sábado, 11 de octubre de 2008
::Algunas especificidades del psicoanálisis en lo público: clínica de la urgencia.
El psicoanálisis pensado en los efectores públicos de salud abre una serie de interrogantes, posicionamientos y discusiones, en fin, problemáticas, las cuales el presente escrito no pretende cerrar, pero si realizar el intento de contribuir a bordearlas, a los fines de producir conocimiento respecto de la temática.
Pensar en un hospital publico, implica situarse en un lugar en el cual se visibilizan una serie de atravesamientos. Es lugar por excelencia donde se despliega el saber medico, saber altamente ritualizado y protocolado en su practica, la cual esta marcada por el hacer, la medicina difícilmente plantee la posibilidad de no hacer nada ante un caso determinado. El saber medico implica un tipo de relación entre el medico y el paciente, sostenido en que el saber solo se encuentra del lado del medico. Para la medicina, los enfermos representan órganos de un sistema (el cuerpo biológico), que por algún motivo – ya sea exógeno o endógeno- comienzan a malograrse en su funciona, subsumiendo a l enfermo a la categoría de objeto de la intervención medica para restablecer el estado anterior a la patología, desubjetivando al paciente. La medicina necesariamente implica que los médicos realicen su trabajo desde ese presupuesto, cuestión que no debe juzgarse en términos morales, ya que estas características son intrínsecas a la labor medica.
El psicoanálisis no solamente le supone un saber al que sufre, sino que además –y fundamentalmente- se le supone un sujeto a ese saber. El psicoanálisis implica y se sostiene en este modo de vérsela s con el sufrimiento psíquico, esta divergencia respecto de la concepción del ser humano como sistema, con su estructura y funcionalidad biológica – visión que representa al cuerpo como sistema de órganos con determinada interacción funcional-, característica de la lógica medica, no implica que el psicoanalista en las instituciones de salud publica deba poner sus fuerzas en abolir la lógica medica (cuestión que seria bastante ridícula y carente de fundamento), pero si implica ser cuidadoso de no caer en la reproducción de la misma. Es necesario que el trabajo psicoanalítico en los efectores públicos ( y en esto no hay diferencia con el ámbito de lo privado) pueda dar cuenta de su especificidad y de su discordancia lógica y epistemológica con otras practicas.
La anterior reflexión nos demanda un interrogante ¿existen diferencias en la posición de un analista en el campo de lo publico y lo privado? El psicoanálisis no se sitúa frente a la clínica con universales, la clínica psicoanalítica esta marcada por lo imprevisible por la sorpresa, en este sentido, no hay pacientes, tratamientos ni estrategias clínicas que sean estandarizables. Como plantea Alejandro Manfred (psicólogo, psicoanalista rosarino, con desempeño en el ámbito de lo publico) en una entrevista realizada por el cartel del cual formo parte (y de cuyo trabajo se desprende este escrito) es bueno alejarse del termino dispositivo para referirse a la clínica psicoanalítica “….porque de este modo se corre el riesgo de que el psicoanálisis se transforme en una técnica que se aplica en todos los casos de la misma manera…”[1]. Esto implica pensar que lo que caracteriza al discurso psicoanalítico, no es toda la parafernalia imaginaria (incluido el diván y los portarretratos con fotografías del “viejo” y de Lacan), si no que lo fundamental es el modo de escucha y la suposición de un sujeto en el que habla. Esto es lo que constituye fundamentalmente la ética del psicoanálisis, la suposición de un sujeto, depositario de un saber respecto de su deseo.
En las instituciones es quizás donde mas se visibiliza que el psicoanálisis trabaja con sujeto forcluido por la ciencia moderna, ya que ahí donde la medicina se enfrenta con un cuerpo, en tanto orgánico, el psicoanálisis supone un sujeto. Esta caracterización de la divergencia lógica y epistemológica de la medicina respecto del psicoanálisis, no debe ser mas que una herramienta para poner a trabajar en las instituciones de salud pública, donde la presencia del discurso medico es preponderante. Este movimiento implica que como potenciales analistas, no imaginaricemos demasiado la relación con el discurso medico, ya que la diferencia es algo a poner atrabajar, sin que esto implique el borramiento de la tensión entre discursos, pero la erección de constructor imaginarios respecto de la representación de los médicos, puede terminar por convertirse en una barrera obturante que es necesario desmontar, sin dejar de marcar lo que éticamente corresponda cuando sea necesario
Es interesante abordar el tema de la practica analítica en el campo de la urgencia, donde las cuestiones ligadas a la ética, lo epistemológico (entendido como implicaciones lógicas de los diferentes discursos de la institución en cuestión), se profundizan y a la ves disuelven las posiciones extremistas al respecto. Es interesante lo situado por Alejandro Manfred, respecto de que las guardias de los hospitales son lugares “poco ideológicos”[2], esto no quiere decir que no se jueguen cuestiones ideológicas, si no que las practicas y las intervenciones no se realizan de forma dogmática y la relación con la medicina, no necesariamente se juegan desde ese lugar, contrariamente a lo que podría pensarse. En este sentido, en este sentido, el saber medico y su aplicación, mas precisamente la intervención medicamentosa, es un recurso y muchas veces permite la posibilidad de un trabajo analítico, manfred lo situó por entero preferible al estado de inhibición ante una situación que demande algún tipo de intervención: “… es preferible el medico que opera en aplicación de su saber (siempre y cuando no sea la intervención por la intervención misma) que aquel que se “abatata” y queda superado por la situación”[3]. Tampoco hay que perder de vista -y esto es señalado también por Manfred-[4] que los médicos generalmente están inhibidos en el acto de decidir no hacer y es ahí donde se presentan a veces, las intervenciones medicamentosas erróneas.
Es necesario tener en cuenta la intervención medicamentosa, en tanto recurso que a veces descomprime situaciones y permite trabajar, así lo plantea Mirta Kuperman: “el psicofármaco interviene acallando el órgano y devolviéndolo al cuerpo. Es en este silencio donde la palabra puede hacerse oír”[5], considerando que los cuadros mas frecuentes en la guardia de un hospital hoy son: intento de suicidio vía intoxicación por ingesta de medicamentos, cuadros de excitación psicomotriz, crisis de angustia.
Es relevante pensar en la dimensión de la temporalidad en la clínica de la urgencia, donde, existen divergencias. La urgencia para la medicina esta marcada por la prisa, por el aquí y ahora, lo cual no es ajeno al psicoanálisis en la practica hospitalaria, ya que también existen apremios temporales, pero en el caso de la clínica analítica, interesa la pausa que permita la interrogación, subjetivando al medico ubicado como engranaje en la maquina de curar y al paciente pensado como órgano enfermo. Esto no supone, o no debería suponer, que los analistas instalan un tiempo ligado a las especulaciones de tipo filosóficas en las guardias hospitalarias, si no que las intervenciones marcadas por el apremio no deben reproducir la lógica desubjetivante. En el marco de la urgencia, algo importante es la intervención, aunque la misma sea la decisión de no hacer nada, hay que tener en cuenta que el no hacer deliberado es también un acto.
El trabajo en los efectores públicos cuenta con estas riquezas que implican la relación con otros discursos: el de la medicina, el discurso político (ya sea reivindicativo social o conservador), etc. Esto implica pensar en los múltiples atravesamientos de la institución hospitalaria a los que se hacia mención con anterioridad. Trabajar desde el psicoanálisis en el campo de la salud mental en los hospitales, implica también el sostenimiento de la tarea con escasa o nula remuneración económica por parte del estado, pero a la ves es un espacio de formación incomparable que invita a sortear las dificultades edilicias, políticas, económicas que supone la institución en cuestión desde el lugar de la creatividad (sin que esto implique cubrir con un velo los déficit en las condiciones de ejercicio de nuestro trabajo), otorgando un la posibilidad de una profundizacion de los aspectos clónicos, teóricos y prácticos que revisten a la formación.
La intención de este trabajo ha sido pensar las potencialidades y dificultades de la práctica analítica en los efectores de salud publica, en el movimiento que implica la investigación de la temática se produce también, el debilitamiento de constructor imaginarios que en ocasiones resultan sumamente obturantes. Quedan abiertos
Interrogantes, cosas que no cierran, pero algo cobra mucha vigencia: el postulado de que el psicoanálisis se reinventa en cada caso, no es la aplicación de una teoría.
Bibliografía
-Autores varios, La Urgencia: el psicoanalista en la práctica hospitalaria., Bs. As., Vergara, 1984.
-Clavreul, Jean, El orden medico, Barcelona, argot. 1983.
- Autores varios, Revistas de psicoanálisis y el hospital. Bs. As.
[1] Manfred, Alejandro, comunicación personal con el autor.
[2] Manfred Alejandro, comunicación personal con el autor.
[3] Ibíd.
[4]Ibíd.
[5] Kuperman; Mirta, “Clorpromacina: Marca registrada para el sujeto”, La Urgencia: El psicoanalista en la practica hospitalaria, AAVV, Dreyzin, Aníbal, Bs. As., Ricardo Vergara Ed., s.f., pp. 125.
viernes, 10 de octubre de 2008
:: El psicoanálisis en una institución hospitalaria.
¿Puede pensarse una práctica psicoanalítica dentro de una institución hospitalaria?
Ya nos encontramos lejos de pensar que lo que garantiza una práctica psicoanalítica es cumplir con los requisitos técnicos que refieren a una determinada cantidad de sesiones semanales, que debían cumplir una duración establecida, donde el paciente se acostaba en un diván de un consultorio privado y pagaba por ser escuchado, Desde su fundación en 1942, la Asociación Psicoanalítica Argentina monopolizó los criterios de formación de los psicoanalistas y sólo cumpliendo una determinada cantidad de requisitos se obtenía la condición de poder ejercer el psicoanálisis. En la década del 60, esta hegemonía comienza a ser cuestionada, desde diferentes lugares y varios factores, entre ellos, por los recientes egresados de la carrera de Psicología, las primeras lecturas de Lacan y por el intento de compatibilizar el psicoanálisis y el marxismo. Todo esto llevó a pensarse el ejercicio de la práctica en nuevos ámbitos y nuevos modos de intervención desde el psicoanálisis.
La institución hospitalaria es generalmente pensada como un orden médico que aporta el saber, que se caracteriza por ser universalizante, aplicándose a todos los casos que reúnan ciertas características. El lenguaje no es necesario para encontrar respuestas a las preguntas que se hacen el médico y el paciente, porque más bien se basan en la evidencia, en lo que se observa y puede inscribirse en determinado campo de saber. En este orden, el paciente no tiene nada que decir sobre lo que le pasa. A diferencia de esto, el psicoanálisis postula que el nivel de verdad no es por fuera de lo que se dice dentro del lenguaje ordinario, no hay metalenguaje, “no se trata de perseguir la verdad por fuera de lo que es dicho y no se puede interpretar lo dicho sino en los términos en que fue dicho”[1].
Siendo así, ¿Cuál es la condición de posibilidad de la práctica del discurso que el psicoanálisis soporta para trabajar en un campo que no es de su especificidad? Primeramente que no sea rechazado por los otros discursos que juegan dentro de la institución.
El analista no puede retroceder ante todas las contradicciones que se despliegan cuando deja su consultorio porque no hay indicaciones o contraindicaciones para la cura analítica, porque no responde a un saber preestablecido. Para conocer acerca de la práctica psicoanalítica dentro de una institución hospitalaria, donde no nos encontramos con el consultorio privado y el paciente en un diván que puede asociar libremente, nos pareció oportuno hacer entrevistas con psicólogos que están trabajando en ese ámbito.
Nos contactamos con dos psicólogos que ejercen su profesión en diferentes hospitales generales públicos. Carla Gaido, en el Hospital Provincial de Rosario y Alejandro Manfred, que nos habló de su experiencia en Hospitales Generales y Centros de Salud en Rosario.
Intentaré abordar algunas cuestiones que fueron mencionadas en lo que conciernen a la clínica analítica en un hospital frente a la urgencia subjetiva. No pudiendo más que bordear algunos temas.
Hay dos elementos, según Manfred, que juegan para que el psicólogo actúe en la guardia, o al médico algo lo excede y llama a otro, o porque hay un trabajo ya instalado en la sala.
Carla Gaido es una psicóloga que está haciendo una Concurrencia en el Hospital Provincial. Ella forma parte del equipo de Urgencia Subjetiva del Hospital, que está conformado por una coordinadora, psicólogos concurrentes, pasantes y residentes de pregrado. Este equipo recibe interconsultas desde diferentes sectores del Hospital, por médicos o enfermeros. Esto significa que se logra instalar la pregunta por un paciente, o por un profesional desbordado, que no encuentra recursos desde su discurso para el abordaje de alguna situación. Había mencionado anteriormente como una condición de la práctica analítica no ser rechazada, es decir, que se cree demanda.
La demanda al equipo de Urgencia Subjetiva en este hospital, dice Carla, ha ido creciendo en los últimos años: “es un espacio ganado”. La demanda se fue creando a partir de la oferta que se produce desde el equipo de psicólogos mediante el recorrido por los distintos ámbitos, haciendo lazo con los otros profesionales, y de esta manera propiciando la transferencia. “Se pregunta por el nombre un paciente, qué es lo que este paciente quiere hacer, o qué hace, y de esta manera hay posibilidad de una puesta subjetiva, de poner palabra al órgano”, como dice Carla. La clínica psicoanalítica comienza en ese momento, en las manifestaciones de la transferencia. La transferencia ya viene dada desde la institución. Mediante este movimiento se apunta a que el médico o el enfermero se haga una pregunta, instale un interrogante acerca de lo que le pasa al paciente, o a ellos mismos en su práctica. Generalmente, cuenta Carla, que el paciente que molesta, que grita, que se mueve, o que no quiere recibir un tratamiento que mejoraría su condición de vida, siempre va a ser un pedido de interconsulta. En cambio, los que están en situación de inermidad no siempre son motivo de consulta. Por esto mismo también, es importante que el equipo de psicólogos se ocupe de propiciar lazos con los pacientes y con los médicos de los distintos ámbitos. Sobre todo en la guardia, donde los profesionales tienen mucho trabajo y se hacen muchas rotaciones.
Frente al límite propio del discurso médico, aparece la angustia de los médicos que se encuentran con un paciente que no quiere mejorar, que no quiere hacer los tratamientos indicados o que tienen síntomas que no responden a una causa orgánica. Encuentro con el cuerpo como sustancia gozante, que la medicina, instrumento de la ciencia, desconoce.
Lo que el discurso analítico aporta es la escucha, suponiendo allí, un sujeto que tiene algo que decir, algo que concierne a su deseo. Suponer que su sufrimiento tiene una causa, un sentido que a él se le escapa, lo cual implica relacionar sus síntomas con un saber no sabido. Este sujeto es excluido del discurso médico, que trata con un organismo y sus síntomas observables que pueden ser clasificados dentro de un saber preestablecido. De esta manera, lo subjetivo no tiene lugar. Desde el momento en que un equipo formado por analistas interviene, la dimensión del sujeto ya no puede ser olvidada. Porque como dice Marité Colovini “el sujeto es efecto del discurso psicoanalítico en el lazo transferencial.”. “Suponer un sujeto, es una tarea del analista. Es una posición del analista. Este sujeto que se supone es correlativo de pensar al inconsciente como un saber hablado, que se pone en juego cuando hablamos.”[2]
El cuerpo en la medicina y el cuerpo en psicoanálisis. La práctica psicoanalítica frente a una urgencia subjetiva.
El médico responde a la demanda de curación, refiriéndose a un cuerpo en extensión, recortando de esta manera todo lo que refiere al goce. Cuando el enfermo es remitido al médico, no espera de éste pura y simplemente la curación, poniendo muchas veces al médico a prueba, o demandando que lo autentifiquen como enfermo, o para que lo preserven en su enfermedad. Esto no es desconocido por el médico, pero no tiene lugar dentro de su práctica. Lacan advierte la existencia de la estructura de falla entre la demanda y el deseo. Va a introducir aquí la noción de la falla epistemo-somática, que es el efecto que tiene el progreso de la ciencia sobre la relación de la medicina con el cuerpo. Éste será aprehendido en su aspecto somático únicamente, un cuerpo en su registro purificado. Siendo así rechazado el cuerpo libidinal, superficie de inscripción del lenguaje, que ha perdido la relación inmediata con los objetos del mundo y que en su enfermedad es capaz de desafiar las leyes que rigen al organismo. Lacan advierte que aquí es donde interviene la teoría psicoanalítica, no por casualidad en el momento de la entrada en juego de la ciencia. La dimensión del goce del cuerpo, es excluida de la ciencia, y retorna obstaculizando el quehacer terapéutico del médico. Esto que es del orden de lo real, será retomado por el psicoanálisis.
Concebir el psicoanálisis como clínica de lo real, refiriéndonos a lo que no anda, implica que de ningún modo el analista podrá desentenderse de estos momentos de crisis en la vida de un sujeto, el que al no poder dar cuenta de su sufrimiento queda encerrado en el mayor mutismo, es impulsado a actos desesperados o es presa de la más cruel angustia. Algo del decir no se articula, el sujeto aparece fuera de discurso, fuera del lazo social, en un goce autista. Su goce es transferido a lo real. Dice Lacan que “el goce, en el sentido en que el cuerpo se experimenta, es siempre del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto (…) hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor, y es sólo a ese nivel del dolor que puede experimentarse toda una dimensión del organismo que de otro modo permanece velada.”[3] Hay algo de insoportable en ese padecer del sujeto.
¿Cómo interviene el analista? Siguiendo un poco lo que fue leído y trabajado en el cartel con respecto al abordaje de la urgencia subjetiva, desde lo expresado por los psicólogos entrevistados y desde el libro que trata sobre este tema[4], se puede partir de que el analista interroga a lo real, y esto produce efectos, partiendo de la condición de la existencia del inconsciente, posición ética, y del goce que este comporta. Para esto no hay receta, no hay stándars en la clínica, y tampoco en la urgencia, que es pura invención, creación, un desafío. En la urgencia el sujeto se confunde con el significante que lo constituye, de esta manera, hay borramiento del sujeto en vez de su representación. Está sometido a la mortificación del significante, impidiendo el movimiento de representación que produzca una pérdida de goce. Algo del fantasma ha fallado, dejando al sujeto desnudo en su real.
La intervención del analista, ante todo es no retroceder, es poner el cuerpo, ser el blanco del paciente que está perdido y sin noción de salida. Se intenta dar lugar a la palabra como posibilidad de metabolizar ese goce, reduciendo el exceso de sentido que conlleva, y en busca de la construcción de un nuevo sentido, un recurso simbólico con el cual el sujeto pueda significar algo de lo que le pasa. Se trata de prestar la escucha al relato del paciente, se espera la reinscripción en la cadena significante, que cree lazo mediante el discurso, y así se pueda instalar algo del orden de la demanda. Cuando ésta se instala, se produce la anulación del goce, intercambiando goce por significante, lo que implicaría una salida de la urgencia, posibilitando creación de síntoma analítico.
El tiempo en la urgencia no es más que el de las palabras. Parar, pensar, hablar. Se trata de dar lugar al tiempo para comprender.
Siguiendo con el tema de la intervención, Manfred nos comenta que “los sistemas de guardia son poco ideológicos, por así decir, siempre que haya una vía de acción posible y eso descomprime, se acepta”. La guardia es muy restrictiva a lo que se puede remitir del orden del acto. A veces el discurso médico es que algo hay que hacer porque algo hay que hacer y punto, pero esto no sería acto, sino la negación del acto. A veces el acto es decidir no hacer algo. El psicoanálisis, sería un discurso adecuado porque piensa al acto como fenómeno de intervención. “La urgencia es un espacio creativo, de invención, donde se cuestiona la idea de dispositivo, éste hace más obstáculo que otra cosa. Más bien es un tipo de abordaje que se arma en cada situación, y es fundamental que haya más de un profesional.”
Pero, en general, según Manfred, “hay un buen encuentro con la medicina hoy en día, muchas veces el médico sabe que hay que esperar a ver si aparece algo.” Como paréntesis cabe aclarar que el concepto de Urgencia es de categoría institucional, y es decisión de la red simbólica que recibe a los sujetos, y se termina cuando se logra establecer al paciente. Y la Crisis es de categoría clínica con respecto a la subjetividad, que puede no coincidir con la urgencia. Volviendo a la pregunta con la que comienzo el escrito, en Rosario, más allá de algunas resistencias, en un hospital se generaron condiciones. Es un trabajo que parte de los psicoanalistas. Se puede apostar sobre esto, trabajar desde la interdiscursividad, desde la diferencia. Dice Clavreul, “El psicoanálisis no pretende colmar con su saber las ignorancias de la medicina, como si fueran fortuitas. No son ignorancias, son desconocimientos, olvidos a propósito, es decir son sistemáticas y estructurantes en la construcción del discurso médico”[5] es decir, hay obstáculos epistemológicos que señalan los límites del saber y poder médicos, pero como también los del discurso psicoanalítico.
Bibliografía:
Autores varios. El psicoanalista en la práctica hospitalaria. Buenos Aires. Editorial Vergara. 1984.
Ruiz, Alejandro. No retroceder frente a la urgencia. Paraná. 2004.
Clavreul, Jean. El orden médico. Editorial Argot. Barcelona. 1983.
Lacan, Jacques. Intervenciones y Textos. Psicoanálisis y medicina. Editorial Manantial. Buenos Aires. 1991
Pujó, Mario E. El remedio o la enfermedad. Publicado en Poubellication Lacaneana Nº 4. Laberintos Editorial, Buenos Aires, 1993.
Borinsky, Marcela. Los psicoanalistas en el hospital. Rev. Psicoanálisis y hospital. Nº 4. 1993
Colovini, Marité. Seminario: “Tiempos y cuestiones de la dirección de la cura”. 2008.
Colovini, Marité. “Entre necesidad y contingencia: la interconsulta” 2008
[1] Marité Colovini, Seminario: “Tiempos y cuestiones de la dirección de la cura”.
[2] Marité Colovini. “Seminario: Tiempos y cuestiones de la dirección de la cura”
[3] Jacques Lacan. Intervenciones y Textos. Psicoanálisis y medicina. Editorial Manantial. Buenos Aires. 1991.
[4] Grupo de Investigación y Asistencia sobre la Urgencia. El psicoanalista en la práctica hospitalaria. Ediciones Ricardo Vergara. Buenos Aires. 1984.
[5] Jean Clavreul. El orden médico. Editorial Argot. Barcelona 1983.
jueves, 9 de octubre de 2008
::El Hospital: un lugar para la clínica psicoanalítica
Psicoanálisis en Instituciones fue el tema al cual nos abocamos con el grupo de trabajo. La tensión entre discurso psicoanalítico y discurso médico nos interesó sobremanera, sin embargo desde los primeros encuentros lo que con mayor fuerza nos movilizó, despertando nuestra curiosidad fue el psicoanalista en la práctica hospitalaria orientada en la urgencia y las posibles estrategias del mismo para abordarla.
Después de haber realizado con el grupo un recorrido por las diferentes cuestiones que atañen a la práctica del psicoanálisis en el marco institucional, decidí focalizarme en la interconsulta como condición de posibilidad de dicho discurso en la institución hospitalaria, teniendo en cuenta el lugar del psicoanálisis y la posición del analista en la misma.
Creo necesario explicar que muchas de las reflexiones que aparecen en este trabajo fueron obtenidas de dos entrevistas realizadas a nivel grupal, a psicólogos que trabajan con el discurso psicoanalítico en Instituciones públicas hospitalarias.
En principio podríamos decir que la práctica del psicoanálisis no es posible en todos lados. Frente una institución, tenemos que preguntarnos acerca de su condición de posibilidad. Como instituciones hay muchas, yo me pregunto ¿Cuáles son las condiciones que hacen posible la práctica del psicoanálisis en el Hospital?
Se podría pensar –debido al discurso imperante en dicha institución- que no hay un lugar preestablecido para los psicoanalistas en los hospitales. De manera que lo que va a ponerse en juego, es el modo en que cada practicante del psicoanálisis construye, inventa, su lugar en el hospital. Podríamos decir entonces, que el psicoanálisis no toma lugar en la institución como una especialidad más, sino que, por el contrario, se introduce en ella como en menos, perforando la institución, volviéndola no-toda, no todo-saber, no todo-poder, no toda-respuesta.
La posibilidad de que analistas hoy puedan habitar estos espacios institucionales, con cierta naturalidad, esta íntimamente ligada a un esfuerzo consistente en fomentar lazos con otros discursos, dominantes desde antaño en el contexto institucional. Esfuerzo que hoy se puede traducir en un “espacio ganado”[1]. Sin embargo a pesar de éste, la resistencia institucional aparece siempre, en mayor o menor medida, fundamentalmente de parte del equipo médico. También hay que considerar que varía de un profesional a otro, ya que tiene que ver con una cuestión transferencial. Cuando el equipo de psicólogos reduce las visitas semanales por los diferentes ámbitos, para propiciar lazo con los médicos, para preguntar sobre los pacientes, en resumidas cuentas, para ver como “anda la cosa”, el pedido de interconsulta disminuye. Esto nos da razones para sostener la idea de que la práctica de la interconsulta es un trabajo propiciado en principio por los analistas.
Por lo tanto, podemos decir que una de las herramientas con las que cuenta el psicoanalista para hacerse un lugar en la institución es la interconsulta.
Ésta aparece como una práctica privilegiada para el analista, en principio, porque entiendo que la interconsulta constituye una de las condiciones que hacen posible la practicabilidad del discurso psicoanalítico en una Institución Hospitalaria. Con esto quiero decir que si no fuera por la creciente demanda de los médicos que realizan el pedido de interconsulta al equipo de analistas, el quehacer de estos no sería posible en dicha institución, o por lo menos, su posibilidad de habitar este espacio sería mucho más dificultosa.
Esta práctica, instituye un espacio que denuncia, de alguna manera, las carencias de un discurso y al mismo tiempo la posibilidad de despliegue de otro.
Las carencias del discurso médico, en la medida en que no admite la existencia de la dimensión gozante del cuerpo, a lo cual hay que agregarle que tampoco tiene porqué hacerlo. Aquí es donde se puede reconocer lo que Lacan plantea como la falla espistemo-somática[2], la cual se pone en marcha siempre que se tome del cuerpo solo su dimensión somática u orgánica, rechazando la dimensión gozante del cuerpo. Ya que un cuerpo, dice Lacan, es algo que está hecho para gozar, gozar de si mismo.
Por lo tanto, decir que el psicoanálisis no tiene nada que ver con el cuerpo, es un mito. La dicotomía cartesiana del pensamiento y la extensión, ya no puede ser pensada, tenemos pruebas suficientes para no caer en este reduccionismo. Freud con su teorización de la pulsión, como concepto límite entre lo psíquico y lo somático nos da la posibilidad de poder pensar el cuerpo como sinónimo de subjetividad, cuerpo como manifestación subjetiva, cuerpo erógeno y pulsional.
La práctica de la interconsulta, permite al discurso psicoanalítico -a pesar de que no se sabe nada sobre el goce (y en ello radica su carencia)- hacer algo con él, ponerle un coto, bordearlo, y de esta forma instaurar una posible práctica.
En este sentido podemos decir que hay necesariedad del discurso psicoanalítico en la institución Hospitalaria.
Si bien “la interconsulta es ya un dispositivo propio de la práctica hospitalaria”[3]
-donde se produce el encuentro del saber-hacer de las diversas especialidades médicas-, la interconsulta con psicólogos, se lleva a cabo en virtud de un permanente trabajo que parte del equipo de analistas, es decir, que viene desde su lugar, para luego generar las condiciones para que se instale una pregunta por parte del equipo médico y de enfermería. Pregunta que se va a transformar en pedido. A partir de aquí, el equipo interdisciplinario se arma. Se produce el encuentro -o los encuentros necesarios- entre el equipo de psicología del hospital y la persona que solicitó el pedido. Luego, la pregunta es quién se habilita de los profesionales “psi” para trabajar con el caso.
Marite Colovini plantea que “La práctica de la interconsulta nos sitúa frente a la dificultad de encontrarnos con diferentes voces, demandas heterogéneas, discursos que responden a éticas contrapuestas”[4], frente a esto, se hace necesario el armado de un equipo que pueda responder a la complejidad inherente a dicha práctica.
De esta manera, el trabajo en equipo resulta ineludible. Es lo que de alguna manera va a permitir el armado de una estrategia, que permita delimitar una direccionalidad en el trabajo, en ese caso en particular. Así el equipo funciona como sostén para el analista, frente a las diferentes circunstancias que se le van presentando, que de otro modo –es decir, en soledad- tal vez no podría producir ese movimiento necesario y eficaz de tomar distancia de la situación, hacer una pausa en el tiempo, reflexionar, situar todos los factores intervinientes en la misma, para luego volver a tener un acercamiento, pero ya con la tranquilidad de una respuesta que provoque movimientos, tanto a nivel subjetivo como institucional.
Podríamos decir que además de este cruce de los diferentes discursos, inherente a la práctica de la interconsulta, nos encontramos también con la posibilidad de que el discurso psicoanalítico encauce la mirada sobre sí mismo, reflexione sobre su práctica, se interrogue, favoreciendo a que se instale lo que Marité Colovini plantea como pregunta ética por excelencia: ¿Qué hacemos cuando hacemos lo que hacemos?[5], pregunta que lleva a cada sujeto a involucrarse y comprometerse en lo que hace.
Los efectos de la práctica de interconsulta son de dos tipos: propiciar ciertos movimientos a nivel subjetivo que posibilitarán la mejora del paciente en su paso por el Hospital, o la continuación de un tratamiento –comienzo de un análisis propiamente dicho- en consultorio externo.
En “Intervenciones y textos”, Lacan dice que “el lugar del psicoanálisis en la medicina es marginal, extraterritorial, es marginal debido a la posición de la medicina respecto al psicoanálisis, al que admite como una suerte de ayuda externa”
Podríamos decir que la medicina frente a sus imposibilidades recurre al psicoanálisis, como ayuda externa, derivando a aquellos pacientes que no pueden ser clasificados dentro de un saber establecido y escapan a su afán universalizante.
Pero ¿imposibilidades de qué tipo? Imposibilidades relacionadas con su saber. El médico tiene un saber sobre el cuerpo en su dimensión orgánica pero ignora su dimensión gozante. Por lo tanto es un saber más bien objetivo y universalizante.
Además, en la relación entre el médico y el “enfermo”, éste ultimo se presenta como el que “no sabe” ante aquel que es el representante y funcionario del saber.
En cambio con el analista, nos encontramos con que el saber no está de su lado, aunque en algún momento, éste encarne el papel de “sujeto supuesto saber” -suposición que parte del analizante para dirigirlo al analista-, esto no significa que así sea. El saber se construye en cada encuentro. La verdad y el saber están del lado del paciente, por eso mismo se lo invita a hablar.
En lo que respecta a la posición del analista, sabemos es la misma en cualquier espacio, lo que quiero decir es que no existe una especificidad del psicoanálisis en la institución hospitalaria, no existe “el” analista y mucho menos el analista “del” Hospital. No hay especificidad, más bien postulados teóricos que marcan su práctica y definen una ética que los comanda. Lacan dice que el psicoanálisis se reinventa cada vez, que siempre es el caso por caso, y que además debe actuar en base a una posición inquebrantable, la de suponer un sujeto –sujeto del inconciente, sujeto deseante- allí donde el discurso médico supone un organismo, un objeto.
“La apuesta es ir a subjetivar”[6], promoviendo la emergencia del sujeto mediante el acto de la palabra. Lacan dice que “el analista comienza por explicar que están allí, los pacientes, para decir algo, sea lo que fuere”, ya que es en el movimiento discursivo que el sujeto del inconsciente se efectúa. Haciendo posible que otro tiempo lógico -extraño al institucional- sea respetado, el tiempo subjetivo.
Por otro lado, el analista debe ser cauteloso, no anticiparse, no sacar conclusiones apresuradas, Freud le aconsejaba suspender todo saber previo ante cada analizante. Y Lacan lo sigue en esto cuando afirma que “lo que el analista debe saber es ignorar lo que sabe”. Esto es porque no se puede al mismo tiempo teorizar y escuchar, porque de esta forma la práctica -el acto analítico en sí mismo- queda obstaculizada.
Ahora bien, la particularidad con la que debe enfrentarse el analista en el marco de la institución hospitalaria, es la manera en que se presentan los pacientes y en relación a la regla fundamental que postula Freud, ya que no podemos pretender que el paciente asocie libremente, por lo menos durante su estadía en la institución.
¿Cómo llegan los pacientes? Hay infinidad de formas por las cuales un sujeto puede “caer” en manos de un hospital, y cuando digo caer, me refiero que no le quedó otra. De entrada, no hay demanda de análisis. El trabajo del analista allí será entonces el de crear, mediante una oferta de escucha, la demanda, como nos dice Lacan. Así la misma es el efecto que se puede producir del encuentro de un paciente -aún traído- con un analista, que opera con el paradigma de que allí hay un sujeto. Donde queda claro que la acción de la escucha es la condición de la palabra.
Por todo esto, se puede decir que el psicoanálisis en el quehacer Hospitalario, constituye una práctica que requiere ser considerada como clínica.
Referencias Bibliográficas
· Entrevistas realizadas a: GAIDO, CARLA, Ps., y MAMFRED Alejandro Ps.
· AUTORES VARIOS-“El Psicoanalista en la Práctica Hospitalaria”-1ª ed., Bs. As., Vergara-1984.
· COLOVINI, Marité-“Tiempos y cuestiones de la dirección de la cura”-seminario.
· COLOVINI, Marité-“Entre necesidad y contingencia: la interconsulta”.
· LACAN, Jacques-“Intervenciones y Textos”, Psicoanálisis y Medicina-ed. Manantial-1966.
· GARCÍA BARTHE, Mónica-“La ética en la formación del profesional de salud mental”, Rev. Psicoanálisis y el Hospital Nº 12.
· HOLVOET, Dominique-“El psicoanálisis que falta en la institución”, Rev. Psicoanálisis y el Hospital Nº 10.
· AUTORES VARIOS-“La emergencia en la urgencia”, Rev. Psicoanálisis y el Hospital.
· AUTORES VARIOS- Revistas Psicoanálisis y el Hospital Nº 1 y 2 (1992), Nº 3 y 4 (1993), Nº 5 (1994).
[1] Frase extraída de una entrevista realizada a psicóloga que trabaja en una institución hospitalaria de la ciudad de Rosario.
[2] Jacques Lacan, “intervenciones y textos” -1966-
[3] Colovini Marité, “Entre necesidad y contingencia: la interconsulta”
[4] Colovini Marité, Ídem.
[5] Colovini Marité, “Tiempos y cuestiones en la dirección de la cura”
[6] Entrevista realizada a Psicóloga que trabaja en una institución hospitalaria.