergencia del sujeto allí donde “la ciencia forcluye al Sujeto”[10], allí donde se acalla al deseo. Hablar de un saber de la medicina no es igual a referirse al saber del Psicoanálisis, ni se ubica dicho saber en el mismo lugar. En la medicina, para la observación de una patología x, se propone una solución, eliminando cualquier factor sorpresa que pueda presentarse, ignorando el saber que cada uno porta por el hecho de ser hablado por el Otro, de estar habitado por el deseo. En Psicoanálisis, decimos que la práctica es una práctica de discurso, y es en el marco de este discurso, en el marco de alguien que le habla a otro en Transferencia que aparece el inconciente, que emerge esta posición de Sujeto. De allí que el inconciente tenga estatuto ético y no óntico, ya que fuera del Psicoanálisis, fuera de ese lazo en donde uno le habla a otro en transferencia, no existe.
Si la pregunta ética por excelencia es “¿Qué hacemos cuando hacemos lo que hacemos?”[11], la respuesta dentro del psicoanálisis será: Trabajamos para propiciar la emergencia del sujeto mediante una práctica de discurso, situando al saber del lado de cada uno de los pacientes que demandan ser reconocidos como tales.

Es imposible dejar de tener en cuenta que aunque Freud titule a la serie de trabajos tomados, los “Escritos sobre la Técnica”, resulta imposible referirse a reglas técnicas rígidas dentro de un Psicoanálisis. Muchas veces los estudiantes de Psicología de la universidad pecamos de ingenuos quemándonos las pupilas de tanta lectura en busca de un manual de reglas técnicas para llevar adelante una sesión de psicoanálisis con un paciente. ¿Qué decir? ¿Qué no decir? ¿Cuando callar? ¿Cuando no callar? ¿Cuando dar por finalizada una sesión? y una serie de preguntas por el estilo que nunca encuentran respuesta (y menos mal que no la encuentran). Es probable que estas preguntas surjan por estar encuadradas dentro de la universidad, dentro de un tipo de lazo social que Lacan explica con el discurso universitario, cuando en realidad de lo que se trata en el Psicoanálisis es de propiciar el giro de discurso que permita situarse desde otra posición. Es decir, que todas estas preguntas ambiciosas en busca de un manual sobre como ser el mejor psicoanalista estarían favorecidas por un lazo social en donde el saber ocupa un lugar particular, que justamente no es aquel que ocupa dentro del Psicoanálisis. Por eso se dice que la Universidad es resistente a la enseñanza del Psicoanálisis o en las palabras de Freud: “El Psicoanálisis puede por su parte prescindir de la universidad sin menoscabo alguno para su formación. En efecto, la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene mediante el estudio de la bibliografía respectiva y, más concretamente, en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así como por el contacto personal con los miembros más antiguos y experimentados de estas”[12]. Por estar inmersos en la lógica universitaria, estamos buscando permanentemente la receta que nos diga cómo ser un buen psicoanalista, cuando tal receta no existe. De lo que se trata en realidad para poder entender la ética del Psicoanálisis, entre otras cosas, es de darse cuente de la no existencia de tales reglas, para por fin poder comprender esa frase que tanto repetimos sin a veces tomar dimensión de lo que implica: que el Psicoanálisis se reinventa cada vez, o en palabras freudianas: suspender todo saber ante todo caso nuevo. Si buscamos, si proponemos, si deseamos tener reglas rígidas que regulen un análisis, lo único que se logra es estandarizar la cura, o, dicho de otra forma, transformarla en algo que no sabemos que sería, pero de lo que si estamos seguros es que no se trataría de Psicoanálisis.







Bibliografía

Aristóteles, “Ética”, Ediciones Libertador 2003.

Apuntes de clase práctica de la cátedra de Clínica 1 “A”, Prof. Dra. Colovini, Facultad de Psicología, U.N.R.

Apuntes de clase, curso “La Dirección de la Cura”, Septiembre de 2008, Secretaría de Extensión Universitaria, Facultad de Psicología, U.N.R.

Donzis, Liliana: “Ética del Psicoanálisis”, presentación del 31 de Mayo de 1997 en la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Freud, Sigmund:
Consejos al Médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912), Obras Completas AE, Tomo XII
Puntualizaciones sobre el amor de Transferencia (1914/15), Obras Completas AE, Tomo XII
Sobre la Dinámica de la Transferencia (1912), Obras Completas, AE, Tomo XII.
Nuevos Caminos de la Terapia Psicoanalítica (1918/19), Obras Completas, AE, Tomo XVII
Construcciones en Análisis (1937), Obras Completas AE Tomo XXIII
¿Debe enseñarse el Psicoanálisis en la Universidad? (1918/19), Obras Completas, AE Tomo XVII.

Imbriano, Amelia Haydée: “Una ética para la enseñanza del psicoanálisis”, 18-04-2002 www.elsigma.com.ar

J. Ferrater Mora, “Diccionario de Filosofía”, Ariel Filosofía, 1941

Lacan, Jaques:
El Seminario de Jaques Lacan, Libro 7, “La Ética del Psicoanálisis” (1959 – 1960), Editorial Paidós décima reimpresión 2007.
La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder, “Escritos 1”.
Apertura de la Sección Clínica, 1977, publicado por la revista “Ornicar?”.
La Ciencia y la Verdad, Escritos I, 1965.
Psicoanálisis y Medicina, 1966, Intervenciones y Textos I, Manantial.

Marcos Aguinis, “La Gesta del Marrano”, Planeta Bolsillo 1996.

Rabito, Víctor, “Práctica Analítica” en “El Sujeto en la Experiencia Analítica”, U.N.R. Editorial, Febrero 2000.

www.colmed5.org.ar/Codigoetica/codigosetica2.htm, Web Site del Colegio de Médicos de Buenos Aires.
[1] J. Ferrater Mora, “Diccionario de Filosofía”, Ariel Filosofía, 1941, pág 1143.
[2] Su principal tratado sobre el tema, que algunos sostienen que lleva ese nombre por estar dedicado a su hijo que lleva el mismo nombre, mientras que otros lo niegan alegando que el nombre se debe a que Nicómaco fue quien compiló la obra aristotélica sobre la ética)
[3] Epicuro afirmó que es bueno todo lo que produce placer, pues el placer, según él, es el principio y el fin de una vida feliz. Pero para que el placer sea real debe ser moderado, controlado y racional.
[4] El renacimiento lleva dicho nombre por el renacer de la cultura greco romana.
[5] World Medical Asosiation, Asociación Médica Mundial.
[6] Extraído de una nota al pie de “La Gesta del Marrano”, Marcos Aguinis, Planeta Bolsillo, 1996, pág. 226.
[7] Diccionario de la Real Academia Española, www.rae.es
[8] Freud, Sigmund, “Consejos al Médico sobre el Tratamiento Psicoanalítico” (1912), Obras Completas, Ed. Amorrortu. Tomo XII, pág. 114.
[9] Ibídem, pág. 117.
[10] Lacan, Jaques, “La Ciencia y La Verdad”, Escritos I, 1965.
[11] Apuntes de clase, Clínica 1 “A”, Comisión Profesora Colovini. 27/5/08.
[12] Freud, Sigmund: “¿Debe enseñarse el Psicoanálisis en la Universidad?” (1918/19), Obras Completas, Ed. Amorrortu, Tomo XVII, pág 169.

:: La emergencia del Sujeto supuesto Saber.

FLORENCIA VARELA

En Clínica I “A”, la profesora Marité Colovini, nos propuso para el cursado de la materia componer un cartel. Ante esta propuesta se armaron grupos en torno a las temáticas del programa de la cátedra. Sin dejar de estar intrigados, y sentir incertidumbre frente a esta propuesta de la cual poco sabíamos.
Me pregunté entonces por el cartel, por qué era esto que se nos planteaba para hacer durante el año.
El cartel es un dispositivo que propone Lacan para la Escuela que funda después de la excomunión de la IPA, en el ’63. Lo propone para tratar de acotar los efectos de grupo y de poder. El cartel es el órgano base de la escuela.
Lacan piensa en el cartel porque, ya que en la Escuela se encuentran analistas, apareciendo así un colectivo de analistas que deben establecer un lazo, pero sin convertirse en masa, entonces propone un lazo asociativo, que llama comunidad de experiencia. Experiencia analítica. Nos dice en la Proposición del 9 de octubre de 1967 “instaurar entre sus miembros una comunidad de experiencia cuyo meollo está dado por la experiencia de los practicantes”. También comenta que el Cartel “posibilita a los analistas preguntarse lo que analíticamente significa su trabajo en calidad de trabajo común”.
“El cartel lo deriva del dispositivo analítico; en los dos operan los tres registros y se tiene como finalidad un producto, que es un efecto: el de haber tocado lo real en el “parletre” en las dos experiencias tanto de analizante como de cartelizante.”[1]
Plantea también que la manera de tener noticias del trabajo de un cartelizante es por la “exposición a cielo abierto”, un producto, un efecto del trabajo del dispositivo de cartel.
Me uní al cartel de “ética del psicoanálisis”, propuesto por un compañero ya que este tema me interesó de inmediato, por haberlo tratado en otras materias pero no de manera amplia. Tema que al mismo tiempo me despertaba muchas dudas por no encontrar definición fija, ni marcada sobre la ética a tener en cuenta en la práctica, por la falta de “instrucciones” y “pasos” que no se dan para poder realizarla. Práctica que en un tiempo creo, voy a enfrentar; y de la cual al acercarme a los años superiores de la carrera no conocía en profundidad.
Es entonces después de investigar, leer y adentrarnos en la temática elegida con el cartel, que pudimos colegir que no había “instrucciones” o “pasos” a seguir en un tratamiento. Que no nos íbamos a encontrar con algún escrito o texto donde se den al lector “pasos a seguir” si se los puede llamar así, para realizar una praxis como la del psicoanálisis.
Para empezar me gustaría introducir el término ética y su “par” la moral.
Puedo decir que la ética y la moral están íntimamente relacionadas pero que no son lo mismo, no pensamos en lo mismo al nombrarlas.
Según la enciclopedia Wikipedia, podemos decir de estos términos que: En el ámbito de la filosofía se considera a la ética como una de sus partes principales, es el conjunto de normas sugeridas por un filósofo, o proveniente de la religión, por ejemplo. En cambio la moral viene a designar el grado de acatamiento que los individuos dispensan a las normas éticas e imperantes en un grupo social determinado. Se puede afirmar, que a pesar de ser poco distinguibles, si las pensamos en la observación o la aplicación práctica, la norma ética será siempre teórica, en tanto que la moral será su aplicación práctica.
Puedo decir que la ética del psicoanálisis es diferente a las éticas de las otras prácticas, de otros discursos, un poco por lo que planteaba arriba de que no encontramos una definición de ella acotada, no se encuentran pasos a seguir, frente al quehacer de un analista en su práctica, sino “consejos” o propuestas (si asó se las puede llamar) dadas por Freud y Lacan, y también repetidas en toda la carrera en la facultad.
Lacan nos habla de muchas cosas en el seminario VII, abordajes todos para acercarnos a ella, para poder pensar, en la ética, en una práctica ética. Pero hay algo que si aparece continuamente, a lo largo de todo el seminario, el Bien.
¿Es un bien el que se hace al hacer lo que hace un analista?, al preguntarme esto inevitablemente me surge otra pregunta ¿qué hace un analista cuando hace lo que hace? Así me acerco directamente a preguntarme por la posición del analista en su praxis.
Elijo empezar por Freud, me pareció adecuado para comenzar a pensar que hacer cuando oficiamos de analistas. En su texto “sobre la iniciación del tratamiento”, de 1912, habla de “entrevistas preliminares” (así las llama Lacan, posteriormente), entrevistas previas a la entrada del análisis durante las cuales debe decidirse si el psicoanálisis es aplicable o no a un paciente. Que sirven para explicitar al paciente sobre tiempo y dinero que implicará el tratamiento.
“No interesa para nada con qué material se empiece -la biografía, el historial clínico o los recuerdos de infancia del paciente-, con tal que se deje al paciente mismo hacer su relato y escoger el punto de partida. Lo único que se exceptúa es la regla fundamental de la técnica psicoanalítica, que el paciente tiene que observar. Se lo familiariza con ella desde el principio. En un aspecto su relato tiene que diferenciarse de una conversación ordinaria. Mientras que en esta usted procura mantener el hilo de la trama mientras expone, y rechaza todas las ocurrencias perturbadoras y pensamientos colaterales, aquí debe proceder de otro modo. Usted observará que en el curso de su relato le acudirán pensamientos diversos que preferiría rechazar con ciertas objeciones críticas. Tendrá la tentación de decirse: esto o estotro no viene al caso, o no tiene ninguna importancia, o es disparatado y por ende no hace falta decirlo. Nunca ceda usted a esa crítica; dígalo a pesar de ella, y aun justamente por haber registrado una repugnancia a hacerlo.
Diga, pues, todo cuanto se le pase por la mente. Por último, no olvide nunca que ha prometido absoluta sinceridad, y nunca omita algo so pretexto de que por alguna razón le resulta desagradable comunicarlo”[2]
Freud explica en este fragmento que si bien no se trataba de análisis propiamente dicho, en este momento, el paciente debía someterse desde el inicio de estas a la regla fundamental del Psicoanálisis, regla de asociación libre.
La posición del analista en el dispositivo genera que se diga, el sólo hecho de estar ahí en ese momento genera en el futuro analizante que se diga algo, por mas que lo que se esta diciendo, no sea del todo sabido por éste. De entrada el analista le da la palabra quedando como hoja en blanco, como tabula rasa.
El análisis es ante todo una práctica de palabra dentro de un dispositivo que es un artificio capaz de hacer que esta palabra advenga[3].
Freud en “sobre la iniciación del tratamiento” se pregunta: Ahora bien, ¿mientras las comunicaciones y ocurrencias del paciente afluyan sin detención, no hay que tocar el tema de la transferencia? Es preciso aguardar para este, el más espinoso de todos los procedimientos, hasta que la transferencia haya devenido resistencia. Plantea a continuación la siguiente pregunta: ¿cuando debemos empezar a hacer comunicaciones al analizado? ¿Cuándo es oportuno revelarle el significado secreto de sus ocurrencias, iniciarlo en las premisas y procedimientos técnicos del análisis? [4]. A esto, Freud responde diciendo que no es posible que esto se haga antes de que se haya instalado en el paciente una transferencia operativa. Lo cual necesita de tiempo. Porque si esto se hace apresuradamente producirá un descrédito de sí mismo y de la causa. La comunicación prematura de una solución inmediatamente lleva al abandono de la cura.
Luego de esto, Freud se acerca al punto que me interesó desde el principio investigar, a la pregunta que me llevo a unirme en este cartel y no a otro. La cuestión del saber, la aparición en análisis del Sujeto supuesto Saber.
¿Qué es este Sujeto supuesto Saber?, ¿Quién ocupa este lugar, el analista o el analizado?
A continuación en este mismo texto, “La iniciación del tratamiento” Freud se pregunta sobre si está en los analistas la posibilidad de prolongar el tratamiento, ya que el paciente sufre a causa de su no saber.
Es verdad que los analistas muchas veces saben algo que el paciente no recuerda concientemente, saber que llegó al medico, por los padres del paciente, o allegados a éste. Pero afirma que decirle que es lo que el analizante no sabe, que él sí, no soluciona las cosas. Mucho menos acorta el tratamiento.
Lo principal para pensar en un análisis es que en estas entrevistas, el que va en busca de un análisis reconozca que su sufrimiento tiene una causa de la cual él no sabe nada.
De esto se desprende que, para que sea posible una entrada en análisis hace falta que haya una disposición (del que padece) a la transferencia, transferencia con el saber psicoanalítico; hace falta que se ligue al analista en tanto depositario de ese saber supuesto pero ignorado por el sujeto de la demanda. En consecuencia, la práctica de las entrevistas previas cobra importancia en la medida que constituyen un tiempo de prueba para constatar el establecimiento de la transferencia en la cura.
Es responsabilidad del analista durante este primer tiempo previo a la entrada en análisis evaluar que emerja una función indispensable para que se lleve a cabo un tratamiento, condición necesaria para el comienzo de un análisis. Es indispensable que se haya producido la instalación del Sujeto supuesto Saber; también es su función, ya que dirige la cura, producir, provocar, permitir el establecimiento de la transferencia, a partir de esa suposición de saber que se le asigna al analista.
Lacan nos dice, en su seminario XI, sobre “los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” que la transferencia es un fenómeno nodal del ser humano, descubierto antes de Freud[5]. En este seminario relaciona la transferencia con el Banquete, de Platón. En relación a esto nos dice que en lo que respecta a la acción del analista, debe ser como la posición que adopta Sócrates que jamás pretendió saber nada, a no ser lo que hay del Eros, es decir del deseo. Esto es según Lacan donde platón nos indica precisamente el lugar de la transferencia.
Desde que en alguna parte hay Sujeto supuesto Saber (S.s.S) hay transferencia. Con respecto a esto Lacan nos comenta que ningún analista puede representar un saber absoluto.
Es una función a encarnar, el analista mantiene este lugar por cuanto es el objeto de la transferencia. En el momento en que esto sucede la transferencia ya esta fundada. Se puede decir que es el fin de las entrevistas previas al análisis. Lo que resta a partir de este momento es poner en marcha la transferencia.
El analista no sabe nada del inconciente del analizante, pero debe encarnar esa función, de representar ese saber del cual el sujeto esta separado. Ya que como sabemos el sujeto esta divido entre Saber y Verdad[6]. Saber que no conoce y le supone al analista.
Se le supone saber pero también se le supone salir al encuentro del deseo inconsciente. Deseo, es el eje, el pivote, el mango, el martillo, gracias al cual se aplica el elemento-fuerza, la inercia, que hay detrás de lo que primero se formula, en el discurso del paciente, en demanda, a saber la transferencia. El eje, el punto común de esta doble hacha, es el deseo del analista, que aquí designo como una función esencial[7].
Deseo que no debe entenderse como deseo de cada analista en particular, sino de la postura que tiene que tomar el analista en tanto ejerce la función de Sujeto supuesto Saber. Deseo que debe abstenerse. No corresponde por su posición de analista proponer una solución, dar consejos, es acá donde se juega la abstención, que implica no satisfacer las demandas del paciente ni desempeñar los papeles que este tiende a imponerle. Se debe mantener ajeno a ese temor y compasión de los que Lacan nos habla en cuanto a Antigona[8]. Ella no los tiene, y el analista tampoco debe tenerlos en la situación transferencial, no solo para efectivizar la transferencia sino porque el analista es ajeno.
En el seminario VII, Lacan nos explica que la tragedia de Antigona permite teorizar lo que es el deseo puro, deseo de dejar de desear. Este deseo es deseo secundario, suspendido, deseo de sostener el deseo. Pero… ¿qué pasa con el deseo del analista? Este es un deseo impuro, deseo de nada.
En análisis debe tratarse de un solo sujeto, es necesario por lo tanto que el analista, se desprenda, se corra de su posición de sujeto, alejándose de su deseo, dando lugar así que aparezca el deseo de nada. El deseo del analista así, podría pensarse como representado por ese ponerse en el lugar de Sujeto supuesto Saber. Para dar lugar así a la emergencia del sujeto del inconsciente del analizado, único sujeto presente en un análisis.
Es necesario que el Sujeto supuesto Saber se encarne en el analista; porque es necesario que exista uno que se haya singularizado, separado de todos los demás por encarnar esta función, y desde ese momento es necesario también que esté el silencio constituyendo la posición del analista, posición de no gozar. De no ofrecer tampoco su saber, ni su imagen, sino su deseo, no se trata aquí de otra cosa.
Si el analista cree que lo que se le dice en sesión es dicho a él, puede cometer el error de responder como persona y cambiar así las cosas dentro del análisis, habiendo desde ese momento dos personas hablando, critica que hace Lacan a los post-freudianos, relación dual, que no debe aparecer si lo que queremos hacer es Psicoanálisis.
Después de dicho esto, puedo puntualizar en que si el deseo del analista es el deseo de curar que no debe acatarse, o sea la abstención de este deseo de curar, no es otra cosa que deseo de analizar.
Si se ignora esto, no hay Sujeto supuesto Saber, por lo tanto no hay transferencia, y menos podemos hablar de psicoanalisis. Ya que como nos dice R. Díaz Romero, en su libro “Transferencia y discurso” Psicoanálisis y transferencia son una y la misma cosa. Es indispensable para esto que sigamos a Freud y Lacan en cuanto a lo que ellos intentaron transmitir, que toda persona que quiera ejercer el análisis debe transitar por tres caminos indispensables: la formación teórica, el análisis personal y el análisis de control. No es de ninguna otra manera que logremos ser analistas que puedan realizar esto, ser en definitiva analistas y no cualquier otra cosa. Ser éticos en la práctica de un psicoanálisis.
[1] Luz Elena Gaviria. El Más Uno y el analizante. Presentado en “clínica y actualidad.blogspot.com”
[2] S. Freud. Sobre la iniciación del tratamiento. 1913. AE tomo XII.
[3] Marie-Magdeleine Chatel. El acto de puntuación o el tiempo del corte de las “sesiones cortas”. Pto. IV.
[4] S. Freud. Sobre la iniciación del tratamiento. 1913. AE tomo XII.
[5] J. Lacan. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanalisis. Seminario XI. Cap. XVIII.
[6] J. Lacan La ciencia y la verdad. Escritos 1.
[7] J. Lacan Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanalisis. Seminario XI. Cap. XVIII
[8] J. Lacan La ética del psicoanalisis. Seminario 7. Cap XIX.