JUAN MANUEL CABELLO
El preludio de este trabajo se halla en el dispositivo del cartel, dispositivo análogo a la clínica psicoanalítica, el cual se asentó en torno a la transferencia. Arribé a la equivocidad de la fórmula Sujeto supuesto Saber mediante los horizontes teóricos que despertó el trabajo en el cartel ya que llegó a conmover los recorridos ya transitados por el tema de la transferencia y fue catalizador de nuevas preguntas. En el trabajo del cartel surgieron discusiones, comentarios, lecturas en conjunto y críticas de textos. Y al momento de elaborar un producto singular surgió, a modo de un motivo musical in crescendo cifrado asimismo como pregunta, la cuestión de analizar la fórmula del Sujeto supuesto Saber en su dimensión de equívoco.
En perspectiva, para hacer un análisis, comienzo por recobrar el modo en que me asedió el problema: ¿Acaso la formulación del Sujeto supuesto Saber acoplada por Lacan entraña la equivocidad? ¿Quizás la articulación que fue sufriendo en el transcurso de la enseñanza de Lacan? ¿Tal vez su forma gramatical? ¿Puede ser la traducción al castellano o las interpretaciones que fue invistiendo? Partiré por rastrear, en el trayecto de la enseñanza lacaniana, las coordenadas dónde enuncia Lacan la fórmula y que difracciones podría provocar, desde el sentido que se le otorgue, en la práctica analítica.
En las primeras clases del seminario “La identificación” (1961) Lacan incorpora la fórmula del sujeto supuesto saber en puente con el cogito de Descartes e inclusive como marca de prejuicio filosófico; esto desbroza una senda que no se cruza aún con la transferencia. En la clase del 15 de Noviembre ensambla la noción, dice: “Puntualizado esto, nos encontramos con que se vuelve a hallar esto, que es importante, nos encontramos con que se vuelve a hallar ese nivel, ese tercer término que hemos puesto de relieve a propósito del yo miento, a saber, que se pueda decir: *yo sé que pienso*, y esto merece completamente *retenerlos*. En efecto, ahí está precisamente el soporte de todo lo que cierta fenomenología ha desarrollado en lo que concierne al sujeto. Y aquí traigo una fórmula que es aquella sobre la cual nos veremos llevados a retomar las próximas veces, es la siguiente: Lo que es nuestro asunto, y cómo nos es dado eso, puesto que somos psicoanalistas, es que debemos subvertir radicalmente, volver imposible, este prejuicio, el más radical...y, entonces, es el prejuicio que es el verdadero soporte de todo ese desarrollo de la filosofía, del que podemos decir que es el límite más allá del cual nuestra experiencia ha pasado, el límite más allá del cual comienza la posibilidad del *inconsciente*... es que jamás ha habido, en el linaje filosófico que se ha desarrollado a partir de las investigaciones cartesianas llamadas del cogito, que jamás ha habido más que un único sujeto, que destacaré, para terminar, bajo esta forma: el sujeto supuesto saber.”[1]
Esta formulación, que traza Lacan no sin ironía, interpela al psicoanalista a “subvertir radicalmente” el sujeto supuesto saber enmarcado dentro de la tradición inaugurada por Descartes. Y sostiene que el atravesamiento de este prejuicio, de esta frontera, es la apertura del inconsciente. Sin embargo se suele remarcar que en la entrada a un análisis sobreviene la instalación de la transferencia sólo cuando el potencial analizante le supone saber al analista y que acontecido esto queda abierta la vía interpretativa como función del analista. Acaso esta vía interpretativa esté avalada por el poder sugestivo del discurso amo, lo cual solidifica la figura del analista en una idealización. Por lo tanto quisiera poner en cuestión esta certeza u espejismo que dista bastante de la formulación lacaniana del seminario “La identificación”. Es que el analista no preserva ningún don sobrenatural, ni esta ungido por un aura de exegeta del texto del analizante. El análisis planteado como si se tratara de una labor hermenéutica acabada y justa, el pase mágico que le revela al sujeto el significado secreto de sus ocurrencias, es una distorsión del mismo.
Si la entrada en el análisis acarreó previamente para el sujeto una conmoción del armazón que obtenía de su fantasma y la demanda es concebida por el sujeto mismo de la asociación libre (causa de la enunciación de la regla fundamental y su despliegue) es necesario aislar esa demanda y no colmarla. Freud sostenía que la aparición de los síntomas era aquello que posibilitaba el análisis, el síntoma es también un llamado dirigido al Otro pero para llegar a la instancia de constituir una demanda es necesario que los síntomas con que se presenta el sujeto articulen un enigma, inyecten en él una pregunta que como tal es fermento de una respuesta luego transferida al analista. En este pasaje lógico Lacan reconoció lo que llamó “la paradoja de la transferencia”, es decir, cuando la transferencia opera y es eficaz irrumpen sus efectos de sugestión.
El deseo del analista, como pasión de ignorancia, es el operador central que bloquea la demanda idealizante de amor que induce al sujeto hacia la identificación con el analista. El analista pasa a ser el “objeto a” separador, y el sujeto accede a la vertiente pulsional tomando una posición frente a su objeto.
Con este curso el análisis no apunta al amarre de las identificaciones y al efecto de sugestión productor de sentidos, efecto de la confusión entre el objeto y el Ideal, sino a la mutación subjetiva por el atravesamiento del fantasma que devela finalmente a la pulsión.
En el Seminario 17, "El reverso del psicoanálisis"[2], Lacan formula al discurso amo como el reverso del discurso del analista. El discurso amo contiene el dominio del significante amo ubicado en el lugar del agente, que sostiene la articulación significante y la emergencia de sentido, produciendo un efecto de sugestión por la acción del que toma la palabra sobre el otro (S1---S2). El objeto y el sujeto quedan en disyunción mediante la dirección de desconocimiento del fantasma que imprime el discurso.
Lacan en la Proposición del 9 de octubre de 1967 esgrime que “(…) la transferencia es por si sola objeción de la intersubjetividad”. Mario Bertteo Barberis marca que “Lacan en su momento llamaba con la palabra méprise[3], es decir "equivocación" o “escapismo” (ver pie de página), al único asidero (prise) de una relación que se establece entre dos, que de alguna manera se presenta como uno (un sujeto en cuestión: no hay intersubjetividad) y que refracta en una multiplicidad” [4]. Por esto propone que en lugar de intersubjetividad es intersignificancia (significancia que remite a la característica de engarce de los significantes para entrar en discurso) en tanto se produce esa combinación entre dos o más lalenguas. Por lo tanto lo que requiere el advenimiento del sujeto es la aparición de un significante sin-sentido, irreductible, que lo nombre como tal. A partir de ese significante que alguien emplaza en juego, surge lo que Lacan llama efecto de transferencia, que es el amor de transferencia.
Lacan en el seminario “La identificación” expone su definición axiomática del significante que representa al sujeto para otro significante pero la transferencia aún no esta enlazada al sujeto supuesto saber. Pasado el seminario sobre la angustia, Lacan retoma al final del seminario “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, en un giro que tiene como eje a Descartes, tal fórmula de un modo inédito, dice “¿Quien puede sentirse plenamente investido de este sujeto supuesto saber? No es la cuestión. La cuestión es en primer lugar, para cada sujeto, donde se ubica para dirigirse al sujeto supuesto saber. Cada vez que esta función puede ser encarnada, para cada sujeto, en alguien, quienquiera que sea, analista o no, resulta, de la definición que acabo de darles, resulta, digo, que la transferencia desde ese momento ya está fundada.”[5]
En "Observaciones sobre el amor de transferencia" [6](1914-1915) Freud apunta al fenómeno de enamoramiento dirigido al analista que es a la vez motor de la cura y resistencia. Por lo tanto la transferencia posee dos puntos medulares: la rememoración significante que posibilita la instalación del sujeto supuesto saber y el amor, que constituye la repetición de un acto. Freud advierte que, para no caer en la sugestión, la posición del analista ante la demanda de amor no debe ser otra que la abstinencia. Aún explicitando que este amor, artificio de la situación analítica, no deja de ser legítimamente un amor auténtico. También es la repetición en acto que aparece como ausencia de saber, como factor de resistencia. Es lo que Lacan denomina cierre del inconsciente que se presenta como momento de detención de la dialéctica analítica y la presentificación del modo en que el sujeto constituye sus objetos.
Desde el inicio la escucha está abocada a la telaraña significante, que el sujeto es conminado a secretar a partir del acceso a la regla fundamental; tejido donde ya se hallan los agujeros, aquellos espacios de detención en el que surge la presencia del analista. Freud sostiene que este detenimiento de la cadena asociativa es causa directa de una ocurrencia relativa a la persona del médico. El analista presentifica un objeto que no re-presenta nada, sustraído de mediación simbólica.
Pareciera que la regla de la asociación libre anida la metamorfosis en fallido. Quizás sea un artificio con estructura de paradoja ya que aquello que propicia y enuncia (todo cuanto se le ocurra sin omisión alguna y sin pretensión de coherencia “asociando libremente”), al poco trecho se desbarranca en lapsus, olvidos, expresiones equívocas…que hacen a una mostración[7] del inconsciente y a una experiencia fundamental del análisis.
Ahora bien, pareciera que también es una resistencia el forzamiento a comprender el S.s.S como instancia en la cual el psicoanalista es investido, por el paciente, con el saber y la verdad sobre su síntoma. Esta acepción del término de resistencia la retomo del comienzo de la enseñanza de Lacan cuando transpone la resistencia del lado del analista. Lacan renueva el sentido de la noción de resistencia para focalizarla en el analista en la "Presentación de la traducción francesa de las Memorias de Schreber" (1966) dice ("Intervenciones y Textos 2" [8]) "Ello puede dar una idea de la resistencia que oponen los psicoanalistas a la teoría de la que depende su propia formación.". Esto es, la resistencia del analista a la teoría psicoanalítica. El siguiente fragmento rubrica esta indicación (extraído de "El psicoanálisis y su enseñanza" pág. 420) y dice así: "...lo incompleto de la noción de estos constituyentes en el analista tiende en la medida de su amplitud a confundirse con el límite que el proceso del análisis no franqueará en el analizado."[9] La dirección de la cura, también, se ve eclipsada subrepticiamente por los conflictos inconcientes del analista y los intersticios velados de la teoría psicoanalítica.
La fórmula S.s.S. gramaticalmente también insufle cierta equivocidad que instaura una posición del sujeto en transferencia. El verbo “saber” puede entenderse como transitivo, activo, con un sujeto agente, lo que dota al saber de un complemento de objeto: el sujeto es supuesto saber algo, y la atención se dirige entonces hacia ese algo que es a saber. A la inversa, “saber” puede también entenderse como verbo intransitivo, sin complemento de objeto; deriva en la puesta en cuestión de la existencia de un sujeto supuesto al saber. Ésta fórmula bifronte implica la existencia de un sujeto dividido, latente en ese estado, pero que aún puede ser forjado por el acto analítico. La fórmula se presta de escenario criticando o al menos cuestionando aquello que a la vez autoriza. Lacan, en el trascurrir de su enseñanza, va virando su interpretación en función de está equivocidad.
Entonces el cuestionamiento no se refiere a esa función que encarna el analista de estar en el lugar de Otro (Otro constituido desde la dimensión semántica que ampara la transferencia) sino en identificarse con tal presunción del saber. Como instancia es condición del análisis, que la persona que llega, vierta su creencia de que la verdad sobre su padecer esta “oraculizada” en el analista. Pero lo nodal es que el analista advierta la estructura que subtiende a este acto del analizante. También debemos considerar que Lacan toma este acto como un error subjetivo, una ilusión por parte del sujeto, inmanente al hecho de que entró en el dispositivo analítico y de que ha sellado su “pacto inicial”[10]. Es decir, que este error subjetivo es soporte de la transferencia, y el pacto inicial se va renovando en cada intervención del analista que puja por precipitar el “supuesto del inconsciente” mostrado como un saber en acto. David Nasio detecta que el supuesto está "ya allí... como a la espera del acontecimiento".
Lo relevante o tal vez lo que toma un relevo en la situación analítica es la función del analista que de pasar a encarnar al objeto inducido por la transferencia, es decir, de ser lo que representa algo para alguien, tenderá a que el analizante forje “el signo de la falta de significante”. El analista es reclamado en ese lugar de falta (semblante de objeto a), si el S.s.S. fue aquello de lo que pendió el deseo del analizante concluye desplomándose. Y el analista cae como resto, puro objeto “a”, precipitado a causa del deseo del analizante.
En el discurso llamado "La equivocación del sujeto supuesto saber" enunciado en el Instituto Francés de Nápoles, el 14 de diciembre de 1967.[11] Lacan señala: “En efecto, la posición del psicoanalista está suspendida a una relación muy hiante…En la estructura de la equivocación del sujeto supuesto saber, el psicoanalista (pero ¿quién es y dónde está y cuándo está, agote usted la lira de las categorías, es decir, la indeterminación de su sujeto, el psicoanalista?), no obstante, debe encontrar la cereza de su acto y la hiancia que hace su ley.”
Lacan a través de su búsqueda y enseñanza intento dar cuenta de la constitución del sujeto. Y destacó que la estructura del significante se soporta en su pura diferencialidad: el significante vale por lo que no es, en la medida en que es lo que los otros no son. La positivización de esa negatividad, independiza al significante de cualquier sustancia, al tiempo que le confiere la curiosa materialidad de una estructura esencialmente localizada que sustenta su diferencialidad.
Si lo que está en juego en el significante es el plano de los efectos de sentido, y si la repetición de un mismo significante engendra sentidos diversos, el significante se evidencia diferente de sí mismo en el acto de su propia repetición. La propagación de las consecuencias de la negación del principio de identidad, desestabiliza cualquier posibilidad lógica de totalizar el conjunto de los significantes. El Otro está entonces barrado, ya sea por su incompletud (la falta de un significante que consumaría el universo de la significación), ya sea por su inconsistencia (cuando esa completud es asegurada por la inclusión de un elemento heterogéneo). Así, a partir de la estructura diferencial del significante se trata de cernir la constitución de un sujeto que no sabría identificarse a él, sino a condición de excluirse.
En la cadencia final de este escrito retomo el título original con el que Lacan anunció su Seminario sobre La transferencia: “La transferencia en su disparidad subjetiva, su presunta situación, sus excursiones técnicas”, este título habla de un trayecto que podría retornar en el abordaje del Sujeto supuesto Saber, es decir, rectificar la posición del S.s.S sobre ciertos vectores: que no hay intersubjetividad sino “imparidad subjetiva” en la situación analítica, a su vez tal situación como presunta en tanto “entramado ficcional” (la dimensión de engaño que sujetó el despliegue de la transferencia) y las excursiones técnicas ya que debemos emprender toda una escabrosa excursión teórica contorneando la noción del S.s.S. y en cada “posta teórica” debemos remitirnos a la experiencia psicoanalítica. Espero haber compuesto alguna obertura para tal obra en esta mínima excursión sobre la equivocidad del Sujeto supuesto Saber.
Referencias Bibliográficas
-Braunstein, Néstor “Constancia del psicoanálisis” Nestor A. Braunstein, Frida Saal, Pedro Oyervide Crespo, etc. Editorial Siglo XXI, 1996.
- Freud, Sigmund Tomo XII "Trabajos sobre técnica psicoanalítica", Editorial Amorrortu, 2004.
-Lacan, J. Seminario IX “La identificación” (1961-1962), inédito, traducción de Rodríguez Ponte para la Escuela Freudiana de Bs As.
-Lacan, J. Seminario XXIII (1975-76) “El sinthome”, Editorial Paidós, 2005.
-Lacan, J. Seminario XVII (1969-70) “El reverso del psicoanálisis”, Editorial Paidós, 2005.
-Lacan, J. Seminario XI “Cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, Editorial Paidós, 2005.
-Lacan, J. Seminario XXVII inédito "Dissolution” (1980).
-Lacan, J. “La equivocación del sujeto supuesto saber” En: VVAA. Momentos cruciales de la experiencia analítica, Editorial Manantial, Buenos Aires, 1987.
-Lacan, J. "La dirección de la cura y los principios de su poder" (1958), Escritos, Editorial Siglo XXI, Buenos Aires, 2005.
-Lacan, J. “Escritos I”, Editorial Siglo XXI, Buenos Aires, 2005.
-Miller, J.A. “Intervención en las Jornadas de estudios de la ECF 2006”. Trascripción y notas de C. Bonningue. Texto digital disponible en: www.elp-debates.com/e-textos/nuestroSsS-JAMiller.prn.pdf.
-Miller, J.A. “Entre semblante y real” expuesto en el Seminario hispano de Caracas en 1992.
-Nasio, Juan David “El sujeto-supuesto-saber”, en La voz y la interpretación, Editorial Nueva Visión.
-Nasio, Juan David “Topologería introducción a la topología de Jacques Lacan”, Editorial Amorrortu, 2007.
-Saal, Frida “Palabra de analista”, Editorial Siglo XXI, 1998.
[1] Lacan, J. Seminario IX “La identificación” 1961-1962, inédito, traducción de Rodríguez Ponte para la Escuela Freudiana de Bs As, clase del 15 de Noviembre.
[2] Lacan, J. Seminario XVII (1969-70) “El reverso del psicoanálisis”, Editorial Paidós, 2005.
[3] Miller (En el artículo “Entre semblante y real” expuesto en el Seminario hispano de Caracas en 1992) señala que la palabra equivocación no traduce de manera adecuada la palabra francesa "meprise". Dice que prise significa captura, toma, presa y meprise se refiere a lo que se escapa, a ese esfuerzo de captura, y que la mejor traducción es el escapismo del sujeto supuesto saber, lo que escapa al sujeto supuesto saber, el analista está determinado por algo que escapa, un punto de fuga. En la formación analítica la relación con el saber no es de captura, sino de imposibilidad de cernir todo, la imposibilidad de capturar todo saber, un agujero en el saber, hay una falla, un vacío sobre el que se asiente la posición del analista. Ello implica un punto de fuga. Es así que en el trayecto de formación se encuentra con el nombre del padre y el sujeto supuesto saber, que son dos maneras distintas de cubrir este vacío, la hiancia en la cual está suspendida la posición del analista.
[4] Mario Bertteo Barberis “La puerta de la equivocación” artículo publicado en http://mariobto.blogspot.com/2006/10/la-puerta-de-la-equivocacion.html.
[5] Lacan, J. Seminario XI “Cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, Editorial Paidós, 2005.
[6] Freud, Sigmund “Observaciones sobre el amor de transferencia", “Trabajos sobre técnica psicoanalítica”, Tomo XII, Editorial Amorrortu, 2004.
[7] “La introducción de la topología por Lacan en la década de 1960, en particular las elaboraciones recientes sobre los nudos, constituye, en mi opinión, una tentativa de aprehender lo real con recursos imaginarios y, más que imaginarios, fantasmáticos; recursos que llamare artificios topológicos. Esta manera de abordar la topología, que tiene más relación con el dibujo que con el cálculo, con la pizarra que con el papel, con la mostración que con la demostración , contraria la creencia según la cual hacer topología es, para los analistas, hacer ciencia. Para trazar una línea de demarcación entre la topología clásica y la nuestra habría que proceder como en el caso de la lingüística e inventar un nombre, por ejemplo: topologería” Nasio, J.D. “Topologería introducción a la topología de Jacques Lacan”, Editorial Amorrortu, 2007.
[8] Lacan, Jacques "Presentación de la traducción francesa de las Memorias de Schreber" págs. 31-32, (1986) en "Intervenciones y Textos 2".
[9] Lacan Jacques, "El psicoanálisis y su enseñanza" pág. 420, Escritos I, Editorial Siglo XXI, Bs. As. 2003.
[10] En “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” Lacan dice: “De hecho esa ilusión que nos empuja a buscar la realidad del sujeto más allá del muro del lenguaje es la misma por la cual el sujeto cree que su verdad está en nosotros ya dada, que nosotros la conocemos por adelantado, y es igualmente por eso por lo que está abierto a nuestra intervención objetivante. Sin duda no tiene que responder, por su parte, de ese error subjetivo que, confesado o no en su discurso, es inmanente al hecho de que entró en el análisis, y de que ha cerrado su pacto inicial. Y no puede descuidarse la subjetividad de este momento, tanto menos cuanto que encontramos en él la razón de lo que podríamos llamar los efectos constituyentes de la transferencia en cuanto que se distinguen por un índice de realidad de los efectos constituidos que les siguen.” Escritos I, Editorial Siglo XXI, 2003.
[11] Lacan, en 1967, año que inicia el Seminario del Acto Analítico, escribe la "Proposición" y en diciembre redacta un texto llamado "La equivocación del sujeto supuesto saber" en consonancia con la preocupación por la formación del analista. Lacan, J. “La equivocación del sujeto supuesto saber” En: VVAA. Momentos cruciales de la experiencia analítica, Editorial Manantial, Buenos Aires, 1987. p.32.
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lunes, 20 de octubre de 2008
:: LA TRANSFERENCIA
LARA VAZQUEZ
INTRODUCCIÓN
Al comienzo del año nuestra profesora de Clínica 1A, Marite Colovini, nos propuso trabajar a partir de un nuevo dispositivo, al menos para mí, el dispositivo del cartel. Es un dispositivo de origen lacaniano, en el cual operan los tres registros y tiene como finalidad un producto. Es un modo de trabajo de grupos de psicoanalistas. Para que funcione debe estar formado por un mínimo de tres y un máximo de cinco personas, por fuera del grupo debe haber un miembro que se denomina el Más Uno; tiene como función destrabar en momentos de estancamiento de producción en el cartel o interferir en el caso de haber algún conflicto operando de manera interpretativa y rescatando la subjetividad de cada integrante para que no se forme una masa y se conserve el grupo de trabajo.
La experiencia del cartel me resultó diferente a las formas habituales de cursar una materia curricular, es un dispositivo que permite interrogarse, profundizar sobre un tema, y leer los textos desde otra perspectiva y poder tomar una posición.
Para el tema del cartel elegimos la unidad temática 4: la transferencia.
Elegí este tema porque me parece que es un elemento distintivo del psicoanálisis con respecto a otras prácticas. Es un concepto clave, es el centro de la práctica analítica. Es un modo exclusivo de producción del psicoanálisis.
LA CURA ANALÍTICA REVELA LA TRANSFERENCIA
Freud utilizó por primera vez el término francés «transfert» [transferencia] en 1888, en su artículo sobre la histeria para el diccionario médico de Villaret: designó de ese modo el desplazamiento del síntoma histérico en el cuerpo. Pero es en Estudios sobre la histeria (1895) donde la transferencia (Übertragung), comparada a un falso enlace, adquiere la acepción que conserva hasta hoy: la de implicación del analista en el psicoanálisis de un sujeto.
Entonces “Estudios sobre la histeria”, de 1895, se podría decir que es el primer acercamiento de S. Freud al concepto de transferencia. El fracaso de J. Breuer en el tratamiento catártico que empleaba con una paciente joven conocida como Anna O, lleva a Freud a abandonar la hipnosis. La historia de esta paciente es uno de los mitos fundadores del psicoanálisis, es quien llama “cura de la chimenea” al tratamiento que se realizaba con las palabras.
Freud se da cuenta que las pacientes transferían sobre la persona del medico representaciones inconcientes: “el contenido del deseo aparecía primeramente en la conciencia de la enferma sin ningún recuerdo de estas instancias ambientales que hubieran hecho referirlo al pasado. Entonces el deseo presente, en función de la compulsión a asociar que dominaba en la conciencia, se ligaba a una persona que ocupaba legítimamente los pensamientos de la enferma; y , como resultado de esta unión inadecuada que yo denomino falsa conexión, se despertaba el mismo afecto que en otra época había impulsado a la paciente a rechazar este deseo prohibido”.
La transferencia era un caso particular de desplazamiento del afecto de una representación a otra, se consideraba como un fenómeno localizado y no formaba parte del tratamiento propiamente dicho.
Más tarde, en “el caso Dora”, Freud se pregunta que son las transferencias y responde que son reediciones, recreaciones de las mociones y fantasías que a medida que el análisis avanza se manifiestan concientes y que lo característico es la sustitución de una persona anterior por la persona del médico.
Se puede observar el carácter inevitable y automático de la transferencia. El analizante olvida que está en una situación analítica, en sesión, y deposita sobre la persona del médico los afectos que surgen con la asociación libre. Toda la serie de vivencias psíquicas anteriores son revividas, pero no como algo pasado, sino como un vínculo actual con el analista. Esta situación al analista le permita registrar las diversas figuras que puede encarnar para su analizante, desde ahí que le es posible realizar intervenciones.
En esta persona que emprende una cura se desarrolla una dinámica de la transferencia. En 1912 Freud plantea que si la necesidad de amor de alguien no esta satisfecha en la realidad es probable que las porciones de su libido, la susceptible de conciencia y la inconciente, puedan volcarse sobre la persona del médico. Esta investidura se anudará a uno de los clisés preexistentes: todo ser humano recibe en su infancia las condiciones de amor que establecerá y las pulsiones que satisfará y las metas que habrá de fijarse. Entonces se inserta al médico en series psíquicas que el analizante forma y responden a las imagos parentales vía regresión; pero la dinámica es actual.
Freud distingue la transferencia positiva y la transferencia negativa. Realizó esta distinción cuando comprobó que la transferencia podría ser el arma más poderosa de la resistencia al tratamiento.
La transferencia positiva se compone de sentimientos amistosos o tiernos que son susceptibles de conciencia, y la de sus prosecuciones en lo inconciente. El análisis demuestra que son de fuente erótica. La transferencia negativa concierne a la agresividad hacia el analista, a la desconfianza. La transferencia sobre la persona del analista no desempeña un papel de una resistencia sino en la medida en que se trata de una transferencia negativa o de una positiva compuesta de elementos eróticos reprimidos. La transferencia esta constituida simultáneamente por elementos positivos y negativos.
En 1915, en «Puntualizaciones sobre el amor de transferencia», Freud aborda el componente erótico del amor de transferencia, es decir, lo que él denomina la transferencia amorosa. Sólo expone una situación ilustrativa, la de una paciente mujer que se enamora del médico-hombre. En el surgimiento de esa demanda de amor la resistencia tiene su participación. Desde hacia un tiempo, Freud había observado en esta paciente signos de transferencia positiva; pero la resistencia empieza a servirse de este enamoramiento para inhibir el proceso de la cura. A esta demanda de amor, a esta «complacencia a entregarse sexualmente», el médico debe responder dejando subsistir la necesidad y el deseo. El analista nunca puede aceptar la ternura que le ofrece su analizante. El analista debe tratar esa transferencia amorosa como algo no real, unreal, como una situación que se atraviesa en la cura, pero que debe ser reorientada hacia sus orígenes inconcientes y esto ayudara al analizante a llevar a la conciencia lo más escondido de su vida amorosa y así poder gobernarlo. Pero, es importante tener en cuenta que este enamoramiento tiene el carácter de un amor auténtico, verdadero. No se puede negar el carácter genuino al enamoramiento que sobreviene en el tratamiento psicoanalítico. Rasgos esenciales de este tipo de enamoramiento: es provocado por la situación analítica; es empujado hacia arriba por la resistencia que gobierna esta situación; y carece de alto grado de miramiento de la realidad objetiva, es menos prudente y menos cuidadoso en sus consecuencias.
LACAN: LA TRANSFERENCIA
En su primera publicación consagrada explícitamente a la transferencia, «Intervención sobre la transferencia» (1951), Lacan desarrolla un análisis de la transferencia de Dora en términos de inversiones dialécticas. Y define: La transferencia no es nada real en el sujeto, sino la aparición, en un momento de estancamiento de la dialéctica analítica, de los modos permanentes según los cuales él constituye sus objetos (Escritos).Plantea también que, interpretar la transferencia es llenar con un engaño el vacío de un punto muerto, ese engaño es útil porque vuelve a lanzar el proceso. Las inversiones dialécticas se producen en una serie discursiva donde hay detenimientos y es ahí donde está la transferencia. Es la intervención de la transferencia la que opera en la inversión dialéctica.
Lacan escribe este trabajo antes de la introducción de los términos de metáfora y metonimia; y toma terminología de Hegel. Reconoce que en un análisis hay alternancias dialécticas marcadas por separaciones, por silencios o fallidos, y que esto tiene relación con lo que Freud decía cuando se detenía por algo la transferencia. Entonces, la transferencia era como una metonimia, como un desplazamiento de sentido. Más tarde va a hablar de la transferencia como metáfora.
En su seminario de los escritos técnicos de Freud deja los términos tomados de Hegel y recurre a la antropología del intercambio. La transferencia está implícita en el acto mismo del habla.
Insiste en la dimensión simbólica de la transferencia, recordando sobre todo que Freud, en La interpretación de los sueños, llama «transferencia» al desplazamiento sobre los restos diurnos de los elementos de los pensamientos inconscientes de sueño que forma parte del «elemento central de la realización de deseo». Lacan compara estos restos diurnos, en sí mismos desinvestidos de deseo, con un alfabeto, con «formas despojadas de su sentido propio y retomadas en una organización nueva a través de la cual puede expresarse un sentido», y por primera vez habla, refiriéndose a ellos, de «material significante».
En este seminario también habla de la función creadora de la palabra y del concepto de análisis.
En el seminario de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis introduce la relación de la transferencia y el sujeto supuesto saber.
La transferencia consiste en la atribución de un saber al Otro en la medida de suponer que el Otro es un sujeto que sabe. “En cuanto hay, en algún lugar, el sujeto que se supone saber, hay transferencia.”
El analizante supone que el analista le puede dar un saber acerca de su síntoma, sobre la verdad de su síntoma. El analista en esta posición adquiere un cierto poder, pero que no tiene que tomar. Esta en juego el deseo, el deseo del analista y el deseo del analizante.
El analista es tomado como objeto libidinal. Lacan toma el tema del amor a partir de Freud pero de manera distinta; y esboza: amo en ti, algo más que a ti, y por eso te mutilo. Lacan habla del otro tomado en pedazos, en cambio Freud habla del amor tomando al otro como objeto completo. Para el analista la mayor dificultad se presenta cuando tiene que tolerar el despedazamiento que produce el amor de transferencia. Es este mismo amor el que lo va mutilando, lo va cortando como objeto.
Sobre la persona del medico es donde se concentra la libido. El analista en su interior guarda ese objeto erótico al cual de identifico el analizante y también guarda el objeto hostil. El analista opera como estos objetos.
BIBLOGRAFIA
FREUD, S. “Estudios sobre la histeria”, tomo II, Obras Completas, Editorial Amorrortu, 1893_1895.
FREUD, S. “Sobre la dinámica de la transferencia”, tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, 1912.
FREUD, S. “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”, tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, 1915.
LACAN, J. “Intervención sobre la transferencia”, Escritos 1, Editorial Paidos, 1951.
LACAN, J SEMINARIO 1, Los escritos técnicos de Freud, Editorial Paidos, 1953_1954.
LACAN, J SEMINARIO 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanalisis, Editorial Paidos,1964.
CHEMAMA, R Diccionario el Psicoanálisis, Editorial Amorrortu, 2002.
INTRODUCCIÓN
Al comienzo del año nuestra profesora de Clínica 1A, Marite Colovini, nos propuso trabajar a partir de un nuevo dispositivo, al menos para mí, el dispositivo del cartel. Es un dispositivo de origen lacaniano, en el cual operan los tres registros y tiene como finalidad un producto. Es un modo de trabajo de grupos de psicoanalistas. Para que funcione debe estar formado por un mínimo de tres y un máximo de cinco personas, por fuera del grupo debe haber un miembro que se denomina el Más Uno; tiene como función destrabar en momentos de estancamiento de producción en el cartel o interferir en el caso de haber algún conflicto operando de manera interpretativa y rescatando la subjetividad de cada integrante para que no se forme una masa y se conserve el grupo de trabajo.
La experiencia del cartel me resultó diferente a las formas habituales de cursar una materia curricular, es un dispositivo que permite interrogarse, profundizar sobre un tema, y leer los textos desde otra perspectiva y poder tomar una posición.
Para el tema del cartel elegimos la unidad temática 4: la transferencia.
Elegí este tema porque me parece que es un elemento distintivo del psicoanálisis con respecto a otras prácticas. Es un concepto clave, es el centro de la práctica analítica. Es un modo exclusivo de producción del psicoanálisis.
LA CURA ANALÍTICA REVELA LA TRANSFERENCIA
Freud utilizó por primera vez el término francés «transfert» [transferencia] en 1888, en su artículo sobre la histeria para el diccionario médico de Villaret: designó de ese modo el desplazamiento del síntoma histérico en el cuerpo. Pero es en Estudios sobre la histeria (1895) donde la transferencia (Übertragung), comparada a un falso enlace, adquiere la acepción que conserva hasta hoy: la de implicación del analista en el psicoanálisis de un sujeto.
Entonces “Estudios sobre la histeria”, de 1895, se podría decir que es el primer acercamiento de S. Freud al concepto de transferencia. El fracaso de J. Breuer en el tratamiento catártico que empleaba con una paciente joven conocida como Anna O, lleva a Freud a abandonar la hipnosis. La historia de esta paciente es uno de los mitos fundadores del psicoanálisis, es quien llama “cura de la chimenea” al tratamiento que se realizaba con las palabras.
Freud se da cuenta que las pacientes transferían sobre la persona del medico representaciones inconcientes: “el contenido del deseo aparecía primeramente en la conciencia de la enferma sin ningún recuerdo de estas instancias ambientales que hubieran hecho referirlo al pasado. Entonces el deseo presente, en función de la compulsión a asociar que dominaba en la conciencia, se ligaba a una persona que ocupaba legítimamente los pensamientos de la enferma; y , como resultado de esta unión inadecuada que yo denomino falsa conexión, se despertaba el mismo afecto que en otra época había impulsado a la paciente a rechazar este deseo prohibido”.
La transferencia era un caso particular de desplazamiento del afecto de una representación a otra, se consideraba como un fenómeno localizado y no formaba parte del tratamiento propiamente dicho.
Más tarde, en “el caso Dora”, Freud se pregunta que son las transferencias y responde que son reediciones, recreaciones de las mociones y fantasías que a medida que el análisis avanza se manifiestan concientes y que lo característico es la sustitución de una persona anterior por la persona del médico.
Se puede observar el carácter inevitable y automático de la transferencia. El analizante olvida que está en una situación analítica, en sesión, y deposita sobre la persona del médico los afectos que surgen con la asociación libre. Toda la serie de vivencias psíquicas anteriores son revividas, pero no como algo pasado, sino como un vínculo actual con el analista. Esta situación al analista le permita registrar las diversas figuras que puede encarnar para su analizante, desde ahí que le es posible realizar intervenciones.
En esta persona que emprende una cura se desarrolla una dinámica de la transferencia. En 1912 Freud plantea que si la necesidad de amor de alguien no esta satisfecha en la realidad es probable que las porciones de su libido, la susceptible de conciencia y la inconciente, puedan volcarse sobre la persona del médico. Esta investidura se anudará a uno de los clisés preexistentes: todo ser humano recibe en su infancia las condiciones de amor que establecerá y las pulsiones que satisfará y las metas que habrá de fijarse. Entonces se inserta al médico en series psíquicas que el analizante forma y responden a las imagos parentales vía regresión; pero la dinámica es actual.
Freud distingue la transferencia positiva y la transferencia negativa. Realizó esta distinción cuando comprobó que la transferencia podría ser el arma más poderosa de la resistencia al tratamiento.
La transferencia positiva se compone de sentimientos amistosos o tiernos que son susceptibles de conciencia, y la de sus prosecuciones en lo inconciente. El análisis demuestra que son de fuente erótica. La transferencia negativa concierne a la agresividad hacia el analista, a la desconfianza. La transferencia sobre la persona del analista no desempeña un papel de una resistencia sino en la medida en que se trata de una transferencia negativa o de una positiva compuesta de elementos eróticos reprimidos. La transferencia esta constituida simultáneamente por elementos positivos y negativos.
En 1915, en «Puntualizaciones sobre el amor de transferencia», Freud aborda el componente erótico del amor de transferencia, es decir, lo que él denomina la transferencia amorosa. Sólo expone una situación ilustrativa, la de una paciente mujer que se enamora del médico-hombre. En el surgimiento de esa demanda de amor la resistencia tiene su participación. Desde hacia un tiempo, Freud había observado en esta paciente signos de transferencia positiva; pero la resistencia empieza a servirse de este enamoramiento para inhibir el proceso de la cura. A esta demanda de amor, a esta «complacencia a entregarse sexualmente», el médico debe responder dejando subsistir la necesidad y el deseo. El analista nunca puede aceptar la ternura que le ofrece su analizante. El analista debe tratar esa transferencia amorosa como algo no real, unreal, como una situación que se atraviesa en la cura, pero que debe ser reorientada hacia sus orígenes inconcientes y esto ayudara al analizante a llevar a la conciencia lo más escondido de su vida amorosa y así poder gobernarlo. Pero, es importante tener en cuenta que este enamoramiento tiene el carácter de un amor auténtico, verdadero. No se puede negar el carácter genuino al enamoramiento que sobreviene en el tratamiento psicoanalítico. Rasgos esenciales de este tipo de enamoramiento: es provocado por la situación analítica; es empujado hacia arriba por la resistencia que gobierna esta situación; y carece de alto grado de miramiento de la realidad objetiva, es menos prudente y menos cuidadoso en sus consecuencias.
LACAN: LA TRANSFERENCIA
En su primera publicación consagrada explícitamente a la transferencia, «Intervención sobre la transferencia» (1951), Lacan desarrolla un análisis de la transferencia de Dora en términos de inversiones dialécticas. Y define: La transferencia no es nada real en el sujeto, sino la aparición, en un momento de estancamiento de la dialéctica analítica, de los modos permanentes según los cuales él constituye sus objetos (Escritos).Plantea también que, interpretar la transferencia es llenar con un engaño el vacío de un punto muerto, ese engaño es útil porque vuelve a lanzar el proceso. Las inversiones dialécticas se producen en una serie discursiva donde hay detenimientos y es ahí donde está la transferencia. Es la intervención de la transferencia la que opera en la inversión dialéctica.
Lacan escribe este trabajo antes de la introducción de los términos de metáfora y metonimia; y toma terminología de Hegel. Reconoce que en un análisis hay alternancias dialécticas marcadas por separaciones, por silencios o fallidos, y que esto tiene relación con lo que Freud decía cuando se detenía por algo la transferencia. Entonces, la transferencia era como una metonimia, como un desplazamiento de sentido. Más tarde va a hablar de la transferencia como metáfora.
En su seminario de los escritos técnicos de Freud deja los términos tomados de Hegel y recurre a la antropología del intercambio. La transferencia está implícita en el acto mismo del habla.
Insiste en la dimensión simbólica de la transferencia, recordando sobre todo que Freud, en La interpretación de los sueños, llama «transferencia» al desplazamiento sobre los restos diurnos de los elementos de los pensamientos inconscientes de sueño que forma parte del «elemento central de la realización de deseo». Lacan compara estos restos diurnos, en sí mismos desinvestidos de deseo, con un alfabeto, con «formas despojadas de su sentido propio y retomadas en una organización nueva a través de la cual puede expresarse un sentido», y por primera vez habla, refiriéndose a ellos, de «material significante».
En este seminario también habla de la función creadora de la palabra y del concepto de análisis.
En el seminario de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis introduce la relación de la transferencia y el sujeto supuesto saber.
La transferencia consiste en la atribución de un saber al Otro en la medida de suponer que el Otro es un sujeto que sabe. “En cuanto hay, en algún lugar, el sujeto que se supone saber, hay transferencia.”
El analizante supone que el analista le puede dar un saber acerca de su síntoma, sobre la verdad de su síntoma. El analista en esta posición adquiere un cierto poder, pero que no tiene que tomar. Esta en juego el deseo, el deseo del analista y el deseo del analizante.
El analista es tomado como objeto libidinal. Lacan toma el tema del amor a partir de Freud pero de manera distinta; y esboza: amo en ti, algo más que a ti, y por eso te mutilo. Lacan habla del otro tomado en pedazos, en cambio Freud habla del amor tomando al otro como objeto completo. Para el analista la mayor dificultad se presenta cuando tiene que tolerar el despedazamiento que produce el amor de transferencia. Es este mismo amor el que lo va mutilando, lo va cortando como objeto.
Sobre la persona del medico es donde se concentra la libido. El analista en su interior guarda ese objeto erótico al cual de identifico el analizante y también guarda el objeto hostil. El analista opera como estos objetos.
BIBLOGRAFIA
FREUD, S. “Estudios sobre la histeria”, tomo II, Obras Completas, Editorial Amorrortu, 1893_1895.
FREUD, S. “Sobre la dinámica de la transferencia”, tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, 1912.
FREUD, S. “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”, tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, 1915.
LACAN, J. “Intervención sobre la transferencia”, Escritos 1, Editorial Paidos, 1951.
LACAN, J SEMINARIO 1, Los escritos técnicos de Freud, Editorial Paidos, 1953_1954.
LACAN, J SEMINARIO 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanalisis, Editorial Paidos,1964.
CHEMAMA, R Diccionario el Psicoanálisis, Editorial Amorrortu, 2002.
martes, 14 de octubre de 2008
:: Cómo pensar la técnica psicoanalítica
CLARA CASALEGNO
“Las entrevistas preliminares son un cuerpo a cuerpo (Lacan). Levantar el cuerpo como obstáculo al amor no puede más que incitarlo a desarrollarlo. El analista es el mejor objeto de amor porque no tiene cuerpo.”[1]
Comenzar una vuelta hacia trabajos anteriormente abordados, como así también el acercamiento a otros, realizando una lectura dirigida al pensamiento de cuestiones que hacen a la clínica psicoanalítica, abrió muchos interrogantes y disparadores. También nos llevo a reflexionar sobre nuestra experiencia analítica como analizantes, que es de la que disponemos. De este modo considero que el atravesamiento por el trabajo de dispositivo de cartel implicó un vuelco en relación a poder comenzar a adoptar una manera de pensar la clínica analítica.
Un interrogante abarcador fue: ¿Cómo es que funciona el dispositivo analítico?, es decir, cuál seria la manera en la que se sostiene el analista dentro de la experiencia dialéctica que hace al psicoanálisis, como dice Lacan, para que se instaure la dimensión dialogo dando lugar a que el paciente pueda elaborar el malestar que lo aqueja, pudiendo realizar un cambio en su posición subjetiva.
Considero que pensar el dispositivo analítico nos hace volver a escuchar a Freud, quien no dejo de insistir en que uno de los requerimientos principales que hacen a la técnica analítica es el manejo de la transferencia, aquella que cumple un papel fundamental en el tratamiento y que paradójicamente se revela como la más fuerte resistencia. Por lo tanto la transferencia fue planteada por Freud como el mayor obstáculo pero al mismo tiempo el instrumento del que dispone el analista para el impulso de la cura.
Lacan, en el seminario sobre la trasferencia sostiene: “Al comienzo de la experiencia analítica, recordémoslo, fue el amor”[2] , pensando en la preocupación que invadió a Freud en sus comienzos, que lo llevo a plantear que una de las más peligrosas trampas con la que puede encontrarse el analista es la de la implicación emocional con sus pacientes. Esta preocupación se le presentó a partir de los conocimientos que disponía en relación a analistas que caían en esta trampa, como ocurrió entre Breuer y Anna O, Jung con Sabina Spielrei, como así también en la relación de Fereczi con Elma. Por lo tanto, el amor aparece en la cura analítica como efecto de la transferencia, a partir de lo cual hablamos de amor de transferencia, ese amor que Freud describió como un amor genuino, que reclama ser satisfecho, reclama exclusividad y que muestra venganza cuando no llega a lo buscado. Por esta vía entonces Freud sostiene que la transferencia toma la forma de amor. Ahora bien, con el planteo de Lacan este amor adquiere una forma nueva, ya que si bien resalta cómo en la transferencia se pone en juego una apariencia de amor, sostiene al mismo tiempo que de lo que se trata es de amor al saber.
De este modo estamos ante la transferencia como el núcleo que permite el funcionamiento del dispositivo analítico, es decir lo que da lugar a que, a partir de una intervención del analista, se de la posibilidad de un movimiento en la posición subjetiva del analizante. Aquí es necesario tener en cuenta que se trata de que el analista ponga en juego la dimensión del dialogo y ésta a partir de que el paciente supone en su persona un sujeto al que al mismo tiempo le supone un saber sobre su sufrimiento, de esta manera es que se puede pensar en la función que un analista debe encarnar para poder llegar a la cura. En este punto me parece importante resaltar que hay una doble operación que se pone en juego en un sujeto para un pedido de análisis, como plantea Marité Colovini: “por un lado, suposición de un saber que daría respuesta al enigma que el síntoma encierra y por otro lado, imputación de un sujeto a ese saber supuesto; eso es lo que Lacan ha llamado SUJETO SUPUESTO SABER.”[3]
Cuando pensamos en el amor de transferencia seguimos sosteniendo el interrogante acerca de cuál es la posición que debe adoptar un analista. Esto me lleva primero a la lectura de los llamados escritos técnicos en los que Freud pensaba justamente aquellas cuestiones que podían establecerse en relación a la posición que es necesario que el analista tome para dar lugar al funcionamiento del dispositivo. A propósito de esto me parece interesante resaltar primero lo que Lacan plantea cuando dice que “un analista no abruma a su analizante con principios morales”[4], dejando por fuera rápidamente lo que la práctica analítica no consiste. Así recordamos que si es posible hablar aquí de una técnica, es una técnica en la que no se procede más que con la palabra y de lo que se trata es de dejar al paciente que hable, y claro está, escuchar, pero más allá de lo que dice. Sobre cómo escuchar al paciente, Freud sostiene en los escritos técnicos que lo que estaría en la base del dispositivo analítico es aquello que desde un principio el analista transmite a su paciente, y es la regla de la asociación libre, que éste diga todo lo que se pase por su cabeza, más allá que se le impongan al decirlo cuestiones morales y de la índole que sea. Esta regla fundamental tiene su otra cara que recae sobre el analista, es la atención libremente flotante, consiste en que el analista no se fije en nada de lo planteado por el analizante y preste a todo la misma atención. Por lo tanto hablamos de la regla que permite la construcción del análisis, que daría lugar a los efectos del lenguaje, permitiendo de este modo la emergencia de toda manifestación inconsciente, ya que cuando estamos ente un fallido, un lapsus, un sueño un olvido…esto se va a expresar en la dimensión del lenguaje. “Es por lo que el lenguaje, como se dice, no solamente connota, sino que denota, para designar algo…algo real, piedra con la que me tropiezo.” [5]
De este modo, acercándome al tema de la técnica analítica y cómo debe ser tomada esta por un analista, teniendo en cuenta que no hay generalización posible y por lo tanto queda por fuera la chance que seguir a raja tabla técnica alguna, me parece relevante hacer al menos un acercamiento a los planteos de Fereczi, ya que durante años mantuvo correspondencia con Freud, correspondencia que vaciló entre acuerdos, colaboraciones y también discusiones. Freud, en las cartas siempre escuchó a Fereczi sobre todo en lo que atañe a la técnica analítica, lo que se evidencia en las numerosas citas al mismo en sus trabajos.
Las correspondencia entre Freud y Ferenczi se puede datar desde 1908 hasta la muerte de Fereczi, 1933. En el volumen que abarca el periodo de 1914-1916 se deja ver una gran preocupación de ambos por las cuestiones sociales en las que estaban sumergidos. También se reflejan breves periodos análisis de Fereczi por Freud[6], en los que Ferenczi principalmente manifestaba su ambivalencia en cuanto a casarse con Elma o con Gizella[7]. De este enredo de cuestiones personales, sociales y profesionales se dio lugar al desarrollo de algunos principios teóricos y técnicos del psicoanálisis,
Uno de los principios que se desarrolla en este periodo es el de la abstinencia. En relación a esto último Freud primero piensa en el amor de transferencia, sosteniendo que lo apropiado es valerse de este amor tomándolo en cuenta para que la cura resulte posible y no oponerse moralmente a él. Plantea que para que esto se logre es importante primero que el analista tenga en claro que ese amor es sólo producto de la transferencia, un momento de la cura por el que se atraviesa, y que también se pone en juego una participación de la resistencia que exagera todas sus exteriorizaciones. El paciente transfiere a persona del analista sus deseos inconscientes y es por esto que Freud no ve que el alejamiento de esos sentimientos de la paciente refleje de un modo de proceder analítico, ya que se habría llamado a lo reprimido inconsciente no para que sea analizado valiéndose de él, sino para volver a reprimirlo. Si Freud se hubiese dejado llevar por los principios morales que regían en su época tendría que haber plantando que lo apropiado seria pedirle a la paciente que abandone esos sentimientos hacia su persona o dejar el tratamiento (como ocurrió en el caso de Breuer). Al mismo tiempo, no deja de aclara que responder al reclamo de la paciente implica un final que seria perjudicial para ambos.
A propósito de la abstinencia me parece muy interesante subrayar una frase de Lacan que es tomada por Jean Allouch en un seminario dictado en julio del 2003: “…uno de los fines del silencio que constituye la regla de mi escucha es justamente callar el amor…”[8]Lacan plantea de este modo que la razón por la que los analistas se mantienen en silencio es el hecho de que cuando estamos en la dimensión de la palabra, el goce siempre se hace presente, por lo tanto plantea que es mejor quedarse quieto a hacerle percibir al sujeto (analizante) lo que se goza en la palabra .
“La cura tiene que ser realizada en la abstinencia…”[9]
En numerosos pasajes de la correspondencia entre Freud y Ferenczi se deja ver cómo hay un esfuerzo por respetar o hasta evitar algunas situaciones que podrían poner en riesgo algo en relación a esta regla tan importante. En “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1918) Freud vuelve sobre la cuestión de la abstinencia a la que venia haciendo alusión desde 1912, dejando en claro que cuando se habla de abstinencia no se esta pensando solo en una posible relación amorosa entre analista y paciente, sino que referiría más bien al modo de posicionarse frente al sufrimiento del paciente, planteando que el tratamiento mismo implica la necesidad de sostener el padecimiento del sujeto de modo que este no desparezca antes de lo necesario ya que llevaría resultados poco duraderos, y la forma de lograr esto seria por el camina de la abstinencia o “privación sensible” como también lo nombra en este trabajo.
Ante estas cuestiones que atañen al lugar en el que debe posicionarse el analista, Freud en principio insiste en la importancia del análisis al que debe someterse el analista. Aconseja también que una posición del analista conveniente tanto para el analizante como para él sea la “frialdad de sentimientos”[10]. Esto último es algo muchas veces criticado por Fereczi, el hecho de que Freud no haya tenido en cuenta la empatía del analista. También la cuestión de la “actividad” del analista fue un punto en el que Fereczi fue protagonista y que tuvo una fuerte influencia en los trabajos freudianos.
Si bien para Freud la actividad del analista debe remitirse a sacar a la luz las resistencias del paciente y a hacer consciente lo reprimido, consideró por un tiempo que en una serie de casos es importante también que la actividad del analista continúe en un apoyo al paciente en relación a esas resistencias con las que se las tiene que ver, y hasta tal punto Freud tenia en cuanta a Ferenczi que en este aspecto deja de alguna manera en sus manos la reflexión sobre este campo de la técnica analítica, aunque a futuro implicó el punto más fuerte de su discusión. De este modo durante un tiempo hablaron sobre la “técnica activa”[11] .En una serie de casos Freud aplico esta técnica activa poniendo un plazo para el análisis mismo, es decir, fijando una fecha para el fin de análisis, sosteniendo que muchas veces el paciente utiliza la resistencia del análisis para embrollarse en una cuestión que le permite retrasarse en relación a alguna decisión que lo implicaría y llevaría a un cambio, como veía que sucedía en el caso de Fereczi que se agarraba del análisis para retardar de decisión en relación a su matrimonio.
Años más tarde Fereczi escribe en su Diario una crítica a la postura insensible del analista, sosteniendo que es perjudicial tanto para el paciente como para el analista. Para Fereczi la naturalidad, sensibilidad y comportamiento describía la actitud óptima que debía sostener el analista para el beneficio de la situación analítica misma. También en su trabajo titulado “Progresos en la técnica analítica” realiza una crítica a la forma que había comenzado a tomar la relación entre el analista y el paciente, sosteniendo que de ser en principio una relación emocional se había tornado una relación demasiado intelectual, planteando que si se lograba un mayor hincapié en la afectividad se daría lugar a una transferencia positiva que al mismo tiempo posibilitaría resultados terapéuticos más exitosos.
Para este momento Freud escribe a Fereczi se había alejado ya de el camino que compartían en relación a los modos de pensar cuestiones que hacen al psicoanálisis, pero un ningún pasaje Freud niega que Ferenczi sea un analista como si había sucedido en otros casos, y su correspondencia continua hasta el momento de la muerte de Fereczi.
Sobre la abstinencia y la actividad del analista me parece interesante el planteo de Jean Allouch en relación a que el analista “se abstiene activamente”, haciendo referencia a que muchas veces interviniendo de alguna manera lo que sostiene es una forma de abstenerse, y que otras veces al no intervenir, se esta dejando introducir de algún modo en el asunto. Esto permite pensar lo que Lacan sostuvo en relación a no confundir un acto analítico con una acción motora, lo que nos hace entender cómo el solo silencio puede resultar una forma de intervenir. Para pensar esto es necesario tener en cuenta el papel vital de la transferencia que, si no esta establecida, no hay posibilidad de que una intervención de lugar a movimiento alguno por parte del analizante.
Así es como me pareció interesante indagar sobre la transferencia, que es la que encarna la posibilidad misma de que un análisis exista, permitiéndome pensar así mismo cuestiones en relación a esta técnica en la que se dispone nada más y nada menos que de la palabra, a su posible modo de “aplicarla” y a tratar de entender como trasciende aquello que se entiende corrientemente por técnica, por más que muchas veces la nombremos de esta manera, ya que es todo lo contrario a pasos rígidos a seguir, lo que queda excluido desde el momento en que el analista no sabe con anterioridad lo que el paciente puede decir o no. Creo que no se puede dejar de nombrar cuando se aborda un intento de pensar como “debe” posicionarse un analista, sin que esto torne una formula, el planteo de Lacan en relación a que el eje en el que se mueve al analista es el del deseo, sosteniendo que el deseo del analista es aquel que permite el desarrollo del análisis mismo. Para esto el analista debe asegurarse de que su deseo encierre siempre un signo de interrogación para el analizante, proporcionando la fuerza impulsora que le da juntamente movimiento al análisis.
Bibliografía:
_ ALLOUCH, J. Notas sobre el seminario ¿molesto el amor? Julio de 2003. Traducidas por Marcos Esnal.
_ FERENCZI, S., Problemas y motivos del psicoanálisis, Editorial Paidos, Buenos Aires, 1966.
_ FERENCZI, S., Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1923., Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1997.
_ FREUD, S FERENCZI, S. Correspondencia completa [1914-1916], editorial Síntesis, Madrid, 2001.
_ FREUD, S., Sobre la dinámica de la transferencia [1912], Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
_ FREUD, S., Consejos al medico sobre el tratamiento psicoanalítico [1912], Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
_ FREUD, S. “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”, Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III [1915], Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
_ FREUD, S. Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica [1919], Tomo XVII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1979.
_ LACAN, J., “Intervención sobre la transferencia”, Escritos I [1953-54], Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.
_ LACAN, J., La transferencia, Seminario 8 [1960-61] Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.
_ LACAN, J., Conferencia pronunciada en el museo de la ciencia y la técnica de Milán, el 3 de febrero de 1973. http://www.ecole-lacanienne.net
[1]ALLOUCH, J. Notas sobre el seminario ¿Molesto el amor? Julio de 2003. traducidas por Marcos Esnal.
[2] LACAN, J. La transferencia, seminario 8 [1960-1961], capitulo I, pág. 12. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.
[3] COLOVINI, M, Tesis de doctorado: “La erotomanía, el delirio de ser amada: ¿una locura femenina?” Tiempos y cuestiones de la dirección de la cura, Pág. 10.
[4] LACAN, J. Conferencia pronunciada en el museo de la ciencia y de la técnica de Milán el 3 de febrero de 1973.
[5] LACAN, J. Conferencia pronunciada en el museo de ciencia y técnica de Milán el 3 de febrero de 1973
[6] Son tres los breves periodos en los que Ferenczi se somete a análisis con Freud.
[7] Me parece importante resaltar, a propósito del amor de transferencia que ambas habían sido pacientes de Fereczi, y que al mismo tiempo ellas eran madre e hija. Finalmente Fereczi se casa con Gizella no sin una insistencia por parte de Freud que veía ese hecho como la única salida normal para Fereczi.
[8] ALLOUCH, J. Notas sobre el seminario ¿modesto amor? Julio de 2003. traducidas por Marcos Esnal
[9] FREUD, S. Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis ,III[1915], Pág. 168 Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996
[10] FREUD, S. Consejos al medico sobre el tratamiento psicoanalítico [1912] Pág. 114. Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
[11] En 1918 Freud y Ferenczi presentan en un congreso en Budapest la “técnica activa.”
“Las entrevistas preliminares son un cuerpo a cuerpo (Lacan). Levantar el cuerpo como obstáculo al amor no puede más que incitarlo a desarrollarlo. El analista es el mejor objeto de amor porque no tiene cuerpo.”[1]
Comenzar una vuelta hacia trabajos anteriormente abordados, como así también el acercamiento a otros, realizando una lectura dirigida al pensamiento de cuestiones que hacen a la clínica psicoanalítica, abrió muchos interrogantes y disparadores. También nos llevo a reflexionar sobre nuestra experiencia analítica como analizantes, que es de la que disponemos. De este modo considero que el atravesamiento por el trabajo de dispositivo de cartel implicó un vuelco en relación a poder comenzar a adoptar una manera de pensar la clínica analítica.
Un interrogante abarcador fue: ¿Cómo es que funciona el dispositivo analítico?, es decir, cuál seria la manera en la que se sostiene el analista dentro de la experiencia dialéctica que hace al psicoanálisis, como dice Lacan, para que se instaure la dimensión dialogo dando lugar a que el paciente pueda elaborar el malestar que lo aqueja, pudiendo realizar un cambio en su posición subjetiva.
Considero que pensar el dispositivo analítico nos hace volver a escuchar a Freud, quien no dejo de insistir en que uno de los requerimientos principales que hacen a la técnica analítica es el manejo de la transferencia, aquella que cumple un papel fundamental en el tratamiento y que paradójicamente se revela como la más fuerte resistencia. Por lo tanto la transferencia fue planteada por Freud como el mayor obstáculo pero al mismo tiempo el instrumento del que dispone el analista para el impulso de la cura.
Lacan, en el seminario sobre la trasferencia sostiene: “Al comienzo de la experiencia analítica, recordémoslo, fue el amor”[2] , pensando en la preocupación que invadió a Freud en sus comienzos, que lo llevo a plantear que una de las más peligrosas trampas con la que puede encontrarse el analista es la de la implicación emocional con sus pacientes. Esta preocupación se le presentó a partir de los conocimientos que disponía en relación a analistas que caían en esta trampa, como ocurrió entre Breuer y Anna O, Jung con Sabina Spielrei, como así también en la relación de Fereczi con Elma. Por lo tanto, el amor aparece en la cura analítica como efecto de la transferencia, a partir de lo cual hablamos de amor de transferencia, ese amor que Freud describió como un amor genuino, que reclama ser satisfecho, reclama exclusividad y que muestra venganza cuando no llega a lo buscado. Por esta vía entonces Freud sostiene que la transferencia toma la forma de amor. Ahora bien, con el planteo de Lacan este amor adquiere una forma nueva, ya que si bien resalta cómo en la transferencia se pone en juego una apariencia de amor, sostiene al mismo tiempo que de lo que se trata es de amor al saber.
De este modo estamos ante la transferencia como el núcleo que permite el funcionamiento del dispositivo analítico, es decir lo que da lugar a que, a partir de una intervención del analista, se de la posibilidad de un movimiento en la posición subjetiva del analizante. Aquí es necesario tener en cuenta que se trata de que el analista ponga en juego la dimensión del dialogo y ésta a partir de que el paciente supone en su persona un sujeto al que al mismo tiempo le supone un saber sobre su sufrimiento, de esta manera es que se puede pensar en la función que un analista debe encarnar para poder llegar a la cura. En este punto me parece importante resaltar que hay una doble operación que se pone en juego en un sujeto para un pedido de análisis, como plantea Marité Colovini: “por un lado, suposición de un saber que daría respuesta al enigma que el síntoma encierra y por otro lado, imputación de un sujeto a ese saber supuesto; eso es lo que Lacan ha llamado SUJETO SUPUESTO SABER.”[3]
Cuando pensamos en el amor de transferencia seguimos sosteniendo el interrogante acerca de cuál es la posición que debe adoptar un analista. Esto me lleva primero a la lectura de los llamados escritos técnicos en los que Freud pensaba justamente aquellas cuestiones que podían establecerse en relación a la posición que es necesario que el analista tome para dar lugar al funcionamiento del dispositivo. A propósito de esto me parece interesante resaltar primero lo que Lacan plantea cuando dice que “un analista no abruma a su analizante con principios morales”[4], dejando por fuera rápidamente lo que la práctica analítica no consiste. Así recordamos que si es posible hablar aquí de una técnica, es una técnica en la que no se procede más que con la palabra y de lo que se trata es de dejar al paciente que hable, y claro está, escuchar, pero más allá de lo que dice. Sobre cómo escuchar al paciente, Freud sostiene en los escritos técnicos que lo que estaría en la base del dispositivo analítico es aquello que desde un principio el analista transmite a su paciente, y es la regla de la asociación libre, que éste diga todo lo que se pase por su cabeza, más allá que se le impongan al decirlo cuestiones morales y de la índole que sea. Esta regla fundamental tiene su otra cara que recae sobre el analista, es la atención libremente flotante, consiste en que el analista no se fije en nada de lo planteado por el analizante y preste a todo la misma atención. Por lo tanto hablamos de la regla que permite la construcción del análisis, que daría lugar a los efectos del lenguaje, permitiendo de este modo la emergencia de toda manifestación inconsciente, ya que cuando estamos ente un fallido, un lapsus, un sueño un olvido…esto se va a expresar en la dimensión del lenguaje. “Es por lo que el lenguaje, como se dice, no solamente connota, sino que denota, para designar algo…algo real, piedra con la que me tropiezo.” [5]
De este modo, acercándome al tema de la técnica analítica y cómo debe ser tomada esta por un analista, teniendo en cuenta que no hay generalización posible y por lo tanto queda por fuera la chance que seguir a raja tabla técnica alguna, me parece relevante hacer al menos un acercamiento a los planteos de Fereczi, ya que durante años mantuvo correspondencia con Freud, correspondencia que vaciló entre acuerdos, colaboraciones y también discusiones. Freud, en las cartas siempre escuchó a Fereczi sobre todo en lo que atañe a la técnica analítica, lo que se evidencia en las numerosas citas al mismo en sus trabajos.
Las correspondencia entre Freud y Ferenczi se puede datar desde 1908 hasta la muerte de Fereczi, 1933. En el volumen que abarca el periodo de 1914-1916 se deja ver una gran preocupación de ambos por las cuestiones sociales en las que estaban sumergidos. También se reflejan breves periodos análisis de Fereczi por Freud[6], en los que Ferenczi principalmente manifestaba su ambivalencia en cuanto a casarse con Elma o con Gizella[7]. De este enredo de cuestiones personales, sociales y profesionales se dio lugar al desarrollo de algunos principios teóricos y técnicos del psicoanálisis,
Uno de los principios que se desarrolla en este periodo es el de la abstinencia. En relación a esto último Freud primero piensa en el amor de transferencia, sosteniendo que lo apropiado es valerse de este amor tomándolo en cuenta para que la cura resulte posible y no oponerse moralmente a él. Plantea que para que esto se logre es importante primero que el analista tenga en claro que ese amor es sólo producto de la transferencia, un momento de la cura por el que se atraviesa, y que también se pone en juego una participación de la resistencia que exagera todas sus exteriorizaciones. El paciente transfiere a persona del analista sus deseos inconscientes y es por esto que Freud no ve que el alejamiento de esos sentimientos de la paciente refleje de un modo de proceder analítico, ya que se habría llamado a lo reprimido inconsciente no para que sea analizado valiéndose de él, sino para volver a reprimirlo. Si Freud se hubiese dejado llevar por los principios morales que regían en su época tendría que haber plantando que lo apropiado seria pedirle a la paciente que abandone esos sentimientos hacia su persona o dejar el tratamiento (como ocurrió en el caso de Breuer). Al mismo tiempo, no deja de aclara que responder al reclamo de la paciente implica un final que seria perjudicial para ambos.
A propósito de la abstinencia me parece muy interesante subrayar una frase de Lacan que es tomada por Jean Allouch en un seminario dictado en julio del 2003: “…uno de los fines del silencio que constituye la regla de mi escucha es justamente callar el amor…”[8]Lacan plantea de este modo que la razón por la que los analistas se mantienen en silencio es el hecho de que cuando estamos en la dimensión de la palabra, el goce siempre se hace presente, por lo tanto plantea que es mejor quedarse quieto a hacerle percibir al sujeto (analizante) lo que se goza en la palabra .
“La cura tiene que ser realizada en la abstinencia…”[9]
En numerosos pasajes de la correspondencia entre Freud y Ferenczi se deja ver cómo hay un esfuerzo por respetar o hasta evitar algunas situaciones que podrían poner en riesgo algo en relación a esta regla tan importante. En “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1918) Freud vuelve sobre la cuestión de la abstinencia a la que venia haciendo alusión desde 1912, dejando en claro que cuando se habla de abstinencia no se esta pensando solo en una posible relación amorosa entre analista y paciente, sino que referiría más bien al modo de posicionarse frente al sufrimiento del paciente, planteando que el tratamiento mismo implica la necesidad de sostener el padecimiento del sujeto de modo que este no desparezca antes de lo necesario ya que llevaría resultados poco duraderos, y la forma de lograr esto seria por el camina de la abstinencia o “privación sensible” como también lo nombra en este trabajo.
Ante estas cuestiones que atañen al lugar en el que debe posicionarse el analista, Freud en principio insiste en la importancia del análisis al que debe someterse el analista. Aconseja también que una posición del analista conveniente tanto para el analizante como para él sea la “frialdad de sentimientos”[10]. Esto último es algo muchas veces criticado por Fereczi, el hecho de que Freud no haya tenido en cuenta la empatía del analista. También la cuestión de la “actividad” del analista fue un punto en el que Fereczi fue protagonista y que tuvo una fuerte influencia en los trabajos freudianos.
Si bien para Freud la actividad del analista debe remitirse a sacar a la luz las resistencias del paciente y a hacer consciente lo reprimido, consideró por un tiempo que en una serie de casos es importante también que la actividad del analista continúe en un apoyo al paciente en relación a esas resistencias con las que se las tiene que ver, y hasta tal punto Freud tenia en cuanta a Ferenczi que en este aspecto deja de alguna manera en sus manos la reflexión sobre este campo de la técnica analítica, aunque a futuro implicó el punto más fuerte de su discusión. De este modo durante un tiempo hablaron sobre la “técnica activa”[11] .En una serie de casos Freud aplico esta técnica activa poniendo un plazo para el análisis mismo, es decir, fijando una fecha para el fin de análisis, sosteniendo que muchas veces el paciente utiliza la resistencia del análisis para embrollarse en una cuestión que le permite retrasarse en relación a alguna decisión que lo implicaría y llevaría a un cambio, como veía que sucedía en el caso de Fereczi que se agarraba del análisis para retardar de decisión en relación a su matrimonio.
Años más tarde Fereczi escribe en su Diario una crítica a la postura insensible del analista, sosteniendo que es perjudicial tanto para el paciente como para el analista. Para Fereczi la naturalidad, sensibilidad y comportamiento describía la actitud óptima que debía sostener el analista para el beneficio de la situación analítica misma. También en su trabajo titulado “Progresos en la técnica analítica” realiza una crítica a la forma que había comenzado a tomar la relación entre el analista y el paciente, sosteniendo que de ser en principio una relación emocional se había tornado una relación demasiado intelectual, planteando que si se lograba un mayor hincapié en la afectividad se daría lugar a una transferencia positiva que al mismo tiempo posibilitaría resultados terapéuticos más exitosos.
Para este momento Freud escribe a Fereczi se había alejado ya de el camino que compartían en relación a los modos de pensar cuestiones que hacen al psicoanálisis, pero un ningún pasaje Freud niega que Ferenczi sea un analista como si había sucedido en otros casos, y su correspondencia continua hasta el momento de la muerte de Fereczi.
Sobre la abstinencia y la actividad del analista me parece interesante el planteo de Jean Allouch en relación a que el analista “se abstiene activamente”, haciendo referencia a que muchas veces interviniendo de alguna manera lo que sostiene es una forma de abstenerse, y que otras veces al no intervenir, se esta dejando introducir de algún modo en el asunto. Esto permite pensar lo que Lacan sostuvo en relación a no confundir un acto analítico con una acción motora, lo que nos hace entender cómo el solo silencio puede resultar una forma de intervenir. Para pensar esto es necesario tener en cuenta el papel vital de la transferencia que, si no esta establecida, no hay posibilidad de que una intervención de lugar a movimiento alguno por parte del analizante.
Así es como me pareció interesante indagar sobre la transferencia, que es la que encarna la posibilidad misma de que un análisis exista, permitiéndome pensar así mismo cuestiones en relación a esta técnica en la que se dispone nada más y nada menos que de la palabra, a su posible modo de “aplicarla” y a tratar de entender como trasciende aquello que se entiende corrientemente por técnica, por más que muchas veces la nombremos de esta manera, ya que es todo lo contrario a pasos rígidos a seguir, lo que queda excluido desde el momento en que el analista no sabe con anterioridad lo que el paciente puede decir o no. Creo que no se puede dejar de nombrar cuando se aborda un intento de pensar como “debe” posicionarse un analista, sin que esto torne una formula, el planteo de Lacan en relación a que el eje en el que se mueve al analista es el del deseo, sosteniendo que el deseo del analista es aquel que permite el desarrollo del análisis mismo. Para esto el analista debe asegurarse de que su deseo encierre siempre un signo de interrogación para el analizante, proporcionando la fuerza impulsora que le da juntamente movimiento al análisis.
Bibliografía:
_ ALLOUCH, J. Notas sobre el seminario ¿molesto el amor? Julio de 2003. Traducidas por Marcos Esnal.
_ FERENCZI, S., Problemas y motivos del psicoanálisis, Editorial Paidos, Buenos Aires, 1966.
_ FERENCZI, S., Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1923., Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1997.
_ FREUD, S FERENCZI, S. Correspondencia completa [1914-1916], editorial Síntesis, Madrid, 2001.
_ FREUD, S., Sobre la dinámica de la transferencia [1912], Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
_ FREUD, S., Consejos al medico sobre el tratamiento psicoanalítico [1912], Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
_ FREUD, S. “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”, Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III [1915], Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
_ FREUD, S. Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica [1919], Tomo XVII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1979.
_ LACAN, J., “Intervención sobre la transferencia”, Escritos I [1953-54], Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.
_ LACAN, J., La transferencia, Seminario 8 [1960-61] Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.
_ LACAN, J., Conferencia pronunciada en el museo de la ciencia y la técnica de Milán, el 3 de febrero de 1973. http://www.ecole-lacanienne.net
[1]ALLOUCH, J. Notas sobre el seminario ¿Molesto el amor? Julio de 2003. traducidas por Marcos Esnal.
[2] LACAN, J. La transferencia, seminario 8 [1960-1961], capitulo I, pág. 12. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.
[3] COLOVINI, M, Tesis de doctorado: “La erotomanía, el delirio de ser amada: ¿una locura femenina?” Tiempos y cuestiones de la dirección de la cura, Pág. 10.
[4] LACAN, J. Conferencia pronunciada en el museo de la ciencia y de la técnica de Milán el 3 de febrero de 1973.
[5] LACAN, J. Conferencia pronunciada en el museo de ciencia y técnica de Milán el 3 de febrero de 1973
[6] Son tres los breves periodos en los que Ferenczi se somete a análisis con Freud.
[7] Me parece importante resaltar, a propósito del amor de transferencia que ambas habían sido pacientes de Fereczi, y que al mismo tiempo ellas eran madre e hija. Finalmente Fereczi se casa con Gizella no sin una insistencia por parte de Freud que veía ese hecho como la única salida normal para Fereczi.
[8] ALLOUCH, J. Notas sobre el seminario ¿modesto amor? Julio de 2003. traducidas por Marcos Esnal
[9] FREUD, S. Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis ,III[1915], Pág. 168 Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996
[10] FREUD, S. Consejos al medico sobre el tratamiento psicoanalítico [1912] Pág. 114. Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
[11] En 1918 Freud y Ferenczi presentan en un congreso en Budapest la “técnica activa.”
:: “EL PSICOANALISIS SE RECREA CADA VEZ”
DINA SERRA
Quería comenzar comentando que nuestro trabajo de cartel fue muy bueno y que posibilitó hacer de cada encuentro con mis compañeros espacios muy productivos de discusión y de lectura. Sin pretenciosos objetivos fueron surgiendo diferentes interrogantes, diferentes autores, nuevos acercamientos al tema y otras lecturas sugeridas que se fueron recortando de acuerdo a los intereses del grupo y luego contemplando ya los intereses particulares de cada uno. De igual modo fue un proceso largo, donde trabajamos mucho no sin algunas emociones encontradas.
La temática del dispositivo analítico me resulto interesante porque se pone directamente en relación con la preocupación respecto de la profesión, con la pregunta de cómo desenvolverme en un psicoanálisis. Por tanto, me pareció importante trabajar de este modo a través del dispositivo cartel para salir de este “ preocupación”, generar un movimiento que me permitiera pensar acompañadamente un abordaje clínico; que significó más bien “ocuparme”, implicarme, apropiarme de este espacio de investigación. Sin duda hay algo del deseo puesto allí.
Entre mis inquietudes me preguntaba como hacer para articular lo trabajado a lo largo de distintos años de paso por la facultad, las perspectivas de los diferentes autores o docentes, los diferentes lineamientos teóricos, etc., y todo lo que posibilita la formación, que entiendo no se limita a la universidad, sino más bien otros espacios y actividades que quedan por fuera. Todo ello con el objetivo de poder pensarme yo misma como analista, creo que en la misma pregunta pude encontrar acertadamente la respuesta: “el yo debe quedar por fuera”.
Tratamos de recorrer a través de la lectura varios elementos que nos ayudaron a pensar tal dispositivo ya que si bien sabemos que no hay recetas ni técnicas sujetas al “manejo” del análisis se trata de una práctica rigurosa supeditada a ciertas directrices del analista. Aquí es donde se pone en juego su deseo como guía, para poder ir venciendo las resistencias.
El psicoanálisis se trata de una práctica de palabra dentro de un dispositivo donde se pretende que el analista actúe como espejo vacío al decir de Lacan, para poder dejar por fuera todo lo que corresponda a su persona y habilitar la aparición del sujeto del inconsciente que se manifiesta en acto, para que esta palabra advenga. Se trata del propio carácter evanescente que da cuenta de su eticidad. En el análisis el saber está en espera, siempre por venir, situado del lado del analizante, y se pone en juego cuando hablamos.
Creo que hay una confusión en creer que cuando se hace psicoanálisis se sabe a donde se va, “el psicoanálisis como todas las otras actividades humanas participa indiscutiblemente del abuso”.[1]
Se actúa como si se supiera algo, cuando en verdad el que sabe es el analizante, y el analista lejos de quedarse supeditado a la teoría, es colocado en posición de Sujeto Supuesto Saber permitiendo una dinámica de conexión en transferencia de inconsciente a inconsciente, donde la asociación libre se pone en marcha con el objetivo de no desechar ninguna ocurrencia por inapropiada o indiferente que parezca de acuerdo a la regla fundamental, y disponerse como analista a esperar la emergencia de algo del orden de la verdad que pueda ser sancionado en este marco, e interrogar al sujeto, involucrarlo en la pregunta sobre “lo que dice”, “sobre lo que quiere”.
Me parece necesario entender que lo que ordena el análisis es el manejo de la transferencia, y es el analista quién soporta y se presta a la transferencia, se ofrece como función, sin dejar de saber que ese lugar de sujeto supuesto saber que se le atribuye caerá al finalizar el análisis.
El deseo del analista es un deseo vivo, y es el analista quien responde a la transferencia como deseo, que solo funciona así en el marco de un análisis. Todos éstos son objetivos propuestos en las entrevistas preliminares.
Es este deseo el que dirige el análisis ya que permite al analista sostener la atención flotante, es decir no atender a nada, sino más bien permitir que algo se presente como sorpresivo, porque lo importante no es el contenido del discurso sino las vacilaciones, la escansiones, algún corte o ruptura, es decir disponerse a la escucha de las diferencias significantes.
Es necesario distinguir lo que es dicho en sesión al analista, que no se confunda con su persona, que no se lo atribuya, ya que esto obstaculiza el trabajo exponiéndose a involucrarse él mismo.
En esto consiste la neutralidad o la distancia que el analista debe mantener, aquello que se entiende por “estar en función”, actuando en cada análisis sin ideas preconcebidas y sin relación con sus propios significantes.
Se trata de que el analista se borre como sujeto y se ponga en lugar de objeto, ya que en el análisis hay un solo sujeto en juego: el analizante que es su resultado, su efecto.
Lo importante entonces es actuar frente a cada nuevo caso como único, sin prestarse a generalizaciones.
Por supuesto que es necesario tener en cuenta también lo que se entiende conceptualmente por contratranferencia (aquello que se ha trabajado también como resistencia al analista) se trata de un ruido en la atención flotante, la irrumpe, la altera, cosa que no debe pasársele por alto a ningún analista ya que es un fenómeno sobre el que es necesario interrogarse y ser llevado a su propio análisis. Sostiene Luis Vicente Miguelez[2] “el análisis es algo que importa a lo singular, a lo específico de cada analista, lo que hace de su función algo eficaz es que aquél pueda trabajar sobre su implicación en cada análisis. El arte singular con el que debemos contar no nos exime de pensar conceptualmente lo que hacemos espontáneamente”.
Cada análisis es diferente y único, ya que cada analista es uno diferente frente a cada paciente, por más que se trate del mismo analista. Se pueden poner en juego posiciones teóricas similares entre los diferentes profesionales, pero conservando su estilo propio. Se trata de experiencias siempre singulares.
Por otro lado me parece interesante poder rescatar las diferencias que se pueden marcar entre ciertos términos, que si bien son utilizados en muchos casos indistintamente en el discurso de la facultad, merece ser aclarado. El analista pueden intervenir de diferentes modos en un análisis, pero no todos ellas son entendidas como interpretaciones o construcciones. Es decir que una escansión o corte de sesión es una interrupción activa del analista que marca una puntuación en la sucesión de lo que se dice y consecuentemente agudiza la escucha del analizarte sobre su decir en una posteriori de la sesión. Se logra así un efecto de sentido que surge luego de tal puntuación, pero que no es un sentido cerrado, ni una significación sino que habilita a la frase siguiente ya que esta no debe ser saturada. Es por eso también que no podemos sostener un análisis con duración fijada de antemano, siendo esto muy importante para que un análisis llegue a su término.
Una intervención entonces se dirige a que un sujeto se decida a hablar y se implique en lo que dice. Podríamos decir que las intervenciones pueden hacerse por fuera de la transferencia, tal como sugiere M.Colovini “no necesariamente forma parte del acto analítico, puede prepararlo o ser consecuencia de aquel”.[3]
De modo diferente pensamos la interpretación que es aquel decir del analista que no puede quedar por fuera de la transferencia que puede ser posibilitada por ciertas intervenciones del mismo.
También es entendido por Freud “como lo que uno emprende con un elemento singular del material: una ocurrencia, una operación fallida, etc.”[4] además se considera que la prueba en el acierto de la interpretación es que el sujeto traiga un material que la confirme o que responda con una asociación que implique algo similar al contenido de la construcción, y aun así no en todos los casos.
Sostiene Freud que algunas de las corroboraciones mas fiables por parte del analizante son: “nunca se me habia cruzado por la cabeza”, o “no se me habia ocurrido nunca”.
Una construcción en cambio implica la presentación al sujeto de un fragmento de su historia olvidada. De todos modos una construcción puede ser entendida como correcta o no únicamente durante el transcurrir de un análisis y solo se plantea como una conjetura de acuerdo con Freud.
Aun así ninguna intervención por parte del analista debe quedar como un simple acto de intuición ya que si bien las interpretaciones no son pensadas ni preparadas ello no implica que no tenga fundamentos teóricos aún sin hacer de ellos recetas a seguir.
Por ultimo me parece importante comprender que el Psicoanálisis no se enseña, se trasmite, es por ello que no hay reglas ni pasos a seguir, a pesar de que Freud muchas veces refleja en sus escritos casi un intento de reglamentar o establecer leyes para el despliegue del dispositivo analítico. Se trata solo de estar allí y de disponerse a la escucha y su correlato en el paciente, es decir la producción de un decir inédito, el ejercicio de la palabra plena. Así lo manifiesta Lacan en una fórmula en el seminario 11: “el arte de escuchar equivale al del bien decir”.[5]
Queda claro entonces que el psicoanálisis es una práxis que no tiene que ser entendida como una práctica estandarizada, pero no quita que quien agencie de analista no reflexione sobre su quehacer, las consecuencias de su acto y que lleve adelante su propio análisis.
[1] LACAN, J. “Apertura de la Sección Clínica”, Página 42, Editorial Paidós.
[2] MIGUELEZ, L.V, “El Espacio Ectópico de la contratransferencia”, en III Encuentro Latinoamericano de los Estados Generales del Psicoanálisis.
[3] COLOVINI, M. “Dispositivos e Intervenciones”, Abril, 1997.
[4] FREUD, S. “Construcciones en Análisis” 1937, Página 262, Tomo XXI, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1979.
[5] LACAN, J. “Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis”, Seminario XI, Capítulo X, Página 129, Editorial Paidós, Año 1987.
Quería comenzar comentando que nuestro trabajo de cartel fue muy bueno y que posibilitó hacer de cada encuentro con mis compañeros espacios muy productivos de discusión y de lectura. Sin pretenciosos objetivos fueron surgiendo diferentes interrogantes, diferentes autores, nuevos acercamientos al tema y otras lecturas sugeridas que se fueron recortando de acuerdo a los intereses del grupo y luego contemplando ya los intereses particulares de cada uno. De igual modo fue un proceso largo, donde trabajamos mucho no sin algunas emociones encontradas.
La temática del dispositivo analítico me resulto interesante porque se pone directamente en relación con la preocupación respecto de la profesión, con la pregunta de cómo desenvolverme en un psicoanálisis. Por tanto, me pareció importante trabajar de este modo a través del dispositivo cartel para salir de este “ preocupación”, generar un movimiento que me permitiera pensar acompañadamente un abordaje clínico; que significó más bien “ocuparme”, implicarme, apropiarme de este espacio de investigación. Sin duda hay algo del deseo puesto allí.
Entre mis inquietudes me preguntaba como hacer para articular lo trabajado a lo largo de distintos años de paso por la facultad, las perspectivas de los diferentes autores o docentes, los diferentes lineamientos teóricos, etc., y todo lo que posibilita la formación, que entiendo no se limita a la universidad, sino más bien otros espacios y actividades que quedan por fuera. Todo ello con el objetivo de poder pensarme yo misma como analista, creo que en la misma pregunta pude encontrar acertadamente la respuesta: “el yo debe quedar por fuera”.
Tratamos de recorrer a través de la lectura varios elementos que nos ayudaron a pensar tal dispositivo ya que si bien sabemos que no hay recetas ni técnicas sujetas al “manejo” del análisis se trata de una práctica rigurosa supeditada a ciertas directrices del analista. Aquí es donde se pone en juego su deseo como guía, para poder ir venciendo las resistencias.
El psicoanálisis se trata de una práctica de palabra dentro de un dispositivo donde se pretende que el analista actúe como espejo vacío al decir de Lacan, para poder dejar por fuera todo lo que corresponda a su persona y habilitar la aparición del sujeto del inconsciente que se manifiesta en acto, para que esta palabra advenga. Se trata del propio carácter evanescente que da cuenta de su eticidad. En el análisis el saber está en espera, siempre por venir, situado del lado del analizante, y se pone en juego cuando hablamos.
Creo que hay una confusión en creer que cuando se hace psicoanálisis se sabe a donde se va, “el psicoanálisis como todas las otras actividades humanas participa indiscutiblemente del abuso”.[1]
Se actúa como si se supiera algo, cuando en verdad el que sabe es el analizante, y el analista lejos de quedarse supeditado a la teoría, es colocado en posición de Sujeto Supuesto Saber permitiendo una dinámica de conexión en transferencia de inconsciente a inconsciente, donde la asociación libre se pone en marcha con el objetivo de no desechar ninguna ocurrencia por inapropiada o indiferente que parezca de acuerdo a la regla fundamental, y disponerse como analista a esperar la emergencia de algo del orden de la verdad que pueda ser sancionado en este marco, e interrogar al sujeto, involucrarlo en la pregunta sobre “lo que dice”, “sobre lo que quiere”.
Me parece necesario entender que lo que ordena el análisis es el manejo de la transferencia, y es el analista quién soporta y se presta a la transferencia, se ofrece como función, sin dejar de saber que ese lugar de sujeto supuesto saber que se le atribuye caerá al finalizar el análisis.
El deseo del analista es un deseo vivo, y es el analista quien responde a la transferencia como deseo, que solo funciona así en el marco de un análisis. Todos éstos son objetivos propuestos en las entrevistas preliminares.
Es este deseo el que dirige el análisis ya que permite al analista sostener la atención flotante, es decir no atender a nada, sino más bien permitir que algo se presente como sorpresivo, porque lo importante no es el contenido del discurso sino las vacilaciones, la escansiones, algún corte o ruptura, es decir disponerse a la escucha de las diferencias significantes.
Es necesario distinguir lo que es dicho en sesión al analista, que no se confunda con su persona, que no se lo atribuya, ya que esto obstaculiza el trabajo exponiéndose a involucrarse él mismo.
En esto consiste la neutralidad o la distancia que el analista debe mantener, aquello que se entiende por “estar en función”, actuando en cada análisis sin ideas preconcebidas y sin relación con sus propios significantes.
Se trata de que el analista se borre como sujeto y se ponga en lugar de objeto, ya que en el análisis hay un solo sujeto en juego: el analizante que es su resultado, su efecto.
Lo importante entonces es actuar frente a cada nuevo caso como único, sin prestarse a generalizaciones.
Por supuesto que es necesario tener en cuenta también lo que se entiende conceptualmente por contratranferencia (aquello que se ha trabajado también como resistencia al analista) se trata de un ruido en la atención flotante, la irrumpe, la altera, cosa que no debe pasársele por alto a ningún analista ya que es un fenómeno sobre el que es necesario interrogarse y ser llevado a su propio análisis. Sostiene Luis Vicente Miguelez[2] “el análisis es algo que importa a lo singular, a lo específico de cada analista, lo que hace de su función algo eficaz es que aquél pueda trabajar sobre su implicación en cada análisis. El arte singular con el que debemos contar no nos exime de pensar conceptualmente lo que hacemos espontáneamente”.
Cada análisis es diferente y único, ya que cada analista es uno diferente frente a cada paciente, por más que se trate del mismo analista. Se pueden poner en juego posiciones teóricas similares entre los diferentes profesionales, pero conservando su estilo propio. Se trata de experiencias siempre singulares.
Por otro lado me parece interesante poder rescatar las diferencias que se pueden marcar entre ciertos términos, que si bien son utilizados en muchos casos indistintamente en el discurso de la facultad, merece ser aclarado. El analista pueden intervenir de diferentes modos en un análisis, pero no todos ellas son entendidas como interpretaciones o construcciones. Es decir que una escansión o corte de sesión es una interrupción activa del analista que marca una puntuación en la sucesión de lo que se dice y consecuentemente agudiza la escucha del analizarte sobre su decir en una posteriori de la sesión. Se logra así un efecto de sentido que surge luego de tal puntuación, pero que no es un sentido cerrado, ni una significación sino que habilita a la frase siguiente ya que esta no debe ser saturada. Es por eso también que no podemos sostener un análisis con duración fijada de antemano, siendo esto muy importante para que un análisis llegue a su término.
Una intervención entonces se dirige a que un sujeto se decida a hablar y se implique en lo que dice. Podríamos decir que las intervenciones pueden hacerse por fuera de la transferencia, tal como sugiere M.Colovini “no necesariamente forma parte del acto analítico, puede prepararlo o ser consecuencia de aquel”.[3]
De modo diferente pensamos la interpretación que es aquel decir del analista que no puede quedar por fuera de la transferencia que puede ser posibilitada por ciertas intervenciones del mismo.
También es entendido por Freud “como lo que uno emprende con un elemento singular del material: una ocurrencia, una operación fallida, etc.”[4] además se considera que la prueba en el acierto de la interpretación es que el sujeto traiga un material que la confirme o que responda con una asociación que implique algo similar al contenido de la construcción, y aun así no en todos los casos.
Sostiene Freud que algunas de las corroboraciones mas fiables por parte del analizante son: “nunca se me habia cruzado por la cabeza”, o “no se me habia ocurrido nunca”.
Una construcción en cambio implica la presentación al sujeto de un fragmento de su historia olvidada. De todos modos una construcción puede ser entendida como correcta o no únicamente durante el transcurrir de un análisis y solo se plantea como una conjetura de acuerdo con Freud.
Aun así ninguna intervención por parte del analista debe quedar como un simple acto de intuición ya que si bien las interpretaciones no son pensadas ni preparadas ello no implica que no tenga fundamentos teóricos aún sin hacer de ellos recetas a seguir.
Por ultimo me parece importante comprender que el Psicoanálisis no se enseña, se trasmite, es por ello que no hay reglas ni pasos a seguir, a pesar de que Freud muchas veces refleja en sus escritos casi un intento de reglamentar o establecer leyes para el despliegue del dispositivo analítico. Se trata solo de estar allí y de disponerse a la escucha y su correlato en el paciente, es decir la producción de un decir inédito, el ejercicio de la palabra plena. Así lo manifiesta Lacan en una fórmula en el seminario 11: “el arte de escuchar equivale al del bien decir”.[5]
Queda claro entonces que el psicoanálisis es una práxis que no tiene que ser entendida como una práctica estandarizada, pero no quita que quien agencie de analista no reflexione sobre su quehacer, las consecuencias de su acto y que lleve adelante su propio análisis.
[1] LACAN, J. “Apertura de la Sección Clínica”, Página 42, Editorial Paidós.
[2] MIGUELEZ, L.V, “El Espacio Ectópico de la contratransferencia”, en III Encuentro Latinoamericano de los Estados Generales del Psicoanálisis.
[3] COLOVINI, M. “Dispositivos e Intervenciones”, Abril, 1997.
[4] FREUD, S. “Construcciones en Análisis” 1937, Página 262, Tomo XXI, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 1979.
[5] LACAN, J. “Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis”, Seminario XI, Capítulo X, Página 129, Editorial Paidós, Año 1987.
sábado, 11 de octubre de 2008
:: “A veces te amo y a veces te odio…”
CECILIA MOSQUERA
Pensar en la transferencia me lleva a pensar en aquellas cosas que…
hacen a la posibilidad del análisis, a los obstáculos, a las rupturas, a continuar, a andar caminos y desandarlos, a repetir sin diferencias, a marcar diferencias, a buscar respuestas, a obtener preguntas, a no entender nada, a sentir de todo, a callar fantasías, a decir engaños, a culpabilizar a otros, a responsabilizarme en algo, a enojarme con verdades que el otro tiene para decir en el momento en que puedo escucharlas, a perder la mirada como objeto pulsional para pegar un salto simbólico a lo simbólico, donde la lógica significante adquiere cierto protagonismo, donde la historia propia se hace propia por apropiación, donde la miserias afloran, las imposibilidades se corren, las posibilidades se corren a veces también; repetir para él (el analista), para contarle a él, para sufrir yo, para gozar de un sufrimiento, para sentir la culpa de sentir amor y también odio.
Y cuando me pongo a pensar en la transferencia y en la pulsión de muerte, no sé si se ayudan, si se repulsan, no sé si una es causa o consecuencia de la otra… teorizar acerca de la transferencia me conecta con una experiencia, difícil pero nombrable, aunque muchas veces ininteligible. Teorizar acerca de la pulsión de muerte me lleva a la total abstracción y a enredarme y entreverarme entre sentidos, preguntas, entendimiento y desconocimiento… al hablar sobre ambas, lo inconciente aflora, irrumpe sorpresivamente, sin aviso previo… y me dejo llevar… la única manera de hacer surgir algo más allá. El sentido de la teorización es que a partir de allí alguien va a leer una clínica y va a ponerla en práctica.
Me aventuro a teorizar para pensar una clínica posible pero estoy segura de que la clínica no es sin teoría y la teoría no es sin clínica. Por lo tanto, esto es aventura.
Cuando comencé a pensar en la pregunta que me surgía a partir del trabajo en el cartel, quise ahondar en la relación de la transferencia con la Pulsión de Muerte. Mi disparador fue el acceder de manera anecdótica, al conocimiento del caso de Sabina Spielrein y la importancia de sus teorizaciones para el psicoanálisis. Por ello, leí un escrito titulado “La destrucción como causa del devenir (1912)”, en el que sitúa a la pulsión de muerte en íntima relación con el devenir de la vida. Pensé en titular este escrito “La pulsión de muerte como causa de la transferencia”, pero dudé de llegar a tener la claridad suficiente como para sostenerlo, así que desistí.
En las teorizaciones acerca de la dualidad pulsional de Freud, hay bastantes elementos como para extraviarse y no entender demasiado. Frente a las hipótesis de una única pulsión (de muerte) y otra pulsión devenida de ella (de vida) me queda la duda de si se respeta o no esa dualidad que, en los principios, hizo pelear a Freud con algunos estudiosos del psicoanálisis. Pero si la teoría es parte de la clínica y vuelve a ella, tal vez la práctica esté refutando
la teoría. Y, como dijo Freud, la teoría surge de la práctica y la clínica no debe ajustarse forzadamente a la teoría.
Hay una lectura que hace Norberto Rabinovich en la que afirma que Lacan no conserva la dualidad pulsional: “…que [Lacan] haya desarrollado sólo una fórmula [el matema de la pulsión] para la pulsión pone en evidencia que desecha la concepción freudiana del dualismo pulsional”[1]. Y este tema se remonta aun más: en el Proyecto de una psicología para neurólogos, Freud hablaría de una pulsión y otra devenida de la primera.
Los puntos entre la pulsión y la transferencia tocan a la repetición, a la reacción terapéutica negativa, al goce y al síntoma neurótico. La pregunta que quisiera abordar, entonces, la planteo así: ¿Por qué, estando en análisis, al hablar del deseo se siente culpa? ¿Actúa allí la pulsión de muerte, digo, detrás de ese sentimiento de culpa?
Finalmente, pienso: ¿cómo abordar a la pulsión misma si no haciendo lo que ella hace: bordear el objeto? “La satisfacción no se obtiene alcanzando el objeto sino en el trayecto mismo”[2].
Freud, en “El yo y el ello (1923)”, nos habla de la reacción terapéutica negativa como la resistencia más poderosa a la cura, de parte del enfermo. En aquellos momentos en que se logran algunos cambios o corrimientos subjetivos, implicancia, si se quiere, aparece algo que hace retroceder unos cuantos pasos. Hay un sentimiento de culpa que se siente como enfermedad y que parece pretender perpetuar al paciente en ese sentimiento de enfermedad (¿inermidad?). Freud también dice que es la alianza entro el yo y el superyo donde reside la mayor resistencia a la finalización de la cura analítica. Y si Freud ubica en el superyo a la pulsión de muerte, sigue en pie la pregunta acerca de si actúa la pulsión de muerte cuando, al hablar del deseo, se siente culpa.
Pulsión de muerte que nos marca un camino hacia la muerte, porque las horas pasan y se acortan los trechos; pero, ¿es ésta sólo la causante de este malestar o puede estar actuando también en la búsqueda incesante que lo lleva a uno a vivir?
Retomando la pregunta planteada, mi intención es hacer un recorrido por los conceptos de repetición y compulsión a la repetición, para luego, poder situar algo del goce en la repetición, en el no cesar de no inscribirse; la necesidad del desarrollo de angustia para ligar la energía libre a un representante, la relación de la pulsión de muerte con el deseo, con el devenir y la destrucción.
En la nota introductoria del texto “más allá del principio del placer 1920”, Strachey cita al texto “Lo ominoso”, donde Freud hablaría de una compulsión a la repetición como un fenómeno manifiesto en la conducta de los niños y en el tratamiento psicoanalítico. Sugiere que deriva de la naturaleza más íntima de las pulsiones y declara que es lo suficientemente poderosa como para hacer caso omiso del principio del placer. Me parece importante abordar este punto
porque es a partir del planteamiento de un más allá del principio del placer que Freud teoriza acerca de la pulsión de muerte y su oposición a la pulsión de vida. Freud sitúa a los sueños traumáticos en un más allá del principio del placer. La característica que presentan, de la compulsión a la repetición, tiene el carácter de una pulsión. Allí plantea la dicotomía Eros- pulsión de muerte. Se presenta, así, el problema de la destructividad (¿la destructividad como causa del devenir?).
Freud habla de que es incorrecto hablar de un imperio del principio del placer sobre el decurso de los procesos anímicos. De todas maneras, no todas las fuentes del displacer contradicen al principio del placer. Entonces, comienza a analizar la reacción anímica frente al peligro exterior. Habla de dos fuentes que sí lo contradicen: 1) los sueños de neurosis traumáticas, en los que estaría ó afectada la función del sueño ó habría una tendencia masoquista del yo; y 2) el juego infantil, donde observó el juego de su nieto, que hacía desaparecer un carretel y lo volvía a aparecer, pero que el primer acto, era repetido por sí solo incansablemente, aunque el mayor placer correspondiera al segundo acto.
Luego, agrega que en transferencia el enfermo puede no recordar lo reprimido- y de hecho no lo recuerda-. Por lo tanto, se ve forzado a repetirlo como vivencia presente. Esta reproducción que emerge con fidelidad no deseada, tiene por contenido un fragmento de la vida sexual infantil, el complejo de Edipo y se juega en el terreno de la transferencia: en la instalación de la neurosis de transferencia. Las resistencias que se suscitan, entonces, no provienen de lo inconciente, que quiere ser revelado, sino del núcleo inconciente del yo. La compulsión a la repetición estaría más allá del principio del pacer. Este sería más pulsional que el principio del placer y lo que busca es el desarrollo de angustia para intentar ligar esa energía que ha quedado libre de representante y por lo tanto, no ha podido tramitarse.
La compulsión de repetición, entonces, tendría un carácter pulsional y demoníaco. La pulsión sería ese esfuerzo inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas. La pulsión tendría un carácter conservador, por un lado, y de creación y progreso, por el otro. Aunque en la distinción: pulsión de vida- pulsión de muerte, ambas son conservadoras. El camino hacia la satisfacción de la pulsión es obstruido por las resistencias en virtud de las cuales las represiones se mantienen en pie. No queda más que avanzar por la otra dirección del desarrollo, sin perspectiva de clausurar la marcha ni de alcanzar la meta. Me pregunto si esto no tendrá que ver con tener que renunciar al goce para recuperar algo del mismo por medio de la ley del deseo…
Hay un punto interesante, planteado por Norberto Rabinovich, que me gustaría retomar para pensar la pulsión de muerte. “La pulsión, según él mismo [Freud] explicó, es una tendencia específica de un sujeto y no debe ser confundida con una tendencia del organismo. Por consiguiente, cuando la muerte es planteada como el fin de goce de la pulsión, a dicha muerte es preciso concebirla en el ámbito de la subjetividad. Lo que la caracteriza no se apoya en el cese de los signos vitales, sino en una experiencia subjetiva traumática del orden del desfallecimiento o disolución de los límites del ser, es decir, una experiencia que implica la pérdida de la consistencia imaginaria del yo o, como un equivalente, la pérdida subjetiva de la integridad del ser corporal.
(…)Es preciso entonces postular, en el origen de la repetición de la pulsión llamada ‘de muerte’ por Freud, un trauma, un trauma propio de la estructura del sujeto y no del viviente. Lo que la pulsión busca reeditar es un trauma originario y, por consiguiente, cernimos el ámbito del automatismo de repetición (Wiederholungszwang), en la reedición de un evento subjetivo del orden de la castración”[3]. La pulsión de muerte, pensada desde el inicio, podría tomarse como la transformación de la propia muerte que introduce la acción específica de la vivencia de satisfacción. Esta pulsión sale a la búsqueda de la acción específica, para satisfacer una necesidad [perdida], que sería un deseo de Otro, que se presenta como demanda. La acción que realiza el Otro, esto de recubrir con su deseo, introduce la pulsión de vida. En la transferencia puede entenderse que la pulsión busca al Otro, una vez perdida la necesidad, para satisfacer un deseo. Puede intentarse pensar a la pulsión como pulsión de muerte, devenida en pulsión de vida por la introducción del deseo del Otro.
En el escrito ya mencionado de Sabina Spielrein, ella plantea que ser fecundo significa destruirse, pero si esta destrucción se pone al servicio de la nueva criatura, entonces el individuo la desea. Habría en nosotros fuerzas instintivas que, indiferentes al bienestar o al malestar del yo, ponen en movimiento nuestra vida psíquica. El placer sería simplemente una reacción de aceptación del yo a esas exigencias que brotan de lo profundo, y podemos experimentar directamente placer en el dolor. Habría algo en nosotros que desea esta auto- lesión. Y continúa más adelante diciendo que los deseos específicos que viven en nosotros no se corresponden en absoluto con los deseos del yo, y que junto al deseo de inercia existe en nosotros un deseo de transformación. Buscamos lo que se parece a nosotros, aquello en lo cual la partícula del yo puede disolverse. Y ¿qué significa esta disolución sino la muerte? Sólo logramos convertirnos nosotros mismos en el objeto de nuestra propia libido, con la autodestrucción que eso conlleva. Habría un componente destructivo en el instinto de reproducción. Poco a poco, el instinto de destrucción insatisfecho contenido en el instinto de reproducción aumenta la tensión, produciendo al mismo tiempo fantasías de muerte más concretas o más sublimadas. Finalmente me interesa la referencia que hace a lo que sucede en la neurosis, ella dice que en esta predomina el componente destructivo, que se manifiesta en todos los síntomas de la resistencia contra la vida y el destino natural. Aquí se me ocurre la resistencia que puede oponer la pulsión de muerte en la transferencia; resistencia a la cura, algo en articulación con la reacción terapéutica negativa.
Para empezar a pensar a la pulsión de muerte en la transferencia, voy a comenzar sintéticamente por el recorrido que hace Lacan del concepto. Él sitúa -en relación a la transferencia- algo de una transmisión de poderes del sujeto al Otro (lugar de la palabra, virtualmente, lugar de la verdad). Sin embargo, más detenidamente, uno se encuentra con que en la transferencia surgen las más importantes resistencias: “Ese momento, en Freud, no es simplemente el momento límite que corresponde a lo que designé como el momento de cierre del inconciente, pulsación temporal que lo hace desaparecer en cierto punto de su enunciado. Freud, cuando introduce la función de la transferencia, se esmera en señalar ese momento como causa de lo que llamamos transferencia. El Otro, latente o no, está presente desde antes, en la revelación subjetiva. Ya está presente cuando ha empezado a asomar algo del inconciente.” Esto significa que el gran Otro ya está presente cada vez que el inconciente se abre. Y más adelante dice: “(…) la transferencia es esencialmente resistente. Es el medio por el cual se interrumpe la comunicación del inconciente, por el que el inconciente se vuelve a cerrar. Lejos de ser el momento de la transmisión de poderes al inconciente, la transferencia es, al contrario, su cierre”[4]. Entonces, Lacan dice que se debe tomar a la transferencia como un nudo. Un nudo que va a tener que ver con el momento de la interpretación y con el análisis de la transferencia. Analizar los deseos en juego en la transferencia. Ya que la transferencia es, para Lacan, la puesta en acto de la realidad del inconciente. Y la realidad del inconciente no es sino sexualidad y muerte. La vida conlleva en sí la muerte. La vida de la especie subsiste en sus individuos pero estos deben morir. Así se percibe el lazo del sexo con la muerte. El deseo que se va a poner en juego en la transferencia será el deseo del analista. El deseo que sostenga la posición del analista y que introduzca la dimensión ética: hacer lo que hay que hacer. Evadir el análisis de la transferencia puede llevar a un falso final de análisis, relacionado a la Identificación al analista.
¿Por qué, Lacan, se preocupa en el Seminario XI de diferenciar y no confundir repetición de transferencia? Tal vez, se ha podido leer, en alguna traducción de las obras de Freud, que en transferencia el paciente repite. Es necesario leer que en toda repetición hay un cambio: el que introduce la pulsión de muerte, por acercarnos a la muerte. Pero además: “(…) la transferencia no es por sí sola un modo operatorio suficiente si se la confunde con la eficacia de la repetición, con la restauración de lo que está escondido en el inconciente y aun con la catarsis de los elementos inconcientes”[5]. Es interesante la idea de Lacan de hacer una revisión crítica de los conceptos y de su utilización en la clínica, ya que de eso parte la fundamentación y la lectura de dicha clínica. Por eso, al ir analizando los que considera como conceptos fundamentales- transferencia, pulsión, repetición e inconciente- está intentando una reflexión ética: implica el hecho de reflexionar acerca de la práctica y no solamente aplicar conceptos y técnicas.
En cuanto a lo que posibilita y obtura la transferencia, Lacan va a hablar del amor, del engaño en el escenario del amor (como el escenario más propicio para que surja el engaño) y del odio. La estructura de la dimensión del amor es la que la transferencia nos da la oportunidad de ilustrar “(…) persuadiendo al otro de que tiene lo que puede completarnos, nos aseguramos precisamente de que podemos seguir ignorando qué nos falta”[6]. Este sería el círculo engañoso del amor que, en algún punto, hace que no cesemos de no preguntarnos por el deseo.
Y que, cuando finalmente nos preguntamos por el deseo, lo que sentimos es culpa, resistencias, repeticiones que no dejan de acosarnos pero que no dejamos de realizar. Repetición hasta el hartazgo con tal de no inaugurar una pregunta por el deseo. Me pregunto si se pone en juego algo del goce y me sirvo del citado texto de Rabinovich para intentar una articulación. El sujeto se encuentra profundamente dividido ante el goce: busca alcanzarlo y se protege de su proximidad. Por eso, cuando accede a él, es a través de un acto que generalmente está comandado por un impulso inconciente, no controlable, como sucede en el síntoma. En estos casos, el impulso no evita el peligro sino que transgrede las barreras de seguridad y, por consiguiente, el goce es alcanzado al unísono con la consumación del peligro. El sujeto encuentra el goce en el lugar en que se produce un trauma.
El goce y su contratara, el displacer, por lo general no se muestran simultáneamente. El sujeto se siente desdichado o culpable por haber gozado y tiene, sobre el goce experimentado, un manto de olvido. Otras veces, la conciencia ignora que una situación dolorosa es el disfraz visible de un goce alcanzado. Como muestra la estructura de los síntomas, el sujeto sufre con su síntoma sin advertir que ahí goza.
Freud descubrió un principio general que guía y regula los comportamientos del sujeto en su búsqueda de satisfacción, el “principio del placer”. Lo más significativo de este principio es que recorta y descarta un campo donde el placer sería excesivo, y al que el sujeto no puede acceder por resultarlo angustiante, imposible o prohibido. Ese resto más allá del principio del placer ciñe precisamente el campo central del goce[7].
Más adelante, habla sobre la resistencia a la cura y dice que la alienación del sujeto al lenguaje se teje a través del discurso concreto expresado a viva voz por el Otro. La voz de la conciencia, imperativa, que reclama obediencia y sometimiento. Cuanto más incuestionable y sometedora se presente la voz del mandato, más sólidamente queda el sujeto sujetado al Otro, al goce del Otro. Por ello, en los momentos de caída de este objeto, el vacío que se revela en el lugar del Otro confronta al sujeto con el más profundo sentimiento de desamparo. En sus últimas obras, Freud subrayó que en la alianza entre el yo y el superyo reside la más importante resistencia a la finalización de la cura analítica. Lacan agregó que dicho final sólo es posible en la medida que se efectúe la evacuación definitiva de la función de la voz como tapón de la castración en el Otro[8].
Entiendo que en la transferencia, se ponen en juego los modos de relación con Otro que lleva a posibilitar algunas elaboraciones traumáticas de la vida del sujeto, como también a obstaculizar la palabra, a cerrar el inconciente por esa relación misma de amor y odio que se establece con el Otro. La repetición aparece en el terreno de la transferencia, y con esto no estoy sustituyendo un concepto por otro, simplemente, en transferencia el sujeto puede llegar a leer algo de esa repetición que tal vez fuera de análisis pase desapercibida. En la repetición está en juego la pulsión, y más específicamente, la pulsión de muerte. Aquella que pretende alcanzar un goce en el más allá del principio del placer, condenando al sujeto a la culpa y al taponamiento de la castración del Otro. La pregunta del deseo sólo podrá sostenerse a partir de la castración asumida y el ingreso a las leyes del deseo. Así y todo, las pulsiones no podrían neutralizarse, las pulsiones empujan a la vida y a la muerte simultáneamente. Con la introducción de lo simbólico, de un significante, puede llegar a acotarse la angustia. El analista puede donar el espacio para que el sujeto emerja como efecto de significantes.
Para finalizar: a partir del recorrido emprendido por el Cartel de Transferencia, he podido encontrarme inmersa en relaciones que hacían a un trabajo común, a intereses compartidos, a disidencias en opiniones y puntos de vista, a marcas singulares dentro de lo grupal. Las reuniones, continuas al principio y esporádicas luego, fueron propicias para generar interrogantes diversos entre los integrantes y, también, algunas controversias que hacen al modo en que cada uno pudo con un vacío que muchas veces cuesta apropiárselo, para que sea realmente posibilitador. Nos vimos envueltos en relaciones de transferencia: con sus posibilidades y sus obstáculos.
Lo que se repitió, encuentro tras encuentro, fue un interés por las vicisitudes de la vida personal de Freud y también de Lacan. Fue algo muy recurrente, pero mi pregunta quizá no iba tanto por ese lado.
Como dije al principio, lo que me movilizó fue la teorización de la pulsión de muerte en relación con la transferencia: pensando en aquellos sucesos que un analizante puede llegar a repetir hasta el cansancio, primero sin noción de la repetición misma; y más tardíamente, pura compulsión, no poder cesar de hacerlo.
Considero que el recorrido teórico que propongo para abordar mis preguntas puede parecer cotado, y de hecho lo es, pero pretendo con él hacer camino. Un camino que empiezo a recorrer por aquí, con estos interrogantes, pero que se irá haciendo mientras vaya andando.
Bibliografía
*FREUD, Sigmund: “Proyecto de una Psicología para Neurólogos (1895)” Obras Completas Biblioteca Nueva, Tomo I. Madrid, 1996.
*FREUD, Sigmund: “Dinámica de la transferencia (1912)” Obras Completas Biblioteca Nueva Tomo II. Madrid, 1996.
*FREUD, Sigmund: “Más allá del principio del placer (1920)” Obras Completas Biblioteca Nueva Tomo III. Madrid, 1996.
*FREUD, Sigmund: “El yo y el Ello (1923)” Obras Completas Biblioteca Nueva Tomo III. Madrid, 1996.
*KAIT, Graciela: “Sujeto y Fantasma. Una introducción a su estructura”. Ed. Fundación Ross. Rosario. 2000
*LACAN, Jacques: “Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”. Paidós. 13ª reimpresión, Bs. As. 2006.
*RABINOVICH, Norberto: “Lágrimas de lo real. Un estudio sobre el goce” Ed. Homo Sapiens. Rosario. 2007
*SPIELREIN, Sabina: “La destrucción como causa del devenir” (Jb. Psychoanal Psychopath. Forsch., 4, 465, 1912). Título Original: “Die Destruktion als Ursache des Werdens”. Traducción del alemán al italiano de Di Nico, 1977. Traducción del italiano al español de Inés Arteaga. Agradecemos a Carolina Hermo la posibilidad de publicar este interesantísimo material.
[1] Rabinovich, N. “Lágrimas de lo real. Un estudio sobre el goce” Homo Sapiens. Rosario. 2007. Pág. 59.
[2] Kait, G.: “Sujeto y fantasma. Una introducción a su estructura”. Ed. Fundación Ross. Rosario. 2000. Pág.78.
[3] Rabinovich, N.: “Lágrimas de lo real. Un estudio sobre el goce” Homo Sapiens. Rosario. 2007. Págs. 25 y 26.
[4] Ídem. Pág. 136.
[5] Lacan, J.: “Seminario XI”. Pág. 135
[6] Ídem. Pág. 139.
[7] Rabinovich, N. Pág. 13.
[8] Ídem. Pág. 52.
Pensar en la transferencia me lleva a pensar en aquellas cosas que…
hacen a la posibilidad del análisis, a los obstáculos, a las rupturas, a continuar, a andar caminos y desandarlos, a repetir sin diferencias, a marcar diferencias, a buscar respuestas, a obtener preguntas, a no entender nada, a sentir de todo, a callar fantasías, a decir engaños, a culpabilizar a otros, a responsabilizarme en algo, a enojarme con verdades que el otro tiene para decir en el momento en que puedo escucharlas, a perder la mirada como objeto pulsional para pegar un salto simbólico a lo simbólico, donde la lógica significante adquiere cierto protagonismo, donde la historia propia se hace propia por apropiación, donde la miserias afloran, las imposibilidades se corren, las posibilidades se corren a veces también; repetir para él (el analista), para contarle a él, para sufrir yo, para gozar de un sufrimiento, para sentir la culpa de sentir amor y también odio.
Y cuando me pongo a pensar en la transferencia y en la pulsión de muerte, no sé si se ayudan, si se repulsan, no sé si una es causa o consecuencia de la otra… teorizar acerca de la transferencia me conecta con una experiencia, difícil pero nombrable, aunque muchas veces ininteligible. Teorizar acerca de la pulsión de muerte me lleva a la total abstracción y a enredarme y entreverarme entre sentidos, preguntas, entendimiento y desconocimiento… al hablar sobre ambas, lo inconciente aflora, irrumpe sorpresivamente, sin aviso previo… y me dejo llevar… la única manera de hacer surgir algo más allá. El sentido de la teorización es que a partir de allí alguien va a leer una clínica y va a ponerla en práctica.
Me aventuro a teorizar para pensar una clínica posible pero estoy segura de que la clínica no es sin teoría y la teoría no es sin clínica. Por lo tanto, esto es aventura.
Cuando comencé a pensar en la pregunta que me surgía a partir del trabajo en el cartel, quise ahondar en la relación de la transferencia con la Pulsión de Muerte. Mi disparador fue el acceder de manera anecdótica, al conocimiento del caso de Sabina Spielrein y la importancia de sus teorizaciones para el psicoanálisis. Por ello, leí un escrito titulado “La destrucción como causa del devenir (1912)”, en el que sitúa a la pulsión de muerte en íntima relación con el devenir de la vida. Pensé en titular este escrito “La pulsión de muerte como causa de la transferencia”, pero dudé de llegar a tener la claridad suficiente como para sostenerlo, así que desistí.
En las teorizaciones acerca de la dualidad pulsional de Freud, hay bastantes elementos como para extraviarse y no entender demasiado. Frente a las hipótesis de una única pulsión (de muerte) y otra pulsión devenida de ella (de vida) me queda la duda de si se respeta o no esa dualidad que, en los principios, hizo pelear a Freud con algunos estudiosos del psicoanálisis. Pero si la teoría es parte de la clínica y vuelve a ella, tal vez la práctica esté refutando
la teoría. Y, como dijo Freud, la teoría surge de la práctica y la clínica no debe ajustarse forzadamente a la teoría.
Hay una lectura que hace Norberto Rabinovich en la que afirma que Lacan no conserva la dualidad pulsional: “…que [Lacan] haya desarrollado sólo una fórmula [el matema de la pulsión] para la pulsión pone en evidencia que desecha la concepción freudiana del dualismo pulsional”[1]. Y este tema se remonta aun más: en el Proyecto de una psicología para neurólogos, Freud hablaría de una pulsión y otra devenida de la primera.
Los puntos entre la pulsión y la transferencia tocan a la repetición, a la reacción terapéutica negativa, al goce y al síntoma neurótico. La pregunta que quisiera abordar, entonces, la planteo así: ¿Por qué, estando en análisis, al hablar del deseo se siente culpa? ¿Actúa allí la pulsión de muerte, digo, detrás de ese sentimiento de culpa?
Finalmente, pienso: ¿cómo abordar a la pulsión misma si no haciendo lo que ella hace: bordear el objeto? “La satisfacción no se obtiene alcanzando el objeto sino en el trayecto mismo”[2].
Freud, en “El yo y el ello (1923)”, nos habla de la reacción terapéutica negativa como la resistencia más poderosa a la cura, de parte del enfermo. En aquellos momentos en que se logran algunos cambios o corrimientos subjetivos, implicancia, si se quiere, aparece algo que hace retroceder unos cuantos pasos. Hay un sentimiento de culpa que se siente como enfermedad y que parece pretender perpetuar al paciente en ese sentimiento de enfermedad (¿inermidad?). Freud también dice que es la alianza entro el yo y el superyo donde reside la mayor resistencia a la finalización de la cura analítica. Y si Freud ubica en el superyo a la pulsión de muerte, sigue en pie la pregunta acerca de si actúa la pulsión de muerte cuando, al hablar del deseo, se siente culpa.
Pulsión de muerte que nos marca un camino hacia la muerte, porque las horas pasan y se acortan los trechos; pero, ¿es ésta sólo la causante de este malestar o puede estar actuando también en la búsqueda incesante que lo lleva a uno a vivir?
Retomando la pregunta planteada, mi intención es hacer un recorrido por los conceptos de repetición y compulsión a la repetición, para luego, poder situar algo del goce en la repetición, en el no cesar de no inscribirse; la necesidad del desarrollo de angustia para ligar la energía libre a un representante, la relación de la pulsión de muerte con el deseo, con el devenir y la destrucción.
En la nota introductoria del texto “más allá del principio del placer 1920”, Strachey cita al texto “Lo ominoso”, donde Freud hablaría de una compulsión a la repetición como un fenómeno manifiesto en la conducta de los niños y en el tratamiento psicoanalítico. Sugiere que deriva de la naturaleza más íntima de las pulsiones y declara que es lo suficientemente poderosa como para hacer caso omiso del principio del placer. Me parece importante abordar este punto
porque es a partir del planteamiento de un más allá del principio del placer que Freud teoriza acerca de la pulsión de muerte y su oposición a la pulsión de vida. Freud sitúa a los sueños traumáticos en un más allá del principio del placer. La característica que presentan, de la compulsión a la repetición, tiene el carácter de una pulsión. Allí plantea la dicotomía Eros- pulsión de muerte. Se presenta, así, el problema de la destructividad (¿la destructividad como causa del devenir?).
Freud habla de que es incorrecto hablar de un imperio del principio del placer sobre el decurso de los procesos anímicos. De todas maneras, no todas las fuentes del displacer contradicen al principio del placer. Entonces, comienza a analizar la reacción anímica frente al peligro exterior. Habla de dos fuentes que sí lo contradicen: 1) los sueños de neurosis traumáticas, en los que estaría ó afectada la función del sueño ó habría una tendencia masoquista del yo; y 2) el juego infantil, donde observó el juego de su nieto, que hacía desaparecer un carretel y lo volvía a aparecer, pero que el primer acto, era repetido por sí solo incansablemente, aunque el mayor placer correspondiera al segundo acto.
Luego, agrega que en transferencia el enfermo puede no recordar lo reprimido- y de hecho no lo recuerda-. Por lo tanto, se ve forzado a repetirlo como vivencia presente. Esta reproducción que emerge con fidelidad no deseada, tiene por contenido un fragmento de la vida sexual infantil, el complejo de Edipo y se juega en el terreno de la transferencia: en la instalación de la neurosis de transferencia. Las resistencias que se suscitan, entonces, no provienen de lo inconciente, que quiere ser revelado, sino del núcleo inconciente del yo. La compulsión a la repetición estaría más allá del principio del pacer. Este sería más pulsional que el principio del placer y lo que busca es el desarrollo de angustia para intentar ligar esa energía que ha quedado libre de representante y por lo tanto, no ha podido tramitarse.
La compulsión de repetición, entonces, tendría un carácter pulsional y demoníaco. La pulsión sería ese esfuerzo inherente a lo orgánico vivo, de reproducción de un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas. La pulsión tendría un carácter conservador, por un lado, y de creación y progreso, por el otro. Aunque en la distinción: pulsión de vida- pulsión de muerte, ambas son conservadoras. El camino hacia la satisfacción de la pulsión es obstruido por las resistencias en virtud de las cuales las represiones se mantienen en pie. No queda más que avanzar por la otra dirección del desarrollo, sin perspectiva de clausurar la marcha ni de alcanzar la meta. Me pregunto si esto no tendrá que ver con tener que renunciar al goce para recuperar algo del mismo por medio de la ley del deseo…
Hay un punto interesante, planteado por Norberto Rabinovich, que me gustaría retomar para pensar la pulsión de muerte. “La pulsión, según él mismo [Freud] explicó, es una tendencia específica de un sujeto y no debe ser confundida con una tendencia del organismo. Por consiguiente, cuando la muerte es planteada como el fin de goce de la pulsión, a dicha muerte es preciso concebirla en el ámbito de la subjetividad. Lo que la caracteriza no se apoya en el cese de los signos vitales, sino en una experiencia subjetiva traumática del orden del desfallecimiento o disolución de los límites del ser, es decir, una experiencia que implica la pérdida de la consistencia imaginaria del yo o, como un equivalente, la pérdida subjetiva de la integridad del ser corporal.
(…)Es preciso entonces postular, en el origen de la repetición de la pulsión llamada ‘de muerte’ por Freud, un trauma, un trauma propio de la estructura del sujeto y no del viviente. Lo que la pulsión busca reeditar es un trauma originario y, por consiguiente, cernimos el ámbito del automatismo de repetición (Wiederholungszwang), en la reedición de un evento subjetivo del orden de la castración”[3]. La pulsión de muerte, pensada desde el inicio, podría tomarse como la transformación de la propia muerte que introduce la acción específica de la vivencia de satisfacción. Esta pulsión sale a la búsqueda de la acción específica, para satisfacer una necesidad [perdida], que sería un deseo de Otro, que se presenta como demanda. La acción que realiza el Otro, esto de recubrir con su deseo, introduce la pulsión de vida. En la transferencia puede entenderse que la pulsión busca al Otro, una vez perdida la necesidad, para satisfacer un deseo. Puede intentarse pensar a la pulsión como pulsión de muerte, devenida en pulsión de vida por la introducción del deseo del Otro.
En el escrito ya mencionado de Sabina Spielrein, ella plantea que ser fecundo significa destruirse, pero si esta destrucción se pone al servicio de la nueva criatura, entonces el individuo la desea. Habría en nosotros fuerzas instintivas que, indiferentes al bienestar o al malestar del yo, ponen en movimiento nuestra vida psíquica. El placer sería simplemente una reacción de aceptación del yo a esas exigencias que brotan de lo profundo, y podemos experimentar directamente placer en el dolor. Habría algo en nosotros que desea esta auto- lesión. Y continúa más adelante diciendo que los deseos específicos que viven en nosotros no se corresponden en absoluto con los deseos del yo, y que junto al deseo de inercia existe en nosotros un deseo de transformación. Buscamos lo que se parece a nosotros, aquello en lo cual la partícula del yo puede disolverse. Y ¿qué significa esta disolución sino la muerte? Sólo logramos convertirnos nosotros mismos en el objeto de nuestra propia libido, con la autodestrucción que eso conlleva. Habría un componente destructivo en el instinto de reproducción. Poco a poco, el instinto de destrucción insatisfecho contenido en el instinto de reproducción aumenta la tensión, produciendo al mismo tiempo fantasías de muerte más concretas o más sublimadas. Finalmente me interesa la referencia que hace a lo que sucede en la neurosis, ella dice que en esta predomina el componente destructivo, que se manifiesta en todos los síntomas de la resistencia contra la vida y el destino natural. Aquí se me ocurre la resistencia que puede oponer la pulsión de muerte en la transferencia; resistencia a la cura, algo en articulación con la reacción terapéutica negativa.
Para empezar a pensar a la pulsión de muerte en la transferencia, voy a comenzar sintéticamente por el recorrido que hace Lacan del concepto. Él sitúa -en relación a la transferencia- algo de una transmisión de poderes del sujeto al Otro (lugar de la palabra, virtualmente, lugar de la verdad). Sin embargo, más detenidamente, uno se encuentra con que en la transferencia surgen las más importantes resistencias: “Ese momento, en Freud, no es simplemente el momento límite que corresponde a lo que designé como el momento de cierre del inconciente, pulsación temporal que lo hace desaparecer en cierto punto de su enunciado. Freud, cuando introduce la función de la transferencia, se esmera en señalar ese momento como causa de lo que llamamos transferencia. El Otro, latente o no, está presente desde antes, en la revelación subjetiva. Ya está presente cuando ha empezado a asomar algo del inconciente.” Esto significa que el gran Otro ya está presente cada vez que el inconciente se abre. Y más adelante dice: “(…) la transferencia es esencialmente resistente. Es el medio por el cual se interrumpe la comunicación del inconciente, por el que el inconciente se vuelve a cerrar. Lejos de ser el momento de la transmisión de poderes al inconciente, la transferencia es, al contrario, su cierre”[4]. Entonces, Lacan dice que se debe tomar a la transferencia como un nudo. Un nudo que va a tener que ver con el momento de la interpretación y con el análisis de la transferencia. Analizar los deseos en juego en la transferencia. Ya que la transferencia es, para Lacan, la puesta en acto de la realidad del inconciente. Y la realidad del inconciente no es sino sexualidad y muerte. La vida conlleva en sí la muerte. La vida de la especie subsiste en sus individuos pero estos deben morir. Así se percibe el lazo del sexo con la muerte. El deseo que se va a poner en juego en la transferencia será el deseo del analista. El deseo que sostenga la posición del analista y que introduzca la dimensión ética: hacer lo que hay que hacer. Evadir el análisis de la transferencia puede llevar a un falso final de análisis, relacionado a la Identificación al analista.
¿Por qué, Lacan, se preocupa en el Seminario XI de diferenciar y no confundir repetición de transferencia? Tal vez, se ha podido leer, en alguna traducción de las obras de Freud, que en transferencia el paciente repite. Es necesario leer que en toda repetición hay un cambio: el que introduce la pulsión de muerte, por acercarnos a la muerte. Pero además: “(…) la transferencia no es por sí sola un modo operatorio suficiente si se la confunde con la eficacia de la repetición, con la restauración de lo que está escondido en el inconciente y aun con la catarsis de los elementos inconcientes”[5]. Es interesante la idea de Lacan de hacer una revisión crítica de los conceptos y de su utilización en la clínica, ya que de eso parte la fundamentación y la lectura de dicha clínica. Por eso, al ir analizando los que considera como conceptos fundamentales- transferencia, pulsión, repetición e inconciente- está intentando una reflexión ética: implica el hecho de reflexionar acerca de la práctica y no solamente aplicar conceptos y técnicas.
En cuanto a lo que posibilita y obtura la transferencia, Lacan va a hablar del amor, del engaño en el escenario del amor (como el escenario más propicio para que surja el engaño) y del odio. La estructura de la dimensión del amor es la que la transferencia nos da la oportunidad de ilustrar “(…) persuadiendo al otro de que tiene lo que puede completarnos, nos aseguramos precisamente de que podemos seguir ignorando qué nos falta”[6]. Este sería el círculo engañoso del amor que, en algún punto, hace que no cesemos de no preguntarnos por el deseo.
Y que, cuando finalmente nos preguntamos por el deseo, lo que sentimos es culpa, resistencias, repeticiones que no dejan de acosarnos pero que no dejamos de realizar. Repetición hasta el hartazgo con tal de no inaugurar una pregunta por el deseo. Me pregunto si se pone en juego algo del goce y me sirvo del citado texto de Rabinovich para intentar una articulación. El sujeto se encuentra profundamente dividido ante el goce: busca alcanzarlo y se protege de su proximidad. Por eso, cuando accede a él, es a través de un acto que generalmente está comandado por un impulso inconciente, no controlable, como sucede en el síntoma. En estos casos, el impulso no evita el peligro sino que transgrede las barreras de seguridad y, por consiguiente, el goce es alcanzado al unísono con la consumación del peligro. El sujeto encuentra el goce en el lugar en que se produce un trauma.
El goce y su contratara, el displacer, por lo general no se muestran simultáneamente. El sujeto se siente desdichado o culpable por haber gozado y tiene, sobre el goce experimentado, un manto de olvido. Otras veces, la conciencia ignora que una situación dolorosa es el disfraz visible de un goce alcanzado. Como muestra la estructura de los síntomas, el sujeto sufre con su síntoma sin advertir que ahí goza.
Freud descubrió un principio general que guía y regula los comportamientos del sujeto en su búsqueda de satisfacción, el “principio del placer”. Lo más significativo de este principio es que recorta y descarta un campo donde el placer sería excesivo, y al que el sujeto no puede acceder por resultarlo angustiante, imposible o prohibido. Ese resto más allá del principio del placer ciñe precisamente el campo central del goce[7].
Más adelante, habla sobre la resistencia a la cura y dice que la alienación del sujeto al lenguaje se teje a través del discurso concreto expresado a viva voz por el Otro. La voz de la conciencia, imperativa, que reclama obediencia y sometimiento. Cuanto más incuestionable y sometedora se presente la voz del mandato, más sólidamente queda el sujeto sujetado al Otro, al goce del Otro. Por ello, en los momentos de caída de este objeto, el vacío que se revela en el lugar del Otro confronta al sujeto con el más profundo sentimiento de desamparo. En sus últimas obras, Freud subrayó que en la alianza entre el yo y el superyo reside la más importante resistencia a la finalización de la cura analítica. Lacan agregó que dicho final sólo es posible en la medida que se efectúe la evacuación definitiva de la función de la voz como tapón de la castración en el Otro[8].
Entiendo que en la transferencia, se ponen en juego los modos de relación con Otro que lleva a posibilitar algunas elaboraciones traumáticas de la vida del sujeto, como también a obstaculizar la palabra, a cerrar el inconciente por esa relación misma de amor y odio que se establece con el Otro. La repetición aparece en el terreno de la transferencia, y con esto no estoy sustituyendo un concepto por otro, simplemente, en transferencia el sujeto puede llegar a leer algo de esa repetición que tal vez fuera de análisis pase desapercibida. En la repetición está en juego la pulsión, y más específicamente, la pulsión de muerte. Aquella que pretende alcanzar un goce en el más allá del principio del placer, condenando al sujeto a la culpa y al taponamiento de la castración del Otro. La pregunta del deseo sólo podrá sostenerse a partir de la castración asumida y el ingreso a las leyes del deseo. Así y todo, las pulsiones no podrían neutralizarse, las pulsiones empujan a la vida y a la muerte simultáneamente. Con la introducción de lo simbólico, de un significante, puede llegar a acotarse la angustia. El analista puede donar el espacio para que el sujeto emerja como efecto de significantes.
Para finalizar: a partir del recorrido emprendido por el Cartel de Transferencia, he podido encontrarme inmersa en relaciones que hacían a un trabajo común, a intereses compartidos, a disidencias en opiniones y puntos de vista, a marcas singulares dentro de lo grupal. Las reuniones, continuas al principio y esporádicas luego, fueron propicias para generar interrogantes diversos entre los integrantes y, también, algunas controversias que hacen al modo en que cada uno pudo con un vacío que muchas veces cuesta apropiárselo, para que sea realmente posibilitador. Nos vimos envueltos en relaciones de transferencia: con sus posibilidades y sus obstáculos.
Lo que se repitió, encuentro tras encuentro, fue un interés por las vicisitudes de la vida personal de Freud y también de Lacan. Fue algo muy recurrente, pero mi pregunta quizá no iba tanto por ese lado.
Como dije al principio, lo que me movilizó fue la teorización de la pulsión de muerte en relación con la transferencia: pensando en aquellos sucesos que un analizante puede llegar a repetir hasta el cansancio, primero sin noción de la repetición misma; y más tardíamente, pura compulsión, no poder cesar de hacerlo.
Considero que el recorrido teórico que propongo para abordar mis preguntas puede parecer cotado, y de hecho lo es, pero pretendo con él hacer camino. Un camino que empiezo a recorrer por aquí, con estos interrogantes, pero que se irá haciendo mientras vaya andando.
Bibliografía
*FREUD, Sigmund: “Proyecto de una Psicología para Neurólogos (1895)” Obras Completas Biblioteca Nueva, Tomo I. Madrid, 1996.
*FREUD, Sigmund: “Dinámica de la transferencia (1912)” Obras Completas Biblioteca Nueva Tomo II. Madrid, 1996.
*FREUD, Sigmund: “Más allá del principio del placer (1920)” Obras Completas Biblioteca Nueva Tomo III. Madrid, 1996.
*FREUD, Sigmund: “El yo y el Ello (1923)” Obras Completas Biblioteca Nueva Tomo III. Madrid, 1996.
*KAIT, Graciela: “Sujeto y Fantasma. Una introducción a su estructura”. Ed. Fundación Ross. Rosario. 2000
*LACAN, Jacques: “Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”. Paidós. 13ª reimpresión, Bs. As. 2006.
*RABINOVICH, Norberto: “Lágrimas de lo real. Un estudio sobre el goce” Ed. Homo Sapiens. Rosario. 2007
*SPIELREIN, Sabina: “La destrucción como causa del devenir” (Jb. Psychoanal Psychopath. Forsch., 4, 465, 1912). Título Original: “Die Destruktion als Ursache des Werdens”. Traducción del alemán al italiano de Di Nico, 1977. Traducción del italiano al español de Inés Arteaga. Agradecemos a Carolina Hermo la posibilidad de publicar este interesantísimo material.
[1] Rabinovich, N. “Lágrimas de lo real. Un estudio sobre el goce” Homo Sapiens. Rosario. 2007. Pág. 59.
[2] Kait, G.: “Sujeto y fantasma. Una introducción a su estructura”. Ed. Fundación Ross. Rosario. 2000. Pág.78.
[3] Rabinovich, N.: “Lágrimas de lo real. Un estudio sobre el goce” Homo Sapiens. Rosario. 2007. Págs. 25 y 26.
[4] Ídem. Pág. 136.
[5] Lacan, J.: “Seminario XI”. Pág. 135
[6] Ídem. Pág. 139.
[7] Rabinovich, N. Pág. 13.
[8] Ídem. Pág. 52.
martes, 7 de octubre de 2008
::Transferencia, amor y deseo del analista…
YANINA GALLIENI
Ante la propuesta de trabajar durante el año con el dispositivo cartel, decidimos abocarnos al tema de “la transferencia”, comenzando nuestro recorrido con los escritos técnicos de Freud para aproximarnos luego a Lacan. Personalmente, me interesé en el tema por varios motivos. En el transcurso de la carrera no tuve la oportunidad de acceder a otra bibliografía que no sea la de Freud, por lo que me gustaría profundizar en esta temática; y principalmente, por episodios que se presentan en mi análisis que cautivan mi atención.
Creo pertinente abordar este escrito puntualizando en algunos conceptos que proporciona Freud en su texto “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912). Allí explica que todo ser humano, por el efecto de sus disposiciones innatas y los influjos recibidos en su infancia adquiere uno o varios clisés que se repetirán de manera regular a lo largo de su vida en relación a sus condiciones de amor y a las pulsiones que buscará satisfacer. Solo una parte de estas mociones ha recorrido el pleno desarrollo psíquico, vuelto hacia la realidad objetiva, mientras que el otro tiene permitido desplegarse en la fantasía o es enteramente inconsciente. En dicho texto podemos leer que Freud consideraba normal el hecho de que la investidura de una persona parcialmente insatisfecha se vuelva hacia el analista, ya que estas representaciones-expectativa libidinosas pueden volcarse hacia cada nueva persona que aparezca.
Entonces, por un lado, vemos que el analista es un objeto apto para ser investido por la libido del paciente, es susceptible de convertirse en objeto de amor, y ésta elección, al estar comandada por clisés, podríamos equipararla a una rememoración. Por otra parte, este fenómeno, nos aparece como una fuerte resistencia. Recordemos que la resistencia es un compromiso entre las fuerzas que tienen como meta la salud y aquellas que la contrarían, cuya atracción proviene de lo inconsciente. De acuerdo a su experiencia, Freud atestigua que la transferencia sobreviene en aquel punto cuando, al perseguir un complejo patógeno hasta su raíz inconsciente se ingresa en un terreno en el cual la resistencia es tan nítida que la ocurrencia siguiente trasfiere algo del material del complejo a la persona del médico. Esto se evidencia mediante una detención de las ocurrencias por ej., o sea, mediante un fracaso de la asociación libre, momento en el cual debe tocarse el tema de la transferencia, como nos indica el autor en “Sobre la iniciación del tratamiento” (1913). Es indudable por lo tanto, por qué emerge como resistencia.
Sin embargo, advertimos la importancia de la transferencia en una cura psicoanalítica cuando al final del texto de 1912 leemos: “Es innegable que domeñar los fenómenos de la transferencia depara al psicoanalista las mayores dificultades, pero no se debe olvidar que justamente ellos nos brindan el inapreciable servicio de volver actuales y manifiestas las mociones de amor escondidas y olvidadas de los pacientes; pues en definitiva, nadie puede ser ajusticiado in absentia o in efigie”.[1] El psicoanálisis necesita de la transferencia, ya que sirviéndose de ella el analista puede provocar efectos accediendo a aquellos contenidos olvidados y reprimidos. Dijimos más arriba que la transferencia es por un lado resistencia y por otro rememoración, repetición. Ahora bien, es posible servirse de esta repetición para vencer la resistencia, en caso de que el paciente no recuerde, lo cual sería lo ideal. “…la transferencia misma es solo una pieza de repetición, y la repetición es la transferencia del pasado olvidado…”. [2]
La transferencia se le presenta al analizante a modo de escenario en el cual tiene permitido desplegar su pulsionar patógeno. Entramos así en el campo de la neurosis de transferencia, en la cual los síntomas toman un nuevo significado transferencial y la neurosis ordinaria se muda en una artificial.[3] Esto que se nos presenta como resistencia es susceptible de vencerse siguiendo en todo momento la regla analítica fundamental, y aunque signifique una ardua tarea para analista y analizante, es lo que distingue a la cura psicoanalítica de los influjos sugestivos.
Años después, Lacan hará referencia a la “transferencia” como uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Esto comienza a delinearse en Freud, ya que en “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (1915) podemos leer: “…las únicas realmente serias (refiriéndose a las ocurrencias del paciente) son aquellas con las que se tropieza en el manejo de la transferencia”.[4] Por lo tanto, vemos claramente que no hay posibilidad de comenzar un análisis sin la instalación de la transferencia. Ahora bien, advertimos que si bien la misma es el motor y condición de posibilidad de un análisis, opera a modo de resistencia, produciendo una situación particular y bastante frecuente. Freud hace referencia al caso en el cual una paciente mujer da indicios o declara abiertamente que se ha enamorado de su analista, circunstancias que se manifestaron años atrás desde aquella “talking cure”, en el encuentro entre Anna O. y Breuer.[5] En estas condiciones, el analista ha de preguntarse cómo llevar adelante el tratamiento. Entonces, nos encontramos con una nueva regla analítica: la abstinencia. ¿A qué alude Freud cuando nos dice que la cura debe ser realizada en abstinencia? ¿A la privación corporal? ¿A la privación de todo cuanto desea el enfermo?
Más adelante, precisamente en “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919), Freud nos responde diciendo que con abstinencia o privación se refiere a algo que “…se relaciona más con la dinámica de la contracción de la enfermedad y el restablecimiento”,[6] si recordamos que estamos trabajando con síntomas que se presentan a modo de satisfacciones sustitutivas y, libido que es capaz de desplazarse a la persona del médico, se trata de vigilar que el padecer del enfermo no concluya rápidamente de una manera definitiva, aprovechando al máximo la transferencia establecida con el analista. Por lo que, a diferencia de tratamientos no analíticos, al enfermo deben denegársele las satisfacciones que más urgentemente desea, quedando asi deseos incumplidos que obren a modo de fuerzas pulsionantes para que el trabajo analítico siga adelante.
Volviendo a la particular situación que podemos apreciar en la cura como manifestación de la transferencia, nos interesa dilucidar la naturaleza, las características del amor que manifiesta el paciente hacia su analista. Es considerable la participación de la resistencia en el amor de transferencia, ahora bien; la resistencia no lo ha creado, sino que se sirve de él. Pero ¿es genuino este amor? Freud no niega el carácter “genuino” de este enamoramiento. Como todo enamoramiento, sigue el modelo infantil lo cual lo hace poco flexible Sin embargo, cuenta con algunos rasgos particulares: es provocado por la situación analítica y facilitado por la resistencia, carece del miramiento por la realidad objetiva y es menos prudente que un enamoramiento normal. Este fenómeno debe ser tratado como algo inherente a un tratamiento psicoanalítico, como lo sería el desnudamiento corporal de un paciente en un examen médico.
En el Seminario 8, Lacan trabajará el tema del amor apoyándose en “El Banquete”, de Platón. Todo su análisis gira en torno a la metáfora del amor, ubica las posiciones del erástes y erómenos (amante y amado) en relación a los personajes de Sócrates y Alcibíades. Sócrates representa el lugar del analista, interpretando, tras escuchar a Alcibíades, que no es a él a quien desea sino a Agatón. Vemos así como la transferencia se dirige inconscientemente a un objeto reflejado en otro, es “artificio”. Destaca la función del ágalma como el objeto precioso que Sócrates posee en su interior, objeto codiciado por Alcibíades. El ágalma, entonces, es el objeto de deseo de Alcibíades, aquello que provocó su amor por Sócrates. El ágalma es aquel objeto parcial, objeto a de la teoría psicoanalítica, encarnado por el analista.
Ahora bien, si Lacan nos introduce en la cuestión del amor, es para ocuparse de la transferencia por esta vía precisamente, aunque no sin conjugarla con la vía del automatismo de repetición.
El pasado se presenta en la transferencia, el pasado es su realidad. El pasado se presenta en acto, por lo tanto hay en la transferencia algo creador, no es un simple retorno del pasado. El sujeto fabrica, construye, por lo que forzosamente se nos articula el término “ficción”. Se trata de fingir para la persona a quien uno se dirige.
“…me parece imposible eliminar del fenómeno de la transferencia el hecho de que se manifiesta en relación con alguien a quien se le habla”.[7] Cada vez que alguien habla a otro de un modo auténtico se da el fenómeno de la transferencia. Palabra plena que hace acto, “tras su emergencia uno de los sujetos ya no es lo que era antes”.[8]
Simplemente porque hay transferencia, el analista está involucrado en la posición de ser aquel que contiene el ágalma, objeto que está en juego en el análisis del sujeto, debido a ser aquello que constituye el fantasma fundamental, lugar donde puede fijarse el sujeto como deseo. Siguiendo las categorías que aísla Lacan a lo largo del seminario, podemos asimilar a la situación analítica las posiciones de erástes y erómenos que mencionamos anteriormente, constituyéndose así el fenómeno del amor, amor de transferencia.
Otro punto que Lacan trabaja en el presente seminario y merece ser destacado es la cuestión del “deseo del analista”. Si el analista encarna el objeto a, tendrá el deseo de hacer advenir el deseo del analizante causado justamente por el objeto a, objeto que nunca puede alcanzarse, como nos dirá en el Seminario 11.[9] Desde esta perspectiva puede decirse que no es un deseo neutral, aunque sí lo es si entendemos por neutral un deseo que no se deja guiar por prejuicios. Deseo que se presenta como una X para hacer advenir un saber sobre el goce del analizante orientado por lo real de la estructura[10].
En la primera clase del seminario 8 podemos leer que se tratará sobre la transferencia en su disparidad subjetiva, su presunta situación, sus excursiones técnicas. Se utiliza la palabra presunta porque no puede decirse que lo que ocurre en la cura sea una situación, es más bien una falsa situación, artificio, ficción, como mencionamos más arriba. Técnica, porque se trata de referir la transferencia a una experiencia, rectificando la noción teórica que tengamos de ella. Disparidad subjetiva, nos introduce en el último asunto que nos ocupa. Disparidad nos remite a algo más que una simple disimetría entre sujetos. La transferencia contiene algo esencialmente impar. No se trata de una relación simétrica. Por esta razón, Lacan realizará una crítica a la contratransferencia, ya que la misma reduce la posición del analista a una posición dual situada en el registro imaginario.
Recordemos que cuando un paciente se dirige a su analista lo hace suponiéndole un saber sobre lo que busca en sí mismo. El analista es utilizado como soporte de la figura del Otro.
“Sin duda, siempre está más allá (el analista) de lo que el sujeto sabe, sin poder decírselo. Solo puede hacerle signo. Ser lo que representa algo para alguien…Representar algo para alguien, eso es precisamente lo que hay que romper. Porque el signo que hay que dar es el signo de la falta de significante. Es, como ustedes saben, el único signo que no se soporta, porque es el que provoca la más indecible angustia. Es sin embargo el único capaz de hacer acceder al otro a lo que es de la naturaleza del inconsciente…”.[11] El analista es llamado a ocupar un lugar en la medida en que el sujeto debe poder ubicar allí el significante faltante, es llamado a ser en el propio lugar donde se le supone un saber.
Cuando el analizante deja de suponerle saber al analista, éste último cae de aquella posición en la cual se encontraba sosteniendo el deseo del paciente, se resuelve la situación ficticia, de engaño que sostuvo el despliegue de la transferencia en el transcurso de la cura.
El dispositivo que utilizamos durante el año nos ayudó a leer a Freud y a Lacan desde otras perspectivas, como pudimos manifestar en la “puesta a cielo abierto”, creándonos interrogantes que nos movilizaban a seguir investigando. Sin embargo, aunque pude ahondar en esta problemática, no deja de ser un tema muy amplio y de gran importancia para la clínica, por lo que, personalmente, me gustaría seguir incursionando en el mismo.
Bibliografía
FREUD, S., “Estudios sobre la histeria” (1893-95), Tomo II, Obras Completas, Editorial Amorrortu,
Buenos Aires, 2001.
----------- “Sobre la dinámica de la transferencia”, en Trabajos sobre técnica psicoanalítica
(1912), Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”, en Trabajos sobre técnica
psicoanalítica (1912), Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos
Aires, 2005.
------------ “Sobre la iniciación del tratamiento” (Nuevos consejos sobre la técnica del
psicoanálisis I) en Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1913), Tomo XII, Obras
Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Recordar, repetir y reelaborar” (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis
II), en Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1914), Tomo XII, Obras Completas,
Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (Nuevos consejos sobre la técnica
del psicoanálisis III), en Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1915), Tomo XII,
Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916) Conferencia 27 “La transferencia”,
Tomo XVI, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919), Tomo XVII, Obras Completas,
Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
LACAN, J., “Los escritos técnicos de Freud”. Seminario 1 (1953-1954), Editorial Paidós, Buenos
Aires, 2006.
----------- “La transferencia”. Seminario 8 (1960-1961), Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.
----------- “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Seminario 11 (1964), Editorial
Paidós, Buenos Aires, 2006.
RUBISTEIN, A., “El deseo del analista, ¿es neutral?” tomado de http://www.elsigma.com
[1] Freud, S. “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912) Pág. 105, Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005
[2] Freud, S. “Recordar, repetir y reelaborar” (1914) Pág. 152, Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005
[3] Freud S. Conferencia 27 “La transferencia” (1916-17) Tomo XVI, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2001
[4] Freud, S. “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (1915) Pág. 163, Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005
[5] Freud, S. “Estudios sobre la histeria” (1893-95) Tomo II, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006
[6] Freud, S. “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919) Pág. 158, Tomo XVII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006
[7] Lacan, J., “La transferencia” Seminario 8 (1960-1961) Clase 12, pág. 203.Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.
[8] Lacan, J., “Los escritos técnicos de Freud” Seminario 1 (1953-1954) clase 9, pág. 168. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006
[9] Lacan, J., “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” Seminario 11 (1964). Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006
[10] Rubistein A., “El deseo del analista, ¿es neutral?”, tomado de http://www.elsigma.com
[11] Lacan, J., “La transferencia” Seminario 8 (1960-1961) Clase 16, pág. 267. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.
Ante la propuesta de trabajar durante el año con el dispositivo cartel, decidimos abocarnos al tema de “la transferencia”, comenzando nuestro recorrido con los escritos técnicos de Freud para aproximarnos luego a Lacan. Personalmente, me interesé en el tema por varios motivos. En el transcurso de la carrera no tuve la oportunidad de acceder a otra bibliografía que no sea la de Freud, por lo que me gustaría profundizar en esta temática; y principalmente, por episodios que se presentan en mi análisis que cautivan mi atención.
Creo pertinente abordar este escrito puntualizando en algunos conceptos que proporciona Freud en su texto “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912). Allí explica que todo ser humano, por el efecto de sus disposiciones innatas y los influjos recibidos en su infancia adquiere uno o varios clisés que se repetirán de manera regular a lo largo de su vida en relación a sus condiciones de amor y a las pulsiones que buscará satisfacer. Solo una parte de estas mociones ha recorrido el pleno desarrollo psíquico, vuelto hacia la realidad objetiva, mientras que el otro tiene permitido desplegarse en la fantasía o es enteramente inconsciente. En dicho texto podemos leer que Freud consideraba normal el hecho de que la investidura de una persona parcialmente insatisfecha se vuelva hacia el analista, ya que estas representaciones-expectativa libidinosas pueden volcarse hacia cada nueva persona que aparezca.
Entonces, por un lado, vemos que el analista es un objeto apto para ser investido por la libido del paciente, es susceptible de convertirse en objeto de amor, y ésta elección, al estar comandada por clisés, podríamos equipararla a una rememoración. Por otra parte, este fenómeno, nos aparece como una fuerte resistencia. Recordemos que la resistencia es un compromiso entre las fuerzas que tienen como meta la salud y aquellas que la contrarían, cuya atracción proviene de lo inconsciente. De acuerdo a su experiencia, Freud atestigua que la transferencia sobreviene en aquel punto cuando, al perseguir un complejo patógeno hasta su raíz inconsciente se ingresa en un terreno en el cual la resistencia es tan nítida que la ocurrencia siguiente trasfiere algo del material del complejo a la persona del médico. Esto se evidencia mediante una detención de las ocurrencias por ej., o sea, mediante un fracaso de la asociación libre, momento en el cual debe tocarse el tema de la transferencia, como nos indica el autor en “Sobre la iniciación del tratamiento” (1913). Es indudable por lo tanto, por qué emerge como resistencia.
Sin embargo, advertimos la importancia de la transferencia en una cura psicoanalítica cuando al final del texto de 1912 leemos: “Es innegable que domeñar los fenómenos de la transferencia depara al psicoanalista las mayores dificultades, pero no se debe olvidar que justamente ellos nos brindan el inapreciable servicio de volver actuales y manifiestas las mociones de amor escondidas y olvidadas de los pacientes; pues en definitiva, nadie puede ser ajusticiado in absentia o in efigie”.[1] El psicoanálisis necesita de la transferencia, ya que sirviéndose de ella el analista puede provocar efectos accediendo a aquellos contenidos olvidados y reprimidos. Dijimos más arriba que la transferencia es por un lado resistencia y por otro rememoración, repetición. Ahora bien, es posible servirse de esta repetición para vencer la resistencia, en caso de que el paciente no recuerde, lo cual sería lo ideal. “…la transferencia misma es solo una pieza de repetición, y la repetición es la transferencia del pasado olvidado…”. [2]
La transferencia se le presenta al analizante a modo de escenario en el cual tiene permitido desplegar su pulsionar patógeno. Entramos así en el campo de la neurosis de transferencia, en la cual los síntomas toman un nuevo significado transferencial y la neurosis ordinaria se muda en una artificial.[3] Esto que se nos presenta como resistencia es susceptible de vencerse siguiendo en todo momento la regla analítica fundamental, y aunque signifique una ardua tarea para analista y analizante, es lo que distingue a la cura psicoanalítica de los influjos sugestivos.
Años después, Lacan hará referencia a la “transferencia” como uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Esto comienza a delinearse en Freud, ya que en “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (1915) podemos leer: “…las únicas realmente serias (refiriéndose a las ocurrencias del paciente) son aquellas con las que se tropieza en el manejo de la transferencia”.[4] Por lo tanto, vemos claramente que no hay posibilidad de comenzar un análisis sin la instalación de la transferencia. Ahora bien, advertimos que si bien la misma es el motor y condición de posibilidad de un análisis, opera a modo de resistencia, produciendo una situación particular y bastante frecuente. Freud hace referencia al caso en el cual una paciente mujer da indicios o declara abiertamente que se ha enamorado de su analista, circunstancias que se manifestaron años atrás desde aquella “talking cure”, en el encuentro entre Anna O. y Breuer.[5] En estas condiciones, el analista ha de preguntarse cómo llevar adelante el tratamiento. Entonces, nos encontramos con una nueva regla analítica: la abstinencia. ¿A qué alude Freud cuando nos dice que la cura debe ser realizada en abstinencia? ¿A la privación corporal? ¿A la privación de todo cuanto desea el enfermo?
Más adelante, precisamente en “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919), Freud nos responde diciendo que con abstinencia o privación se refiere a algo que “…se relaciona más con la dinámica de la contracción de la enfermedad y el restablecimiento”,[6] si recordamos que estamos trabajando con síntomas que se presentan a modo de satisfacciones sustitutivas y, libido que es capaz de desplazarse a la persona del médico, se trata de vigilar que el padecer del enfermo no concluya rápidamente de una manera definitiva, aprovechando al máximo la transferencia establecida con el analista. Por lo que, a diferencia de tratamientos no analíticos, al enfermo deben denegársele las satisfacciones que más urgentemente desea, quedando asi deseos incumplidos que obren a modo de fuerzas pulsionantes para que el trabajo analítico siga adelante.
Volviendo a la particular situación que podemos apreciar en la cura como manifestación de la transferencia, nos interesa dilucidar la naturaleza, las características del amor que manifiesta el paciente hacia su analista. Es considerable la participación de la resistencia en el amor de transferencia, ahora bien; la resistencia no lo ha creado, sino que se sirve de él. Pero ¿es genuino este amor? Freud no niega el carácter “genuino” de este enamoramiento. Como todo enamoramiento, sigue el modelo infantil lo cual lo hace poco flexible Sin embargo, cuenta con algunos rasgos particulares: es provocado por la situación analítica y facilitado por la resistencia, carece del miramiento por la realidad objetiva y es menos prudente que un enamoramiento normal. Este fenómeno debe ser tratado como algo inherente a un tratamiento psicoanalítico, como lo sería el desnudamiento corporal de un paciente en un examen médico.
En el Seminario 8, Lacan trabajará el tema del amor apoyándose en “El Banquete”, de Platón. Todo su análisis gira en torno a la metáfora del amor, ubica las posiciones del erástes y erómenos (amante y amado) en relación a los personajes de Sócrates y Alcibíades. Sócrates representa el lugar del analista, interpretando, tras escuchar a Alcibíades, que no es a él a quien desea sino a Agatón. Vemos así como la transferencia se dirige inconscientemente a un objeto reflejado en otro, es “artificio”. Destaca la función del ágalma como el objeto precioso que Sócrates posee en su interior, objeto codiciado por Alcibíades. El ágalma, entonces, es el objeto de deseo de Alcibíades, aquello que provocó su amor por Sócrates. El ágalma es aquel objeto parcial, objeto a de la teoría psicoanalítica, encarnado por el analista.
Ahora bien, si Lacan nos introduce en la cuestión del amor, es para ocuparse de la transferencia por esta vía precisamente, aunque no sin conjugarla con la vía del automatismo de repetición.
El pasado se presenta en la transferencia, el pasado es su realidad. El pasado se presenta en acto, por lo tanto hay en la transferencia algo creador, no es un simple retorno del pasado. El sujeto fabrica, construye, por lo que forzosamente se nos articula el término “ficción”. Se trata de fingir para la persona a quien uno se dirige.
“…me parece imposible eliminar del fenómeno de la transferencia el hecho de que se manifiesta en relación con alguien a quien se le habla”.[7] Cada vez que alguien habla a otro de un modo auténtico se da el fenómeno de la transferencia. Palabra plena que hace acto, “tras su emergencia uno de los sujetos ya no es lo que era antes”.[8]
Simplemente porque hay transferencia, el analista está involucrado en la posición de ser aquel que contiene el ágalma, objeto que está en juego en el análisis del sujeto, debido a ser aquello que constituye el fantasma fundamental, lugar donde puede fijarse el sujeto como deseo. Siguiendo las categorías que aísla Lacan a lo largo del seminario, podemos asimilar a la situación analítica las posiciones de erástes y erómenos que mencionamos anteriormente, constituyéndose así el fenómeno del amor, amor de transferencia.
Otro punto que Lacan trabaja en el presente seminario y merece ser destacado es la cuestión del “deseo del analista”. Si el analista encarna el objeto a, tendrá el deseo de hacer advenir el deseo del analizante causado justamente por el objeto a, objeto que nunca puede alcanzarse, como nos dirá en el Seminario 11.[9] Desde esta perspectiva puede decirse que no es un deseo neutral, aunque sí lo es si entendemos por neutral un deseo que no se deja guiar por prejuicios. Deseo que se presenta como una X para hacer advenir un saber sobre el goce del analizante orientado por lo real de la estructura[10].
En la primera clase del seminario 8 podemos leer que se tratará sobre la transferencia en su disparidad subjetiva, su presunta situación, sus excursiones técnicas. Se utiliza la palabra presunta porque no puede decirse que lo que ocurre en la cura sea una situación, es más bien una falsa situación, artificio, ficción, como mencionamos más arriba. Técnica, porque se trata de referir la transferencia a una experiencia, rectificando la noción teórica que tengamos de ella. Disparidad subjetiva, nos introduce en el último asunto que nos ocupa. Disparidad nos remite a algo más que una simple disimetría entre sujetos. La transferencia contiene algo esencialmente impar. No se trata de una relación simétrica. Por esta razón, Lacan realizará una crítica a la contratransferencia, ya que la misma reduce la posición del analista a una posición dual situada en el registro imaginario.
Recordemos que cuando un paciente se dirige a su analista lo hace suponiéndole un saber sobre lo que busca en sí mismo. El analista es utilizado como soporte de la figura del Otro.
“Sin duda, siempre está más allá (el analista) de lo que el sujeto sabe, sin poder decírselo. Solo puede hacerle signo. Ser lo que representa algo para alguien…Representar algo para alguien, eso es precisamente lo que hay que romper. Porque el signo que hay que dar es el signo de la falta de significante. Es, como ustedes saben, el único signo que no se soporta, porque es el que provoca la más indecible angustia. Es sin embargo el único capaz de hacer acceder al otro a lo que es de la naturaleza del inconsciente…”.[11] El analista es llamado a ocupar un lugar en la medida en que el sujeto debe poder ubicar allí el significante faltante, es llamado a ser en el propio lugar donde se le supone un saber.
Cuando el analizante deja de suponerle saber al analista, éste último cae de aquella posición en la cual se encontraba sosteniendo el deseo del paciente, se resuelve la situación ficticia, de engaño que sostuvo el despliegue de la transferencia en el transcurso de la cura.
El dispositivo que utilizamos durante el año nos ayudó a leer a Freud y a Lacan desde otras perspectivas, como pudimos manifestar en la “puesta a cielo abierto”, creándonos interrogantes que nos movilizaban a seguir investigando. Sin embargo, aunque pude ahondar en esta problemática, no deja de ser un tema muy amplio y de gran importancia para la clínica, por lo que, personalmente, me gustaría seguir incursionando en el mismo.
Bibliografía
FREUD, S., “Estudios sobre la histeria” (1893-95), Tomo II, Obras Completas, Editorial Amorrortu,
Buenos Aires, 2001.
----------- “Sobre la dinámica de la transferencia”, en Trabajos sobre técnica psicoanalítica
(1912), Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”, en Trabajos sobre técnica
psicoanalítica (1912), Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos
Aires, 2005.
------------ “Sobre la iniciación del tratamiento” (Nuevos consejos sobre la técnica del
psicoanálisis I) en Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1913), Tomo XII, Obras
Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Recordar, repetir y reelaborar” (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis
II), en Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1914), Tomo XII, Obras Completas,
Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (Nuevos consejos sobre la técnica
del psicoanálisis III), en Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1915), Tomo XII,
Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916) Conferencia 27 “La transferencia”,
Tomo XVI, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
----------- “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919), Tomo XVII, Obras Completas,
Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
LACAN, J., “Los escritos técnicos de Freud”. Seminario 1 (1953-1954), Editorial Paidós, Buenos
Aires, 2006.
----------- “La transferencia”. Seminario 8 (1960-1961), Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.
----------- “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Seminario 11 (1964), Editorial
Paidós, Buenos Aires, 2006.
RUBISTEIN, A., “El deseo del analista, ¿es neutral?” tomado de http://www.elsigma.com
[1] Freud, S. “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912) Pág. 105, Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005
[2] Freud, S. “Recordar, repetir y reelaborar” (1914) Pág. 152, Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005
[3] Freud S. Conferencia 27 “La transferencia” (1916-17) Tomo XVI, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2001
[4] Freud, S. “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (1915) Pág. 163, Tomo XII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005
[5] Freud, S. “Estudios sobre la histeria” (1893-95) Tomo II, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006
[6] Freud, S. “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919) Pág. 158, Tomo XVII, Obras Completas, Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006
[7] Lacan, J., “La transferencia” Seminario 8 (1960-1961) Clase 12, pág. 203.Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.
[8] Lacan, J., “Los escritos técnicos de Freud” Seminario 1 (1953-1954) clase 9, pág. 168. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006
[9] Lacan, J., “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” Seminario 11 (1964). Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006
[10] Rubistein A., “El deseo del analista, ¿es neutral?”, tomado de http://www.elsigma.com
[11] Lacan, J., “La transferencia” Seminario 8 (1960-1961) Clase 16, pág. 267. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003.
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